CUENTOS DE DESTINO

SOMMARIO

 

Avvertenza. 4

Barba azul. 5

La Bella Durmiente. 8

Cenicienta. 14

Puccettino. 19

Pala asino. 25

Le Fate. 32

Caperucita Roja. 34

Puss in Boots 36

Riquet el del Copete. 39

La Bella pelo d’ oro. 44

El pájaro azul. 53

La Gatta Bianca. 75

La Cervia nel bosco. 96

Il Principe Amato. 117

La Bella e la Bestia. 124

 

 

 

 

 

Avvertenza

A su vez en el restaurante italiano Los cuentos de hadas m'ingegnai, como lo fue en mí, celebrada en el almacén para los fieles a la versión francesa. A mano alzada Parafrasarli habría parecido un sacrilegio medio. De todos modos, aquí y allá, hice algunas ligeras variaciones legal, tanto de palabra, tanto tiempo de andar, ambas formas de decir: e questo ho voluto notare qui di principio, la evitación de los comentarios, di atti subitanei di stupefazione e di scrupoli grammaticali o di vocabolario.

Peccato confessato, medio perdonado: y así es.

 

C. COLLODI

 

 

 

Barba azul

 

Había una vez un hombre, que tenía palacios y villas principescas, y el oro y la plata piatterie, muebles de lujo y bordado, carruajes y todo el interior de oro y fuera.

Pero este hombre, para su desgracia, Tenía una barba azul: y esto lo hizo tan feo y aterrador, que no había mujer, niña o casada, que solo verlo, no huir en las piernas de miedo.

Fra le vicinanti sue, c’era una gran dama, quien tuvo dos hijas, dos ojos del sol. Pidió una esposa, dejando la elección a la madre de uno de los dos que habían querido darle: pero las chicas no escucharon nada: y si palleggiavano entre ellas, no encontrar la manera de resolver casarse con un hombre, que tenía una barba azul. Luego de que la mayoría de todo fue su disgusto fue que, que este hombre estaba casado con varias mujeres y éstas nunca había sido capaz de saber lo que había pasado.

El hecho es que Barba Azul, sólo para entrar en la relación, Él trajo el, con su madre y tres o cuatro de sus amigos, y en compañía de algunos jóvenes en el barrio, in una villa sua, donde permaneció una semana entera. Y allí, fue todo un put en los paseos, caza y pesca, bailes, fiestas, aperitivos: nadie se tomó el tiempo para hacer la vista gorda, porque pasan las noches por venir entre ellas de bromas: en breve, las cosas tomaron un buen redil tales, la hija más joven terminó persuadir al dueño de la casa había una barba tan azul, y que él era un corte limpio y muy respetable. País Volver, Ellos hicieron la boda.

Al final de un mes, Barba azul-le dijo a su esposa que por un acuerdo de gran importancia se vio obligado a viajar y permanecer al menos seis semanas: quien le rogó para ser feliz, durante su ausencia; quien invitó a sus mejores amigas, que lo llevan en la campaña, Si hubiera agradado: en una palabra, que se celebraron por la reina y la corte prohibió todas partes.

“Aquí”, le estas, “las llaves de los dos grandes armarios: aquí es uno de los platos de oro y plata, que no van a trabajar todos los días: aquí es uno de mis tesoros, donde guardo las bolsas de monedas: aquí está una de las cajas, ¿dónde están las alegrías y las piedras preciosas del arnés: aquí es la ciudad clave, Tiene que abrir todos los distritos. En cuanto a este otro chiavicina aquí, es el de Stanzina, lo que queda en el fondo de la gran sala de la planta baja. Para abrir su amante todo, El dappertutto andar: pero en cuanto al pequeño armario, Te prohíbo que ingresa y me prohíbo de tal absoluta, que si le toca a la desgracia para abrir, se puede esperar todo de mi ira.”

Ella promete que se adjunta a las órdenes: y él, después de haberla abrazado, montar en la cabina, adelante y hacia atrás en su viaje.

Los vecinos y amigos no esperaron a buscar, para pasar de la nueva novia, por lo que suspiraban por el deseo de ver a toda la magnificencia de su palacio, no tener que ir antes arrisicate, cuando no era siempre el marido, debido a que la barba azul, que les hizo tanto miedo. Y aquí están ahora a la sgonnellare salas, para los cuartos y túneles, siempre desde una maravilla. Suba encima, en las salas del armario, entró en éxtasis al ver la belleza y la enorme cantidad de papel pintado, Alfombra, de camas, tableros, de mesas de trabajo, y grandes espejos, donde se podía apuntar desde los dedos hasta el pelo, y cuyos marcos, parte del cristal y parte de la plata y plata dorada, ¿Cuáles fueron los más hermoso y sorprendente que nunca se había visto. Lo hacen los últimos retoques al magnificar y dall'invidiare la felicidad de su amigo, que, en lugar, punto no le hizo gracia a la vista de tanta riqueza, atormentado, com'era, la gran curiosidad de ir a ver la planta baja del armario.

Ya no podía soportar que se mueve, independientemente de la inconveniencia de dejar allí en el fragor de toda la empresa, Él es llevado a una escalera secreta, y él bajó con tal furia, Dos o tres veces que nos encontramos casi se rompió el cuello.

Al llegar a la puerta del armario, Hizo una pausa, pensando en volver a la prohibición de su marido, y por temor a problemas, que podía atender a su desobediencia: pero la tentación era tan poderoso, que no había manera de ganar. Así que tomó la llave, y temblando como una hoja abrió la puerta del armario.

Al principio se podía distinguir nada porque las ventanas estaban cerradas: pero poco a poco empezó a ver que el suelo estaba cubierto de sangre accagliato, donde se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atacaron alrededor de las paredes. Eran todas las mujeres que se habían casado Barba Azul, además sacrificados, uno detrás del otro.

Si él no murió de miedo, Fue un milagro: y la clave del armario, que había retirado del agujero de la puerta, se cayó de la mano.

Cuando llegó a través de una pequeña, recogido la tecla, cerró la puerta y se fue a su habitación, para recuperarse de la conmoción: ma era tanto commossa y agitata, esa no era la manera de reconstruir podría tomar un poco de aliento y’ de color.

Habiendo avistado que la clave para el armario estaba manchada de sangre, los limpiadas dos o tres veces: pero la sangre no desapareció. Tenía un buen lavado y un buen arena pegamento frotar y tiza: la sangre todavía estaba allí: porque la clave estaba encantado y no había manera de limpiarlo respetable: cuando la sangre desapareció una parte, nuevo florecimiento sufrido por ese otro.

Barba volvió azul de su viaje esa noche, Es revelador letras que la calle había recibido, donde dijeron que el acuerdo, por el que había tenido que mudarse de casa, Él había estado listo arreglado y tan beneficioso para él.

Su esposa hizo todo lo que pudo para darle a entender que él era muy feliz con su pronto regreso.

El día después, su marido tomó las llaves: y ella les dio a él: pero la mano le temblaba tanto, que podría fácilmente adivinar todo lo que había sucedido.

“Venga va”, diss'egli, “que entre todas estas llaves no encuentran que el armario?”

“Ustedes Ciencias”, ella respondió, “que yo he dejado arriba, en mi mesa de café.”

“Eso sí”, estos Barba-blu, “que lo quiero ahora.”

Exitosa innecesaria cualquier excusa para traccheggiare, acordado tomar la llave. Barba azul, después de que él se hizo cargo de los ojos, Le pidió a su esposa:

“¿Por qué hay sangre en esta llave?”.

“No sé realmente”, Él respondió la pobre mujer, más blanco que la muerte.

“Ah! No lo sé, eh!”, Él respondió Barba Azul, “pero sé bien que! Estás querías entrar en el armario. Bueno, o signora: Va a entrar en ti para siempre y usted irá a podría tener lugar junto a esas otras mujeres, que vio allí.”

Se arrojó a los pies de su marido llorando y pidiendo perdón, con todos los signos de un verdadero arrepentimiento, de haber desobedecido. Hermosa y triste como lo fue, Ella habría derretido una roca: pero Barba Azul tenía un corazón más duro que la roca.

“Debemos morir, dama”, diss'egli, “e inmediatamente.”

“Debido a que tiene que morir”, dijo ella, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas todos, “al menos darme el tiempo para elogiar a Dios.”

“Estoy de acuerdo en la mitad de quince minutos: ni un minuto más”, Él respondió el marido.

Sólo dejen solo, Llamó a su hermana y le dijo:

“Anna”, Ese era su nombre, “Anna, mi hermana, por favor, llegar a la cima de la torre para ver si llegaron mis hermanos; Han prometido que hoy vendría a visitarme; si los ves, hace’ Su señal, porque deben darse prisa como pudieron”.

Su hermana Ana subió en la parte superior de la torre y los pobres gritos desconsolados de vez en cuando:

“Anna, Anna, mi hermana, ¿Ni aun tú ver aparecerá nadie?”.

“No veo más que las llamaradas solares y la hierba que crece en verde.”

Mientras tanto Barba Azul, con un gran coltellaccio in mano, cómo había gritado’ pulmones:

“Desciende rápidamente! o sí no, Subo”.

“Otro minuto, para la caridad” Él respondió a su esposa.

Y de nuevo se puso a gritar con voz apagada:

“Anna, Anna, mi hermana, ¿Ni aun tú ver aparecerá nadie?”.

“No veo más que las llamaradas solares y la hierba que crece en verde.”

“Date prisa hacia abajo”, Ella gritó Barba Azul, “o se no salgo io.”

“Aquí estoy” Él respondió a su esposa; y otra vez a gritar:

“Anna, Anna, mi hermana, ¿Ni aun tú ver aparecerá nadie?”.

“Veo” dijo la hermana Anna “Veo una gran nube de polvo que viene hacia esta parte…”

Sono forse i miei fratelli? ”

Ohimè no, mi hermana: è un branco di montoni.

Insomma vuoi scendere, sì o no?”, Ella gritó Barba Azul.

Un’altro momentino” Él respondió a su esposa: e tornava a gridare:

“Anna, Anna, mi hermana, ¿Ni aun tú ver aparecerá nadie?”.

“Veo” ella respondió “due cavalieri che vengono in qua: ma sono ancora molto lontani.

Sia ringraziato Iddio”, aggiunse un minuto dopo, “son nuestros propios hermanos: Yo los haré todos los signos que puedo, PRISA porque usted y venir pronto.”

Masas Mientras tanto, Barba-azul gritando tan fuerte, que sacudió toda la casa. La pobre mujer tuvo que bajar, y toda despeinada y llorando se arrojó a sus pies:

“Son lloriqueos inútiles”, estos Barba-blu, “debemos morir”.

Entonces multiplicándolo por el pelo con una mano, y con la otra, levantando su cuchillo en el aire, estaba a punto de cortarle la cabeza.

La pobre mujer, voltandosi verso di lui e guardandolo cogli occhi morenti, gli chiese un ultimo istante per potersi raccogliere.

“No, no!”, gridò l’altro, “raccomandati subito a Dio!”, e alzando il braccio

In quel punto fu bussato così forte alla porta di casa, che Barba-blu si arrestò tutt’a un tratto; e appena aperto, si videro entrare due cavalieri i quali, sfoderata la spada, si gettarono su Barba-blu. Esso li riconobbe subito per i fratelli di sua moglie, uno dragone e l’altro moschettiere, e per mettersi in salvo, si dette a fuggire. Pero los dos hermanos lo persiguieron tan cerca, quien se reunió con él antes de que pudiera llegar al porche delantero. Y la espada estás, pasó de lado a lado y lo dejó muerto. La pobre mujer estaba casi muerto de su marido, y él no tenía aliento para levantarse para ir a abrazar a sus hermanos.

¿Y por qué Barba Azul no tenía herederos, Su esposa quedó dueña de todos sus bienes: de los cuales, Dio una parte como dote a su hermana Anna, casarse con un caballero, con quien hizo el amor durante mucho tiempo: otro lo utilizó para comprar el grado de capitán a sus hermanos: y el resto lo guardó para él, casarse con un caballero, que la hizo olvidar toda la angustia que sufrió con Barba-azul.

Así que para todas las parejas casadas.

 

De esta historia, que se remonta a la época de las hadas, usted puede aprender que la curiosidad, especialmente cuando se empuja demasiado, a menudo le trae alguna enfermedad.

 

 

 

La Bella Durmiente

 

Había una vez un rey y una reina que estaban desesperados por no tener hijos, pero tan desesperada, no pueden decir lo. Ellos iban todos los años a los baños, ora qui ora là: Clasificaciones, peregrinaciones; quería probar a todos: pero nada se benefició. Al final de la reina quedó embarazada, y dio a luz a una niña.

Le hicieron un bautizo de gala; que dio a la princesa chismes todas las hadas que se podía encontrar en el país (había siete) porque cada uno de ellos la haría un regalo; Por este medio, la princesa tenía todas las perfecciones imaginables en este mundo.

Después de la ceremonia de bautismo, la compañía regresó al palacio real, donde se preparó una gran fiesta en honor de las hadas.

Al frente de cada uno de ellos se colocó una magnífica portada, en un caso de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro puro, todo engastado con diamantes y rubíes.

Pero en ese momento estaban a punto de tomar su lugar en la mesa, se vio entrar una vieja hada, que no había sido invitado con la otra, porque durante cincuenta años nunca salieron de su torre y todos creían muerto y encantado.

El rey le ordenó una cubierta, pero no había manera de darles, como a la otra, sentado una de oro macizo, debido a esto se les había ordenado sólo siete, para las siete hadas. La anciana tomó la cosa para un desaire, y murmuró entre dientes algunas palabras de amenaza.

Una de las jóvenes hadas, que estaba al lado de ella, el fieltro, y por temor a que él quería hacer algún mal regalo a la princesa, justo a la izquierda de la mesa, fue a esconderse detrás de una puerta, para poder de esta manera para ser el último en hablar, y remedio, como era posible, al mal que el viejo había hecho.

Mientras tanto, las hadas empezaron a distribuir sus regalos a la princesa. El más joven le dio para el regalo que ella debería ser la mujer más hermosa del mundo: un'altra, que debía tener el ingenio: la tercera, que pondría una gracia encantadora en todas las cosas que había hecho: el quinto que debía cantar como un ruiseñor: y la sesta, que tocaba todos los instrumentos con un strasecolare perfección.

A medida que el tiempo vino la vieja hada, ella dijo, sacudiendo la cabeza más a la rabieta por esa razón los años, que la princesa habría perforado la mano con un huso y morir de la herida! Este regalo horribles que estremece a toda la gente de la corte, y no había nadie que no llores.

En este punto, la joven hada salió de detrás de la puerta y dijo en voz alta estas palabras:

“Tranquilizar, Re y Regina; su hija no morirá: es verdad que no tengo poder suficiente para deshacer todo el hechizo que hizo que mi hermana mayor: Princesa traspasará la mano con un huso, pero en lugar de morir, ella sólo caerá en un sueño profundo, que serán últimos cien años, al final de los cuales el hijo de un rey vendrá y despierto”.

Il Re, por la pasión de evitar la desgracia anunciada por la vieja, inmediatamente hizo un edicto prohibiendo, por el cual se prohibía a todos hilar con un huso y husillos para mantener la casa, dolor de la vida.

El hecho es, que ha sido de quince o dieciséis años, el rey y la reina se han ido a uno de su villa, sucedió que la Princesa, un día corriendo por el castillo y el cambio de un distrito a otro, subido en lo alto de una torre, en un pequeño ático donde había una anciana, que estaba solo, girando con su eje. Esta buena mujer nunca había oído hablar de la prohibición hecha por el rey para hilar con un huso.

“Qué estás haciendo, buena mujer?”, diseña la Principessa.

“Estoy hilando, mi niña hermosa”, dijo la anciana, que no sabía su punto.

“¡Ay! lindo, Afecto tanto!”, diseña la Principessa, “Pero, ¿cómo? dame un poco’ a través, Quiero ver si puedo también.”

Lively y también un poco imprudente, ya que era (y por otro lado el decreto de la hada quería así), no había terminado de recoger el momento, que le abrió la mano y cayó inconsciente.

El buen viejo, sin saber lo que haces, clamó por ayuda. La gente venía de todos lados; salpicaduras de agua en la cara a la princesa: desacoplar la ropa, la pelea en sus manos, y se frotó las sienes con agua de la Reina de Hungría; pero no hay manera de recuperarla en sí mismo. Entonces el Rey, que fue trasladado de urgencia al ruido, recordó la predicción de las hadas: y sabiendo muy bien que esto tenía que suceder, porque las hadas habían dicho, él puso la princesa en el más hermoso apartamento del edificio, sobre una cama todo bordado en oro y plata.

Se veía como un ángel, En tanto bella: desmayos porque no había disminuido nada a la hermosa rosa tinte de su tez: sus mejillas estaban un cutis hermoso, y sus labios como el coral. Ella sólo había cerrado los ojos: pero él estaba respirando suavemente; y así le dio al ver que ella no estaba muerta. El rey ordenó que vamos a dormir en paz hasta que llegó su hora de despertar.

El hada buena, que había salvado la vida, condenando a dormir durante cien años, fue en el reinado de Matacchino, mucho más allá de doce mil kilometros, cuando esta desgracia sucedió a la princesa: pero se estimó en un destello de un pequeño enano en sus pies las botas de siete kilometros (botas eran, con la que había siete kilómetros por gambata). El hada se fue inmediatamente, y en menos de una hora fue vista llegando en un carro de fuego, tirado por dragones.

El rey fue a ofrecer su mano, bajarla del carro. Ella le dio una mirada a lo que se había hecho: y porque era muy prudente, pensado que cuando la princesa era de despertar, puedes ver en una mala situación, estar solo en ese viejo castillo; y esto es lo que hizo.

Ella tocó con su varita todo lo que estaba en el castillo (a menos que el Rey y la Reina) gobernantes, Las damas de honor, criadas, Señores, oficial, Mayordomos, cocineros, pinches, Lacchè, guardias, Suiza, páginas y servidores; y así también tocado todos los caballos, que estaban en el establo con sus novios y grandes mastines del guardia en el patio y el pequeño Shove, el perro princesa, que estaba al lado de ella, en su cama. Tan pronto como él los tocó, dormido en toda la, despertar sólo cuando se despertaba su amante, así que esté listo para servir en todos los aspectos. Los mismos asadores, que resultó en el fuego, llena de perdices y faisanes se quedó dormido: y cayó fuego incluso dormido. Y todas estas cosas sucedieron en un abrir y cerrar de ojos; debido a que las hadas son sveltissime en sus tareas.

Entonces el Rey y la Reina, Así que cuando se besaban a su hija, sin despertar, salió del castillo, y desterró que nadie se había acercado a las personas cercanas. Y la prohibición no era ni siquiera necesario, porque en menos de un cuarto de hora creció, hay alrededor del parque, una extraordinaria cantidad de árboles, arbustos, de las malas hierbas y zarzas, tan entrelazados, que no había peligro de que el hombre o los animales podían pasar a través de. Se podía ver sólo las puntas de las torres del castillo: pero nos fijamos en ellos desde una gran distancia. Y aquí es fácil reconocer que el hada había encontrado una de sus repliegue del comercio, por lo que la princesa, durante el sueño, Él no tenía que temer la indiscreción de los curiosos.

Al final del siglo, el hijo del rey entonces reinante, y quién era el de otra familia que no tenía nada que ver con el de la princesa durmiente, la caza en los alrededores, Se preguntó cuáles eran las torres que fueron vistos tick por encima de los matorrales.

cada contestado, de acuerdo con lo que habían oído: quien le dijo que era un viejo castillo habitado por espíritus; quien dijo que todos los brujos de la zona no estaban haciendo su Sábado. La voz más común estaba allí vivía un ogro, que reunió en todos los tipos que podría nab, luego comer ellos a su conveniencia, y hay peligro de que alguien rincorresse, porque sólo él tenía el poder para abrir un camino por el bosque.

El príncipe no sabía qué creer, cuando un viejo granjero habló y dijo,:

“Mi buen príncipe, ahora más de cincuenta años que oí dije a mi padre que en ese castillo había una princesa, la más hermosa que nunca podía ver; que tuvo que dormir allí cien años, y que sería despertada por el hijo de un rey, que estaba destinada a casarse”.

A estas palabras,, Prince flameado; sin dudarlo un instante, pensó que sería, lo que llevaría a la final de una hermosa aventura sí, e impulsado por el amor y la gloria, decidido ponerlo a prueba.

Acaba de mudarse a los bosques, aquí es que una vez todos los altos árboles y zarzas y abrojos es tirado por, por sí mismos, para dejarle pasar. Caminó hacia el castillo, que era en la parte inferior de un árbol, ed entrò dentro; y lo que lo convirtió en un poco’ de estupor, fue ver que ninguno de sus tropas había sido capaz de seguir, porque los árboles, justo por delante de él, había vuelto a reunirse. Pero no por este experto es para salir del paso en su camino: Prince y un joven en el amor está siempre lleno de valor. Entró en un gran patio, donde el espectáculo que se presentó ante mis ojos sería suficiente para hacer que se congele con miedo. Hubo un silencio, que scarey: en todas partes la imagen de la muerte: no se podía ver nada más que cuerpos tendidos en el suelo, de los hombres y los animales, que parecían muertos, excepto que la nariz llena de bultos y las mejillas de guardaportoni bermellón, él era capaz de darse cuenta de que eran sólo dormido, y sus gafas, donde había siempre algunas gotas de vino, mostraron claramente que habían caído dormido trincando.

A continuación, pasa a otro gran patio, todo pavimentado con mármol; subir la escalera y en la sala de guardia, que estaban todos alineados en una fila pegamento rifle en el brazo, y roncaba como muchos lirones; atravesar varias habitaciones llenas de caballeros y damas, todos dormidos, algunos de pie que estaba sentado. Finalmente entra en una habitación todo el oro, y ve sobre una cama, que había corrido las cortinas en los cuatro lados, la vista más hermosa que había visto en su vida, una princesa que mostrado de fifteen a dieciséis años, y cuya apariencia sfolgoreggiante había algo brillante y divina.

Entró temblando y admirando, y puesto de rodillas a su lado. En ese punto, desde el final del hechizo había llegado, Princesa despertó, y mirándolo con ojos, más lindo mucho de lo que sería permisible en una primera entrevista, “Siete voi, o mi príncipe?”, ella dijo. “¿Ha hecho mucho esperar!”

El Príncipe, encantado con estas palabras, y aún más por la forma en que fueron pronunciadas, no sabía cómo expresar su gracia y gratitud. Él juró que la amaba más que a sí mismo. Sus discursos fueron desconectados y por lo tanto le gusta más; perché, poca elocuencia, gran amor!

Era más de lo que hizo trampa, ni hay que ver con eso pregunto, debido a que la princesa había tenido mucho tiempo para pensar en las cosas que tendría que decirle: perché, aparentemente (la historia también hace mención), Durante un sueño tan largo, su hada buena le había dado los sueños muy agradables. El hecho es, que ya eran cuatro horas hablando entre ellos dos, fitto fitto, y no se les dijo la mitad de lo que tenían que decir.

Mientras tanto, todas las personas del palacio habían despertado con la princesa: y cada uno había llevado a sus tareas: y por cuanto no todos estaban en el amor, para que no pudieran ponerse de pie por el hambre. La dama de honor, sintió conjunto aguda como la otra, perdió la paciencia y le dijo a la princesa en voz alta que la sopa estaba sobre la mesa.

El príncipe dio la mano a la princesa porque te levantas: ella ya estaba vestida y con gran magnificencia: y él fue lo suficientemente prudente para hacerlas cumplir, quien estaba vestido como yo’ abuela, y que tenía un alto camicino por debajo de los oídos, como la costumbre hace un siglo.

Pero esto no era menos bella. Entraron en el gran salón de los espejos y allí cenaron, servido en la mesa por los oficiales de la Princesa. Las sinfonías oboe y violines jugado muy antiguo, pero siempre bella, aunque era casi cien años nadie pensaba que suene más: y después de la cena, sin poner tiempo a la mitad, el gran limosnero ellas marido en la capilla de la corte, y la dama de honor corrió las cortinas de salvado.

Durmieron poco. La princesa no tenía una gran necesidad, y el Príncipe, tan pronto como se hizo de día, su izquierda para volver a la ciudad, donde su padre estaba preocupado por él. El príncipe le dio a entender que, en ir de caza, se habían dispersado en un bosque y que había dormido en la cabaña de un carbón de leña, donde había comido del pan y un poco de negro’ queso.

Ese buen hombre de su padre, eso fue sólo un buen hombre, pensamos que: pero no era su madre, que, viendo que su hijo iba casi todos los días para cazar y que siempre tenía la parafernalia listo para justificarse a sí mismo, cada vez que le pasó a pasar tres o cuatro noches fuera de la casa, terminado por poner en jefe que tenía que haber algún medio amoretto. Para usted debe saber que pasó más de dos años junto con la princesa, y tenía dos hijos; de los cuales el mayor, que era una hembra, Se le llamó Aurora, y la segunda, que masculina, que se llamaba día, comecché prometía ser hermana aún más bella.

La reina trató varias veces de entrevistar al hijo, y ponerlo a levargli a continuación algunas palabras: diciéndole que en este mundo todo el mundo está haciendo su maestro de placer: pero no arrisicò nunca confió el secreto de su corazón. Amaba a su madre; pero tenía miedo, porque ella vino de una familia de orcos, y el rey se había inducido a casarse únicamente a causa de su gran riqueza.

De hecho, hubo un rumor en la corte que ella tenía todos los instintos del ogro; y que, cuando vio que los chicos van, lo hizo por encima de él inaudita de los esfuerzos para frenar el deseo de saltar sobre ellos y se los comen vivos vivos.

Es por eso que el príncipe nunca diría nada de sus secretos.

Pero cuando el rey murió, y esto ocurrió dos años más tarde, y se convirtió en el amo del reino, inmediatamente hizo proclamar públicamente su boda y fue con gran Scialo llevar a su esposa al castillo de la Reina. Ella se preparó una entrada solemne en la capital del Reino, donde llegó en medio de sus dos hijos.

Poco tiempo el rey fue a hacer la guerra al rey Cantalabutta, su vecino. Salió de la regencia del reino a la reina su madre, y le aconsejó tanto y luego su esposa y sus hijos.

Importaba que permaneciera en guerra durante todo el verano, que tan pronto como empezó la reina envió a su hija y sus hijos en una casa en el bosque, con el fin de satisfacer mejor sus horribles antojos. Después de unos días, no ha ido bien, y esta noche le dijo a su jefe de cocina:

“Mañana en el almuerzo quiero comer la pequeña Aurora”.

“Ah, dama!”, exclamó el cocinero.

“Quiero tan”, respondió la Reina; y él dijo en el tono de voz de una ogresa, que sólo quieren comer la carne.

“Y yo quiero comer en una salsa picante.”

El pobre cocinero, viendo que había poca broma con ogresa, dio un gran coltella y salido de la pequeña habitación en Aurora.

Ella tenía entonces apenas cuatro años, y corrió saltando y riendo y le invito a arrojarse en el cuello de las golosinas. Empezó a llorar, la coltella le cayó de la mano y se fue por la corte para cortar la garganta de un cordero, y cocinado con una salsa tan bueno, que su amante tenía que decir que nunca había comido nada tan delicioso en su tiempo de vida.

En ese mismo tiempo, había tomado la pequeña Aurora y la había dado a su esposa en la custodia, porque escondido en el barrio de su casa en el extremo del patio.

Ocho días después de la malvada reina dijo a su jefe de cocina:

“Quiero comer la cena en el pequeño Día”.

Él dijo ni sí ni no, determinado como estaba para que sean la misma sesión, una vez transcurrido. Fue a buscar a poco Día, y ella lo encontró con una espada en la mano, tirando de la esgrima con un mono grande: sin embargo, él no tenía más de tres años. La recogió y la llevó a su esposa, los cuales se escondieron juntos pequeña cola Aurora: y en lugar del Niño, que se presentan en la tabla un caprettino leche, la ogresa encontró deliciosa.

Hasta entonces las cosas habían ido bien; pero una noche esta malvada reina dijo al cocinero::

“Quiero comer la Reina, cocinado con la misma salsa de’ sus hijos”.

Fue entonces cuando se enteró de la mala caída cocinero para los brazos, porque ella no sabía cómo engañarla por tercera vez. La joven reina había jugado veinte años, por no hablar de los cientos de trabajadores dormían; y su piel, aunque siempre hermoso y blanco, se había convertido en un poco’ Fondo: y ahora cómo encontrar un animal que se había estancado en precisamente de esa manera la tigliosa piel?

Para salvar su vida, Tomó la resolución de cortar la garganta a la Reina y subió a su habitación, con la firme intención de no dovercisi hecho de nuevo dos veces. Él hizo todo lo posible para emocionarse y entrar en una rabia, y con una daga en la mano entró en la habitación de la joven reina: pero que no desean tomar por sorpresa, él le dijo con gran respeto la orden recibida por la Reina Madre.

“Destino pura, suerte pura”, ella dijo, entregándole el cuello, “llevado a cabo la orden que usted ha dado; así que voy a ir a ver a mis hijos, Mis pobres hijos, Me encantó tanto.”

Pensó muertos desde que había visto desaparecer, sin saber más.

“No, no, o signora”, replicó el pobre cocinero, todo suavizado, “que no te mueras del todo: y no dejar que esto vaya a revisar a sus hijos: pero los verás en mi casa, donde yo los he escondido, e incluso para esta época engañar a la Reina, haciéndolos comer un joven Cervia en lugar de usted.”

Él la llevó a su habitación inmediatamente, dove, dejándole sfogasse para besar sus criaturas, y llorar con ellos, Fuimos diviato para cocinar un ciervo, que la reina comió para la cena, col gusto medesimo, como si hubiera comido la joven reina. Ella estaba muy feliz con su crueldad; y ya estaba estudiando cómo dar a entender al Rey, cuando era tornato, que los lobos habían devorado la reina su esposa e hijos .

Una noche, la Reina Madre, según su costumbre, droned de puntillas a los juzgados y los tribunales, para oler el olor de la carne cruda, sentido en una habitación poco terrenal día llorando, porque su madre lo quería batir, porque eso era malo, y oído al mismo tiempo, la pequeña Aurora perdón rogando por su hermano.

La ogresa reconoció la voz de la Reina y de’ sus hijos, y furioso por haber sido engañado, con una voz horrible,, lo que hizo que todo el mundo tiembla, ordenó que la mañana después ser llevado en el medio de la cancha una gran bañera, y que el tanque se llenó con víboras, sapos, de lagartos y serpientes para hacer tirar la Reina, los niños, el jefe de cocina, su mujer y su criada en casa.

Ella había ordenado que todos ellos trajeron con las manos atadas. Estaban allí, y los verdugos se preparaban para echarlos en la bañera, he aquí el rey, que no se esperaba tan pronto regreso, ingresó a la corte a caballo: había llegado el pegamento-mail, atónitos y le preguntó qué quería decir ese espectáculo horrible,. Nadie tuvo el valor de abrir la boca, cuando la ogresa, tomada por una rabia indescriptible al ver lo que vio, se arrojó hacia delante con la cabeza en la bañera, donde en un momento en que fue devorado por todos aquellos animales, que no se habían puesto en su comando. En cualquier caso, el Rey mostró él disgustado, porque al final fue su madre: pero encontró una manera de consolado rápidamente con su bella esposa y con sus hijos.

 

Si esta historia tenía deseo de enseñar algo, que podía enseñar a las niñas a ese pájaro coge el gusano… ni el esposo.

La Bella Durmiente durmió durante cien años, y luego encontró el novio: pero la historia está probablemente hecho a propósito para demostrar a las chicas que no sería prudente imitar el ejemplo.

 

 

 

Cenicienta

 

C’era una volta un gentiluomo, il quale aveva sposata in seconde nozze una donna così piena di albagia e d’arroganza, da non darsi l’eguale.

Ella aveva due figlie dello stesso carattere del suo, e che la somigliavano come due gocce d’acqua.

Anche il marito aveva una figlia, ma di una dolcezza e di una bontà da non farsene un’idea; e in questo tirava dalla sua mamma, la quale era stata la più buona donna del mondo.

Le nozze erano appena fatte, che la matrigna dette subito a divedere la sua cattiveria. Ella non poteva patire le buone qualità della giovinetta, perché, a quel confronto, le sue figliuole diventavano più antipatiche che mai.

Ella la destinò alle faccende più triviali della casa: era lei che rigovernava in cucina, lei che spazzava le scale e rifaceva le camere della signora e delle signorine; lei che dormiva a tetto, proprio in un granaio, sopra una cattiva materassa di paglia, mentre le sorelle stavano in camere coll’impiantito di legno, dov’erano letti d’ultimo gusto, e specchi da potervisi mirare dalla testa fino ai piedi.

La povera figliuola tollerava ogni cosa con pazienza, e non aveva cuore di rammaricarsene con suo padre, il quale l’avrebbe sgridata, perché era un uomo che si faceva menare per il naso in tutto e per tutto dalla moglie.

Quando aveva finito le sue faccende, andava a rincantucciarsi in un angolo del focolare, dove si metteva a sedere nella cenere; motivo per cui la chiamavano comunemente la Culincenere.

Ma la seconda delle sorelle, che non era così sboccata come la maggiore, la chiamava Cenicienta.

Eppure Cenerentola, con tutti i suoi cenci, era cento volte più bella delle sue sorelle, quantunque fossero vestite in ghingheri e da grandi signore.

Ora accadde che il figlio del Re diede una festa da ballo, alla quale furono invitate tutte le persone di grand’importanza e anche le nostre due signorine furono del numero, perché erano di quelle che facevano grande spicco in paese. Eccole tutte contente e tutte affaccendate a scegliersi gli abiti e le pettinature, che tornassero loro meglio a viso. E questa fu un’altra seccatura per la povera Cenerentola, perché toccava a lei a stirare le sottane e a dare l’amido ai manichini. No se habla de otra cosa en la casa que es la forma en que se han vestido esa noche.

“Yo”, dijo la mayor, “Voy a conseguir el vestido de terciopelo rojo y mi trino de Inglaterra.”

“Y yo”, diseña la otra, “No voy a tener mi vestido habitual: pero, en compenso, Me puse la ropa con flores de oro y mi collar de diamantes, eso no es DiCerto de los que se ven todos los días.”

Llamaron a la gala pettinatora, estar haciendo rizos en dos líneas, y compró algunos parajes por el fabricante de las ciudades más de moda.

Se llama así porque la Cenicienta dijo que su opinión, como el que tenía una gran cantidad de sabor; Cenicienta y morir’ sus mejores consejos, y, por otra parte, se ofreció a vestirlos: Por lo cual fue aceptado sin la necesidad de decir dos veces.

Si bien vestida y peinada, dijeron:

“Di ', Cenicienta, 'D orden de llegada a la danza?…” .

“Ah, Srtas! me canzonate: estos no son divertidos para mí! ”

“Tienes razón: nos volveríamos a tener que reír, para ver una cenicienta, sus compañeros, una parte a la pelota.”

Otra chica, en lugar de la Cenicienta, haría cualquier cosa para vestir mal; pero fue una muy buena hija, y vestido y se sentó lo mejor que podría hacer.

Para la gran alegría de esta fiesta, permanecido casi dos días sin acordarse de comer: tore más de una docena de agujas para atornillar a los lados y en la vida truncada; y pasó tutt'intera el día sagrado para mirarse en el espejo.

Fue finalmente el día anhelado. Salieron de la casa y Cenicienta acompañados con sus ojos en lo que pudo: cuando el más reciente, mise y un limpiador.

La su COMARE, quien encontró los ojos rojos y llenos de lágrimas, le pregunté qué tenía.

“Lo haría… Lo haría…” Y lloró tan fuerte, que no pudo terminar la palabra.

La Matrona, que era un hada, le estas:

“¿Quieres que vaya a la fiesta de graduación, no es cierto?”.

“Yo también, Sí” Cenicienta dijo con un gran suspiro.

“Bueno: prometes ser bueno?”, diseña la Matrona. “Entonces usted va allí.”

Y menatala Room, le estas: “Ve al jardín y tráeme un pepino”.

Cenicienta corrió rápidamente para aprovechar el mejor que pudimos encontrar y se lo llevó al hermano, sin saber mucho menos los miles de kilómetros como este pepino nunca va a hacer que se vaya a la fiesta de baile.

La Comare lo vuotò per bene, e rimasta la buccia sola, ci batté sopra colla bacchetta fatata, e in un attimo il cetriolo si mutò in una bella carrozza tutta dorata.

Dopo, andò a guardare nella trappola, dove trovò sei sorci, tutti vivi.

Ella disse a Cenerentola di tenere alzato un pochino lo sportello della trappola, e a ciascun sorcio che usciva fuori, gli dava un colpo di bacchetta, e il sorcio diventava subito un bel cavallo: e così messe insieme un magnifico tiro a sei, con tutti i cavalli di un bel pelame grigio-topo-rosato.

E siccome essa non sapeva di che pasta fabbricare un cocchiere:

“Aspettate un poco” disse Cenerentola “voglio andare a vedere se per caso nella topaiola ci fosse un topo; che così ne faremo un cocchiere”.

“Brava!” diseña la Matrona “va’ un po’ a vedere.”

Cenerentola ritornò colla topaiola, dove c’erano tre grossi topi.

La fata, fra i tre, scelse quello che aveva la barba più lunga; il quale, appena l’ebbe toccato, diventò un bel pezzo di cocchiere, e con certi baffi, i più belli che si fossero mai veduti.

Fatto questo, le estas:

“Ora vai nel giardino: e dietro l’annaffiatoio troverai sei lucertole. Portamele qui.”

Appena l’ebbe portate, la Comare le convertì in sei lacchè, i quali salirono subito dietro la carrozza, colle loro livree gallonate, e vi si tenevano attaccati, come se in vita loro non avessero fatto altro mestiere.

Allora la fata disse a Cenerentola:

“Eccoti qui tutto l’occorrente per andare al ballo: sei contenta?”.

“Sí, ma che ci devo andare in questo modo, e con questi vestitacci che ho addosso?”

La fata non fece altro che toccarla colla sua bacchetta, e i suoi poveri panni si cambiarono in vestiti di broccato d’oro e di argento, e tutti tempestati di pietre preziose: quindi le diede un paio di scarpine di vetro, che erano una meraviglia.

Quand’ella ebbe finito di accomodarsi, montò in carrozza: ma la Comare le raccomandò sopra ogni altra cosa di non far più tardi della mezzanotte, ammonendola che se ella si fosse trattenuta al ballo un minuto di più, la sua carrozza sarebbe ridiventata un cetriolo, i suoi cavalli dei sorci, i suoi lacchè delle lucertole, i suoi vestiti avrebbero ripreso la forma e l’aspetto cencioso di prima.

Ella dette alla Comare la sua parola d’onore che sarebbe venuta via dal ballo avanti la mezzanotte.

E partì, que no era más en la piel con deleite.

El hijo del rey, el haber sido proclamado la llegada de una princesa, que nadie sabía quién era, Él corrió a recibirlo, y ofreció su mano para iscendere carro, y él la llevó a la habitación donde estaban convidados.

A continuación, hizo un gran silencio: las danzas fueron interrumpidos, los violines juegan smessero, todas las miradas se volvieron a contemplar la belleza de la gran desconocida.

No podía oír nada más que un murmullo confuso, y decir en voz baja: “¡Ay! lo hermoso!…”.

El mismo Rey, tan antigua, No y terminó fuera de la mirada, y él estaba diciendo en voz baja a la Reina, que durante muchos años fue ya no pasó a ver a una mujer tan hermosa y tan graciosa.

Todas las mujeres tenían sus ojos en su cuerpo, para examinar el peinado y la ropa, que ver con eso y hacer lo mismo para el día siguiente, siempre que era posible encontrar las telas modistas tan hermosa y tan talentosa.

El hijo del rey la colocó en el lugar de honor: luego fue a recogerla para hacer su baile. Bailó con tanta gracia, creciendo en toda la maravilla.

Fue un maravilloso refresco servido, que el joven príncipe ni siquiera sabía, Estaba tan absorto en contemplando la hermosa desconocida.

Ella fue y se puso al lado de sus hermanas: utilizado sus muchas sutilezas: y los hizo parte de las naranjas y limones, que el príncipe había dado; De manera que la maravillaba mucho, porque no reconocen ni punto ni poco.

¿De qué estaban hablando juntos, Cenerentola sentì battere le undici e tre quarti; e fatta subito una gran riverenza a tutta la società, scappò via come il vento.

Appena arrivata a casa, corse a trovare la Comare, e dopo averla ringraziata, le disse che avrebbe avuto un gran piacere di tornare anche alla festa del giorno dipoi, perché il figlio del Re l’aveva pregata molto.

Mentre stava raccontando alla Comare tutti i particolari della festa, le due sorelle bussarono alla porta: Cenerentola andò loro ad aprire.

“Quanto siete state a tornare!” disse ella stropicciandosi gli occhi e stirandosi come se si fosse svegliata in quel momento. E sì, che ella non aveva avuto davvero una gran voglia di dormire, dacché s’erano lasciate.

“Se tu fossi stata al ballo”, le disse una delle sue sorelle “no habrías aburrido: que ha sido la más bella princesa, pero de’ hasta el más bello que se puede ver el mundo: nos hizo una garbatezze mil, y nos dio los cedros y naranjas.”

Cenicienta no entendía muy contento. Ella les preguntó el nombre de la princesa; pero dijo que los que no conocen, y que el hijo del rey se muere de ganas de saber quién era, y que habría dado cualquier cosa por saber.

Cenicienta sonrió, y les dijo::

“Dev’ ser muy agradable! Dio mio! como usted es feliz que otra! Lo que yo pagaría para verlo! Via, Sra. Julieta, préstame tu vestido amarillo, que de todos los días…”.

“A la derecha, Dije!” dijo Julieta. “Tome mi vestido en una mala Cenicienta como tú. Bisognerebbe proprio dire che avessi perso il giudizio.”

Questa risposta Cenerentola se l’aspettava: e ne fu contentissima; perché si sarebbe trovata in un grande impiccio, se la sua sorella le avesse prestato il vestito.

La sera dopo le due sorelle tornarono al ballo: e Cenerentola pure; ma vestita anche più sfarzosamente della prima volta.

Il figlio del Re non la lasciò un minuto; e in tutta la serata non fece altro che dirle un monte di cose appassionate e galanti.

La giovinetta, che non s’annoiava punto, si era dimenticata le raccomandazioni fatte dalla Comare; tant’è vero che sentì battere il primo tocco della mezzanotte, e credeva che non fossero ancora le undici. S’alzò e fuggì con tanta leggerezza, che pareva una cervia.

Il Principe le corse dietro, pero no podía alcanzarlo.

La fuga, ella dejó caer uno de sus zapatos de cristal, que el príncipe recogió con gran amor.

Cenicienta llegó a su casa todos alborotados, sin carro, sin lacayos y con el vestido de todos los días, essendole no queda nada de su magnificencia, fuera de uno de sus zapatos, la compañera de la que había perdido en la calle.

Se pidió a guardaportoni del edificio, si por casualidad habían visto a una princesa a salir; pero ellos respondieron que no habían visto anyone'll salir, excepto una chica mal vestido y mirando a una muchacha campesina que parecía más bien una dama.

Cuando las hermanas regresaron de la pelota, Cenicienta les preguntó si tenían un buen rato y si no era aún una bella dama.

Esse risposero di si, e che era scappata via allo scocco della mezzanotte, e con tanta furia, che s’era lasciata cascare una delle sue scarpine di vetro, la più bella scarpina del mondo: e che il figlio del Re l’aveva raccattata, e non aveva fatto altro che guardarla tutto il tempo del ballo, e che questo voleva dire che egli era innamorato morto della bella signora, alla quale apparteneva la scarpina.

E dicevano la verità: perché di lì a pochi giorni il figlio del Re fece bandire a suon di tromba che sposerebbe colei, il cui piede avesse calzato bene quella scarpina.

Si cominciò a provare la scarpa alle Principesse: poi alle Duchesse e a tutte le dame di corte: ma era tempo perso.

Fu portata a casa delle due sorelle, le quali fecero ogni sforzo possibile per far entrare il piede in quella scarpa: ma non ci fu modo.

Cenicienta, che stava a guardarle e che aveva riconosciuta la scarpina, disse loro:

“Voglio vedere anch’io se mi va bene!”.

Le sorelle si misero a ridere e a canzonarla.

Il gentiluomo incaricato di far la prova della scarpa, avendo posato gli occhi addosso a Cenerentola e parendogli molto bella, disse che era giustissimo, e che egli aveva l’ordine di provar la scarpa a tutte le fanciulle.

Fece sedere Cenerentola, e avvicinando la scarpa al suo piedino, vide che c’entrava senz’ombra di fatica e che calzava proprio come un guanto.

Lo stupore delle due sorelle fu grande, ma crebbe del doppio, cuando Cenicienta sacó de su bolsillo la otra zapatilla y se metió en ese otro pie.

En este punto en particular vino la señora, que, dado una varita a la ropa de Cenicienta, Hizo a ser mucho más glamoroso, que no habían sido nunca.

Entonces las dos hermanas reconocidos en ella la hermosa dama ven en la danza; y se arrojaron a sus pies para pedir el perdón de los malos tratos que tuvo que sufrir. Cenicienta hizo raise, y dijo, abrazando, que perdonó a su corazón, y que él oró a amarla por siempre y dimolto.

Vestida como estaba, Se llevó a cabo por el Príncipe, que parecía más hermoso que todas las otras veces, y después de unos días, el casado.

Cenicienta, buena chica tan hermosa, Lo hizo dar un distrito con sus hermanas, y el marido el mismo día a dos caballeros de la corte.

 

Este cuento, en lugar de una moral, ja ne debido.

Prima debe: belleza, Especialmente para las mujeres, es un gran tesoro; pero hay un tesoro que vale más, y la gracia, pudor y las buenas costumbres.

Con estas habilidades Cenerentola convertido llegó a Regina.

Otra morale: gracia, espíritu, coraje, modestia, nobleza de sangre, el sentido común, cosas todas hermosas; pero que se benefician de estos regalos de la Providencia, si no es un impostor o una comadrona, o, como decimos hoy, un buen compañero para llevarnos?

Sin la ayuda del hermano, lo avrebb'ella hecho de que la hija buena y talentosa de la Cenicienta?

 

 

 

 

Puccettino

 

Había una vez un leñador y un leñador, quien tuvo siete hijos, todos los hombres: el mayor tenía diez años, la menor de siete. Él tal vez veremos si como un leñador había tenido tantos niños en tan poco tiempo: pero él es, que su esposa era rápido en sus asuntos, y cuando se pone, No hizo menos de dos niños a la vez.

Y debido a que eran muy pobres, siete chicos les dieron un gran pensamiento, por la razón de que ninguno de ellos fue capaz de ganarse la vida.

Lo que más les atormentaba, Era que el niño era de un delicado y nunca habló: y que esto era una clara señal de la bondad de su carácter, lo confundió con un signo de estupidez.

El niño era pequeño en persona; y con su venida al mundo, no pasó del tamaño de un pulgar; así que lo llamaron Pulgarcito.

Ocurrió un año muy triste, en el que el hambre era tan grande, que estas personas pobres resolvieron deshacerse de’ sus hijos.

Una noche, cuando los niños estaban en la cama, y que el leñador estaba en la canción de fuego, dicho, su corazón se rompía, su esposa:

“Como se puede ver, ya no tenemos que alimentar a nuestros hijos: y yo no tengo el corazón para vedermeli hambre ante sus ojos: ahora estoy decidido a ponerlos en el bosque y hacer que pierda su forma; ni tomará gran esfuerzo, perché, mientras baloccheranno para hacer haces de, nosotros para darnos las piernas, sin tener tiempo de addarsene”.

“Ah!”, exclamó la esposa, “y se puede tener mucho corazón para perder el camino por ti mismo tus criaturas?”

El marido tenía un buen retorno de superar en la miseria, en el que fueron; pero la esposa no estaría de acuerdo con cualquiera de los términos. Povera Época, ma era madre: por otra parte, recordando también el dolor que sentiría si había visto morir de hambre, Terminó resignado a, y se fue a la cama llorando.

Pulgarcito había oído todos sus discursos: y percibido, de la cama, que el razonamiento de negocios, Él se levantó de puntillas, deslizarse bajo el taburete de su padre, para poder escuchar todo senz'esser visto.

Luego regresó a la cama, y él no hizo la vista gorda ante el resto de la noche, reflexionando sobre lo que tenía que hacer. Él subió a un día, y se fue en el borde de un arroyo, donde llenó los bolsillos de piedras blancas: Chiotto Chiotto luego regresó a su casa.

Dejaron, Pulgarcito, pero no dijo nada a sus hermanos lo que sabía.

En su lugar entró un bosque muy espeso, donde a una distancia de unos pasos que no había manera de ver la una hacia la otra. El leñador se hace para cortar leña, y los chicos para recoger ramitas a los paquetes.

El padre y la madre, verlos intención de trabajar, Se alejaron lentamente, hasta que se escabulló por un camino para salir de la mano.

Cuando los chicos estaban solos, Ellos comenzaron a gritar y llorar fuertemente.

Pulgarcito hacerles gritar, Estoy seguro de que en cualquier caso, que volverían a casa; porque él, en el camino, había caído en el camino las piedras blancas que se habían colocado en el bolsillo.

“No tengas miedo a nada, mis hermanos”, disse loro, “el padre y la madre nos han dejado aquí sola; Pero rimenerò casa: venitemi dietro.”

De hecho, lo siguieron, y él los llevó al mismo camino que habían hecho, caminando al bosco. Al principio no tenían que entrar en él coraggi: y en messero oreja a la puerta para escuchar lo que decían el uno al otro, il padre e la madre.

Ahora usted debe saber que cuando el leñador y su esposa regresaron a casa, encontró que las mujeres de la aldea les habían enviado diez coronas, de los cuales el deudor era un largo tiempo, y en el que había más. Esto fue suficiente para poner un poco de’ de aliento en el cuerpo que la gente pobre, eso fue sólo para tocar y no tocar a morir de hambre.

El leñador de inmediato envió a su esposa de la carnicería. Y ya que era un largo tiempo desde que se habían alimentado, compró tres veces más carne de lo que sería abbisognata a cenar dos personas.

Cuando se saciaron, Y su mujer:

“¡ay! donde ahora serán nuestros hijos? si podían recibir todo el año aquí con nuestras sobras! pero de todos modos, William, se’ Fue usted quien quería smarrirli: pero siempre he dicho que nos arrepentimos. ¿Qué van a hacer ahora en el bosque? ¡ay! Dio mio! tal vez en este momento los lobos devoraron ready. Sólo que no es necesario tener el corazón, venir te, isperdere para los niños de esta manera!…”.

El leñador perdido la paciencia, porque su esposa, repitió más de veinte veces que lo lamentaría, y que ya había dicho y repetido: y amenazó con golpearla si ella no chetata.

Esto no quiere decir que el leñador no podía ser aún más angustiados esposa; pero le preocupaba demasiado: y él era como tantos otros, que si dicen mucho con mujeres que parecen ser juiciosamente, pero no pueden sufrir los que siempre tienen la razón.

El leñador estaba muriendo en las lágrimas, y siempre seguía decir:

“¡ay! donde ahora serán mis hijos? mis pobres hijos?”.

Una vez, entre otro, Dije tan alto, que los niños, que estaban detrás de la puerta, Ellos la escucharon y gritaron todos juntos: “estamos aquí! estamos aquí!”.

Se corrió inmediatamente a abrir la puerta y, abrazando, dicho:

“Qué placer verte de nuevo, Mis queridos hijos! ¿Quién sabe cómo se está cansado, y que el hambre se! e tu, Pieruccio, mírame’ como usted desaliñada! vien más, que spillaccheri”.

Pieruccio era el mayor de los hijos y la madre lo amaba más bueno que otros, porque era el pelo rojo como ella.

Te messero a la mesa y comieron con apetito, que hicieron su consuelo al padre y la madre, que dicho, casi todos hablando al mismo tiempo,, el susto que habían tenido en el bosque.

La buena gente eran todos contentos de ver a los niños en casa; Pero la felicidad duró hasta durado diez escudos. Cuando estos terminado, Regresaron a las miserias sicutera, y allor decidió smarrirli nuevo; y para estar seguro, decidieron llevarlos mucho más lejos que la primera vez. Sin embargo, esto no podía hablar con el secreto, Pulgar sintió que no todos; quien pensó que trepar fuera de su repliegue habitual: excepto que, aunque para levantarse al amanecer para ir en busca de piedras blancas, era como que, olla y no lejos NULL, porque se encontró con la puerta principal cerrada y doble bloqueado.

Él realmente no sabía lo que stillarsi, aquí es que cuando la madre dio a cada uno de ellos un pedazo de pan para el desayuno. Entonces él vino a la cabeza que podía utilizarlo como mucho pan, en vez de guijarros, sembrando las migas en el camino a donde pasarían. Y se pone el pan en el bolsillo.

El padre y la madre les llevó al punto más grueso y más oscuro bosque: y cuando llegaron, tomaron una laguna y se van.

Pulgar no salió nada ni aquí ni allá, porque sabía que fácilmente podría encontrar su camino con la ayuda de las migajas esparcidas; pero imaginar cómo se sentía, cuando se dio cuenta de que volaron a él había cogido pájaros.

Así que aquí están todos afectados, porque cuanto más caminaban y se perdió en el bosque. Llegó la noche y había un viento para ser aterrador. Les parecía tener noticias de todos los lados gritos de lobos, acercarse a comerlos. No tenían ni la respiración charla, ni mirar hacia atrás.

Luego vino un grand'acqua que los bañó de debajo de la piel: en cada paso sdrucciolavano y cayendo en el barro: y cuando se ha configurado todo fangoso, que no sabían dónde poner sus manos.

Pulgar montado encima de un árbol para ver si el país scuopriva; y en busca de todas las partes, vio una pequeña pequeña luz, como la de una vela, que estaba muy lejos, mucho más allá del bosque.

Ya en tierra: y cuando en el fu tierra, vio nada. Esta cosa le dio un gran dolor.

Aunque, caminar hacia adelante con sus hermanos, hacia la parte donde había visto la pequeña lámpara, terminó replay que cuando salía fuera de peligro.

Finalmente llegó a la casa donde se podía ver esta luz: no sin sentirse cerca del corazón de la gran, porque de vez en cuando pierde de vista el, particularmente cuando caminaban en algunos llanura muy bajo.

Llamaron a la puerta: una buena mujer vino a abrir su, y él les preguntó qué querían.

Pulgar dicho eran niños pobres que se habían dispersado en el bosque, y pidiendo a dormir por la causa de Dios.

la mujer, ver a todos tan lindo, Él se puso a llorar, y dijo:

“¡ay! mis hijos pobres, donde cada vez que ha venido? Pero usted no sabe que esta es la casa Orco de comer a todos los niños?”.

“Ah, dama”, pulgar respondió, que estaba temblando como una hoja, y así sus hermanos. “¿Qué quieres que hagamos? Si no estamos parados sobre en casa, está seguro de que los lobos nos comer esta noche. Caso E en tal, es mejor que comamos este señor. Tal vez si usted ora la, ¿Podría ser que él tenía misericordia de nosotros.”

La esposa del Ogro, con la esperanza de ocultar con su marido hasta la mañana siguiente, dejarlos entrar y los llevó a calentarse alrededor de un buen fuego, donde encender un asador embestir a ti mismo totalmente, que debía servir para la cena dell'Orco.

Mientras comienzo a calentar, latido del oído tres o cuatro disparos a las puertas screanzati. Orco era la de volver.

En los hombres d'un Baleno, su mujer a todos ellos se escondió debajo de la cama y fue a abrir.

El ogro a la vez preguntó si la cena era hábil y levantó la bodega: y sin pérdida de tiempo se sentó en la mesa. El carnero no estaba preparado y estaba recibiendo la sangre, y esto parecía aún más buena. entonces, fiutando en qua e di là, Empezó a decir que olía a carne cruda.

“tal vez”, dijo su esposa, “el becerro que hace un momento he pelado, que te pone en la nariz que huele.”

“Y digo que me siento el olor de la carne”, disparar a los orcos mirando a su esposa de lado, “y aquí debe haber algún subterfugio!…”

Al decir esto se levantó de la mesa y se fue directamente a la cama.

“Ah!”, gritó, “Así que quería engañar, fea bruja? No sé que me impida hacer un bocado de ti también. Bien por usted, usted es viejo y tigliosa! Aquí está el juego, eso me pasa justo a tiempo para el tratamiento tres orcos mis amigos, quien vendrá a mí en estos días.”

Y él los sacó de debajo de la cama, uno detrás del otro.

Los niños pobres cayeron de rodillas, pedir perdón, pero tenían que ver con el más cruel de todos los Orcos, il quale, fingiendo sentir compasión, Se comió con sus ojos ya de antemano, Él está diciendo a su mujer que iba a ser un plato delicado, sobre todo si se había establecido con una buena salsa.

Fue a buscar un cuchillo, y dar a estos niños pobres, Afilé durante un largo piedra que sostenía en su mano izquierda.

Y ya había agarrado uno, cuando su esposa le dijo:

“¿Qué es lo que quiere hacer en este momento? no sería mejor esperar hasta mañana?”.

“Chetati, a!”, respondió el ogro. “Lo mismo ocurrirá con más galletas de mantequilla.”

“Sin embargo, todavía está avanzando mucho la carne! Hay aquí un ternero, un carnero, y la mitad de cerdo…”

“Tienes razón”, dijo el ogro, “rimpinzali por lo tanto, para una buena, no sea que se inclinan, y los portales a la cama.”

Esta buena mujer, fuera de sí de alegría, Él les dio la cena: pero no comían a causa de la gran temor que llevaban puesto.

A medida que el ogro, Empezó a beber, muy satisfecho de haber encontrado que la administración de sus amigos. Se despojó de una docena de vasos más de lo habitual, hasta que el vino los días’ la cabeza y se vio obligado a ir a la cama.

El ogro tenía siete hijas, que siempre eran niñas, que eran todas de buena complexión, perché, como el padre, Se alimentan de carne cruda; pero tenían el gris occhiettini y redondo, y una nariz puntiaguda y una boca muy grande, con una larga cremallera de dientes, afilado y separados uno de otro.

Aún no se había convertido en mala: pero prometió buena, debido a que ya morder a los niños a chupar la sangre.

Había sido enviado a la cama temprano, y todos eran siete en una cama grande, cada uno con una corona de oro en la cabeza.

En la misma habitación había otra cama del mismo tamaño. Fue precisamente en esta cama la mujer del ogro puso a dormir a los siete muchachos; y después de irse a la cama junto a su marido.

Puccettino, quien tuvo aviso de que las hijas de Orcos llevaban una corona de oro sobre su cabeza, y que siempre tenía miedo de que el ogro no ripentisse tenerlos sacrificados inmediatamente, Él levantó a medianoche, y teniendo las tapas de los hermanos y su, Se fue muy lentamente para ponerlos en la cabeza de las siete hijas dell'Orco, después levantaron la corona de oro, que puso en la cabeza y de’ sus hermanos, debido a que el Orco los confundió con sus hijas, y podría llegar a sus hijas a los niños que querían matar.

Y la cosa fue appuntino como él pensó que si era; porque el Orco, despertó a medianoche, se arrepintió de haber aplazado hasta el día siguiente lo que podía haber hecho la misma noche.

Así la cama saltó bruscamente, y tomando el cuchillo:

“Vayamos un poco’ para ver”, dicho, “¿Cómo son estas Birbe; y acabar de una vez una vez por todas”.

Luego se metió en la habitación a tientas sus hijas, y se acercó a la cama donde los niños eran, que estaban todos dormidos, menos del pulgar, que estaba terriblemente asustado al oír el ogro que sondeó la cabeza, como ya se sondeó sus hermanos.

El Orco sintiendo la corona de oro, dicho:

“Ahora pude realmente hermoso! Vemos sólo que anoche bebí la mitad de un dedo más”.

Así que se fue a la otra cama, y después de haber escuchado sus muchachos caps:

“Aquí están”, dicho, “estos monellacci! Trabajamos finales”.

Y así diciendo, sin vacilar, Se le corta las gargantas de sus siete hijas.

Encantados de sí mismo, Volvió a acostarse junto a su esposa.

Tan pronto como Pulgarcito oído los ronquidos del ogro, Se despertó a sus hermanos y les dijo a vestirse de inmediato y seguirlo. Descendieron de puntillas en el jardín y treparon por la pared. Corrieron a sus talones casi toda la noche, temblando como hojas, y sin saber a dónde iban.

Cuando el ogro se despertó, Le dijo a su esposa:

“Will’ un po’ vestir a los erizos de ayer por la tarde”.

El ogro se quedó muy sorprendido de la bondad inusual de su marido, y no pasó siquiera por la mente que quería vestir a entender otra cosa, creyendo de buena fe para tener que ir a vestirse. Por lo tanto subió por encima de, y ella se quedó sin aliento en el cuerpo, ver a sus siete hijas sacrificados y sumergidos en su propia sangre. Inmediatamente comenzó por svenirsi, siendo este el primer truco, que en tales casos, deberían todas las mujeres.

El Orco, por temor a que su esposa no puso demasiado tiempo para hacer lo que yo había pedido, subió a ayudarla; y no fue menos sorprendido al ver ese espectáculo horrendo.

“Ah! Nunca he hecho?”, llorado. “Pero esos desgraciados me pagarán, e inmediatamente!”

Y sin poner tiempo a la mitad, tiró una jarra de agua en la nariz de su esposa, y así habiendo hacerlo volver en sí:

“Dame inmediatamente”, dicho, “mis botas de siete kilometros, porque quiero que alcancen”.

Y de ahí salió el campo abierto, y después de correr de aquí para allá, finalmente puesto en los combates de ruta para precisamente aquellos niños pobres, que eran tal vez dentro de una distancia de cien yardas de la casa de la familia.

Vieron el orco que pasó de montaña a montaña, cruzar ríos tan fácilmente como si fueran corrientes.

Vista Pulgar Poco tener una roca hueca, allí cerca del lugar donde se encontraban, no pudo ocultar los seis hermanos, y escondió demasiado, sin embargo, sin perder de vista todos los movimientos Orco.

El Ogro, que empezaba a sentirse terminado en la carretera (porque las botas de siete kilómetros son muy extenuante para el usuario), Pensó aliento ripigliar, y el cielo le quería ir precisamente a sentarse en la roca, donde los chicos estaban escondidos.

Y porque estaba muerto de cansancio, Después de permanecer dormido, y él hizo tanto ruido con los ronquidos, que los chicos pobres tenían el mismo temor cuando lo vio con el cuchillo en la mano, en el lugar para conseguir que la fiesta.

Pero Pulgarcito no era todo ese miedo, y él dijo a sus hermanos para escapar de la casa patas, mientras que el ogro dormía como un tronco; y no sentir pena por él.

No dijeron que lo hicieron dos veces, y en pocos minutos llegaron a casa.

El pulgar se acercó mientras tanto el ogro: Se quitó las botas adagino, y si ponerse.

Estas botas eran muy grandes y muy grandes, sino porque eran las hadas, tenido la virtud de aumentar y reducir, el partido de vuelta de los que los llevaba: por lo cual, Encajaban lo precisa, como si se hubieran hecho en su pie.

Se fue a la casa de la carrera dell'Orco, donde encontró a su esposa que llora a sus hijas asesinadas.

“Su marido”, dijo el Pulgarcito, “se encuentra en un gran peligro: ha caído en las manos de una banda de asesinos, que han jurado matarlo, si no les entregan todo su oro y su plata. Mientras estaban con la daga en la garganta, Lo vi, y él me pidió que viniera aquí para advertirle de su triste condición y para invitar a que me des todo lo que posee valiosa, sin nada ritenervi, debido a diferentes casos, lo matarán sin dejar rastro de la misericordia. Y puesto que el tiempo se acaba, él me quería llevar sus botas de siete kilometro, como se ve, y no sólo porque spicciassi, sino también para que pueda asegurarse de que no soy un tramposo.”

La buena mujer, todos asustados, Ella le dio todo lo que tenía; porque el Orco, después de todo, Él era un buen marido, aunque era amo los animales.

Puccettino, con la carga en él todas las riquezas del ogro, regresó a la casa de su padre, donde fue recibido con aplausos y gritos.

No es para otras personas que no creen que terminara así; y afirman que Pulgarcito no cometer este robo en perjuicio dell'Orco: y que simplemente no tuvo escrúpulos en busca de las botas de siete kilómetros, porque él lo utilizó sólo para perseguir a los chicos.

Tales como éstos aseguran que conocía la derecha verdad en el acto, Porque amaban a comer y beber en la casa del leñador.

Recomendar, por lo tanto,, que cuando Pulgarcito había puesto sus botas dell'Orco, fue a la Corte, donde estaban todos en gran pensamiento para el ejército, quien se encontraba en el país a una distancia de 200 kilometros, y el resultado de una fecha de la batalla de unos días por delante.

Pulgar el resultado de que fue a ver al rey y le dijo que si le gustaría poder traerlo de la noticia de que el ejército, antes de que el sol se pone. Y el rey le prometió una gran suma, si hubiera sido un largo.

Pulgarcito volvió la misma noticia colina noche del ejército; y esta primera carrera que poniendo buena vista, Obtuvo lo que quería; porque el rey le pagó generosamente, haciendo uso de él para llevar a cabo sus órdenes en el campo; y un sinnúmero de damas le dio lo que pedía, para sus nuevos amantes; y este aumento fue el más contundente de todos los demás. Había también algunas mujeres que le dieron cartas para sus maridos; ma este pagavano gomiti coi, y el beneficio fue tan malo, que ni siquiera se dignó a anotar en el libro de los beneficios pequeños útiles que fueron recibidos por él para este título.

Después de hacer el trabajo por algún tiempo courier, y han amasado una gran fortuna, regresó a la casa de su padre, donde no se puede imaginar el partido que hizo él para ver entre ellos.

Puso a su familia en la comodidad; degl'impieghi comprado, recién fundada, de su padre y sus hermanos,: Formó en absoluto un estado conveniente; y se mantuvo un pedazo de tiempo, mucho que ver con las damas Beau.

 

La historia de este pequeño héroe, lo que los franceses llaman Tom Thumb, porque era sólo tan grande como el pulgar, tal vez se ha inventado a propósito para dar una razón y autoridad en el antiguo proverbio que dice: “Los hombres no se miden en barriles!”.

 

 

 

Pala asino

 

C’era una voIta un Re così potente, così ben voluto dasuoi popoli e così rispettato dai suoi vicini e alleati, che poteva dirsi il più felice di tutti i monarchi della terra.

Fra le sue tante fortune, c’era anche quella di avere scelta per compagna una Principessa, bella quanto virtuosa: e questi avventurati sposi vivevano come due anime in un nocciolo.

Dal loro casto imeneo era nata una figlia, ornata di tutte le grazie e di tutte le attrattive, a segno tale da non far loro desiderare una figliuolanza più numerosa.

Il lusso, l’abbondanza, il buon gusto regnavano nel loro palazzo: i ministri erano saggi e capaci: i cortigiani virtuosi e affezionati: i domestici fidati e laboriosi: le scuderie vaste e piene depiù bei cavalli del mondo, tutti coperti di magnifiche gualdrappe.

Ma la cosa che faceva maggiormente stupire i forestieri, che venivano a visitare quelle belle scuderie, era che nel bel mezzo di esse e nel luogo più vistoso, un signor Somaro faceva sfoggio delle sue grandi e lunghe orecchie.

Né si può dire che questo fosse un capriccio; se il Re gli aveva assegnato un posto particolare e quasi d’onore, c’era la sua ragione. Perché bisogna sapere che questo raro animale meritava davvero ogni riguardo, a motivo che la natura lo aveva formato in un modo così straordinario e singolare, che tutte le mattine la sua lettiera, invece di essere sporca, era ricoperta a profusione di bellissimi zecchini e napoleoni d’oro, che venivano raccattati, appena egli si svegliava.

Ma siccome le disgrazie sono tegoli che cascano sul capo dei Re come su quello dei sudditi, e non c’è allegrezza senza che ci sia mescolato qualche dispiacere, così accadde che la Regina fu colta all’improvviso da una fiera malattia, per la quale né la scienza né i medici sapevano suggerire rimedio di sorta. La desolazione era al colmo.

Il Re, tenero di cuore e innamoratissimo, a dispetto del proverbio che diceIl matrimonio è la tomba dell’amore”, si dava alla disperazione e faceva voti ardentissimi a tutte le divinità del regno, e offriva la sua vita per quella di una sposa così adorata: ma gli Dei e le fate erano sordi a ogni preghiera.

Intanto la Regina, sentendo avvicinarsi l’ultim’ora, disse al suo sposo, il quale struggevasi in pianto:

Prima di morire, non vi abbiate a male se esigo da voi una cosa; ed è, che nel caso vi venisse voglia di rimaritarvi…”.

A queste parole il Re dette in urli da straziare il cuore. Prese le mani di sua moglie e le bagnò di pianto, giurando che era un di più venirgli a parlare di un altro matrimonio.

“No, no, mia cara Regina”, egli gridava, “ditemi piuttosto che io debbo seguirvi!”

Lo Stato”, ripigliò la Regina con una tranquillità imperturbabile, che accresceva gli spasimi e le torture del Re, “lo Stato ha ragione di pretendere da voi dei successori; e vedendo che io ho dato solamente una figlia, vorrà da voi dei figli che vi somiglino: ma io, con tutte le forze dell’anima e per tutto il bene che mi avete voluto, vi domando di non cedere alle insistenze devostri popoli, se non quando avrete trovato una Principessa più bella e fatta meglio di me. Giuratemelo, e morirò contenta.

Alcuni credono che la Regina, la quale non mancava di una certa dose di amor proprio, volesse per forza questo giuramento, perché, persuasa com’era che nel mondo non ci fosse altra donna da starle a fronte per bellezza, veniva così ad assicurarsi che il Re non si sarebbe mai riammogliato.

Finalmente ella morì, né ci fu marito che facesse mai tanto fracasso. Piangeva come una vite tagliata, singhiozzava giorno e notte, e non aveva altro pensiero, che quello di adempiere a tutto il cerimoniale e a tutte le seccature del vedovile.

Ma i grandi dolori non durano.

Por otra parte, i maggiorenti dello Stato si riunirono, e presentatisi in deputazione al Re, si fecero a domandargli che riprendesse moglie.

Questa proposta gli parve dura, e fu cagione di nuovi piagnistei. Messe di mezzo il giuramento fatto alla Regina e sfidò tutti i suoi consiglieri a trovargli una mogile più bella e fatta meglio della sua sposa buon’anima; persuaso che sarebbe stato impossibile.

Ma il Consiglio chiamò ragazzate simili giuramenti, e soggiunse che la bellezza importava fino ad un certo segno, purché la regina fosse virtuosa e buona da far figliuoli: che per la quiete e la tranquillità dello Stato ci volevano dei Principi ereditarii: que, senza ombra di dubbio, l’infanta aveva tutte le doti volute per diventare una gran Regina, ma bisognava darle per isposo un forestiero: e in questo caso, o il forestiero l’avrebbe menata a casa sua, o, regnando con essa, i loro figli non sarebbero stati considerati dello stesso sangue: e finalmente, che non avendo egli nessun figlio maschio che portasse il suo nome, i popoli vicini avrebbero potuto far nascere delle guerre da condurre lo Stato in rovina.

Il Re, toccato da queste considerazioni, dette parola che avrebbe pensato a contentarli. Cercò difatti fra le Principesse da marito quella che sarebbe stata più adatta per lui. Ogni giorno gli portavano a vedere dei bellissimi ritratti: ma non ce n’era neppur una che avesse le grazie della defunta Regina. E così non si decideva mai.

Quand’ecco che per sua gran disgrazia, sebbene fosse stato fin allora un uomo pien di giudizio, tutto a un tratto dette volta al cervello, e cominciò a pigliare la fissazione di credere che l’infanta sua figlia vincesse di gran lunga in grazia e in bellezza la Regina madre, e fece intendere che era deciso a volerla sposare, perché ella sola poteva scioglierlo dalla fatta promessa.

A questa brutale proposizione, la giovane Principessa, un fior di virtù e di pudore, ci corse poco non cadesse in terra svenuta. Si gettò ai piedi del Re suo padre, e lo scongiurò, con tutte le forze dell’anima, a non costringerla a commettere un tal delitto.

Ma il Re, che si era fitto in testa questa strana idea, volle consultare un vecchio druido, per acquietare la coscienza della giovane Principessa. Il druido, che sapeva più d’ambizioso che di santo, non badò a sacrificare l’innocenza e la virtù, per la boria di diventare il confidente di un gran Re, e trovò il modo di insinuarsi con tanto garbo nell’animo di lui, e gli abbellì talmente il delitto che stava per commettere, che lo persuase perfino che lo sposare la propria figlia era un’opera meritoria.

Il Re, messo su dai discorsi dello scellerato, lo abbracciò, e si partì da lui più incaponito che mai nella sua idea, e ordinò all’infanta di prepararsi a ubbidire.

La giovane Principessa straziata da un acerbo dolore, non vide altro scampo che andare a casa della sua comare, la fata Lilla. Per cui partì la sera stessa in un grazioso calessino, tirato da un grosso montone che conosceva tutte le strade, e arrivò felicemente.

La fata, che voleva molto bene all’infanta, le disse che aveva saputo ogni cosa, ma che non se ne desse alcun pensiero, perché non poteva accaderle nulla di male, solo che avesse dato retta fedelmente alle sue prescrizioni.

“Porqué Es Eso, Mi querida hija”, dijo, “sarebbe un grande sproposito lo sposare vostro padre: e voi, senza contradirlo, potete tirarvene fuori: ditegli, che per contentare un vostro capriccio, bisogna che egli vi regali un vestito color dell’aria. Con tutta la sua potenza non sarà mai capace di tanto.

La Principessa ringraziò senza fine la comare, e la mattina dopo ripeté al Re, suo padre, quello che la fata le aveva consigliato, dichiarando che senza il vestito color dell’aria, ella non avrebbe mai acconsentito a nulla.

Il Re, tutto contento per la speranza avuta, radunò gli operai più famosi e ordinò loro questa stoffa, sotto pena che, se non ci fossero riusciti, li avrebbe fatti tutti impiccare dal primo all’ultimo. Ma non ebbe il dispiacere di venire a questi estremi. Il giorno dopo gli portarono il vestito tanto desiderato: e il cielo quando è sparso di nuvole d’oro non ha un colore più bello di quello che aveva questa stoffa, quando venne spiegata.

L’infanta ne rimase afflittissima e non sapeva come uscire da quest’impiccio. Il Re pigiava per venire a una conclusione. Bisognò tornare un’altra volta dalla comare, la quale stupita che il suo ripiego non avesse fatto l’effetto, le suggerì di provarsi a chiedere un altro vestito color della luna.

Il Re, che non sapeva ricusarle nulla, mandò fuori in cerca di operai più capaci, e ordinò loro un vestito color della luna, e con tanta premura di averlo subito, che fra l’ordinarlo e il riportarlo bell’e fatto, non ci corsero ventiquattr’ore.

L’infanta, invaghita in quel primo momento più del magnifico vestito che di tutte le attenzioni di suo padre, se ne afflisse poi oltremisura, appena si trovò insieme colle sue donne e colla sua nutrice.

La fata Lilla, che sapeva tutto, venne in aiuto alla sconsolata Principessa, y él le dijo:

O io non ne azzecco più una, oppure ho ragione di credere che se ora gli chiedeste un vestito color del sole, si sarebbe trovato il verso di disgustare il Re, vostro padre; perché è impossibile che si possa giungere a fabbricare una simile stoffa. Male male che la vada, guadagneremo sempre del tempo”.

L’infanta se ne persuase, e chiese il vestito. Il Re, tutto amore per lei, diede senza rincrescimento tutti i diamanti e i rubini della sua corona, con ordine di non risparmiare alcuna cosa perché questa stoffa riuscisse compagna al sole: tanto che quando fu messa in mostra, tutti quelli che la videro, furono costretti a chiuder gli occhi per il gran bagliore. Si vuole anzi che incominci da quel tempo l’uso degli occhiali verdi e delle lenti affumicate.

Figuratevi un pocome rimase l’infanta a quella vista. Cosa più bella e più artisticamente lavorata non s’era veduta mai. Ella restò confusa, e col pretesto che le faceva male agli occhi, si ritirò nella sua camera, dove la fata l’aspettava col rossore della vergogna fino alla punta dei capelli. E lì accadde di peggio; perché la fata, vedendo il vestito color del sole, diventò paonazza dal gran dispetto.

“¡Ay, questa volta poi, figlia cara”, diss’ella all’infanta, “metteremo l’indegno amore di vostro padre a una prova terribile. Sia pure che egli abbia fissato davvero il chiodo in questo matrimonio, che si figura assai vicino: ma io son sicura che rimarrà molto sbalestrato dalla domanda che vi consiglio di fargli. Si tratta della pelle di quell’asino, al quale egli vuole un gran bene perché provvede con tanta larghezza a tutte le spese della sua Corte. ir, e ditegli che desiderate quella pelle.

L’infanta, tutt’allegra di aver trovato un altro scappavia per mandare a monte un matrimonio che detestava, e colla speranza sicura che il padre suo non avrebbe mai acconsentito a sacrificare l’asino del suo cuore, andò da lui e gli disse chiaro e tondo che voleva la pelle di quel bell’animale.

Sebbene il Re rimanesse molto sconcertato per questo capriccio, non esitò a contentarla. Il povero asino fu sacrificato e la sua pelle venne presentata con molta galanteria all’infanta, que, non vedendo più alcun mezzo per sottrarsi alla sua disgrazia, stava per perdersi d’animo e darsi alla disperazione; quando ecco che sopraggiunse la fata:

“Qué estás haciendo, mi hija”, diss’ella vedendo la Principessa che si strappava i capelli e si graffiava il bel viso; “questo è il momento più fortunato della vostra vita. Avvolgetevi in codesta pelle, uscite dal palazzo e camminate finché troverete terra sotto i piedi. Quando si sacrifica tutto alla virtù, gli Dei sanno ricompensare. ir; sarà mia cura che le vostre robe vi seguano dappertutto; in qualunque luogo, dove vi fermerete, la cassetta devostri vestiti e delle vostre gioie vi sarà venuta dietro sotto terra: eccovi la mia bacchetta: ve la regalo, e battendola in terra tutte le volte che avrete bisogno della vostra cassetta, la cassetta apparirà dinanzi ai vostri occhi. Ma spicciatevi a partire, e non più indugi”.

L’infanta abbracciò mille volte la sua comare, pregandola di non abbandonarla mai; si messe addosso quella brutta pelle, e dopo essersi insudiciato il viso di fuliggine, uscì da quel magnifico palazzo, senza che nessuno la riconoscesse.

La sparizione dell’infanta fece un gran chiasso.

Il Re, che aveva fatto preparare una magnifica festa, era disperato e non sapeva darsene pace. Diè ordine che partissero più di cento giandarmi e più di mille moschettieri in cerca della figlia: ma la fata, che la proteggeva, la rendeva invisibile agli occhi di tutti; e così bisognò farsene una ragione.

L’infanta intanto comminava giorno e notte. Essa andò lontano, e poi più lontano, e sempre più lontano, e cercava dappertutto un posto da impiegarsi; ma sebbene per carità le dessero un boccone, nessuno voleva saperne di lei, a cagione di vederla tanto sudicia.

Giunse finalmente a una bella città, dove vicino alla porta c’era una fattoria: e la fattoressa aveva appunto bisogno di una donna da strapazzo per lavare i cenci e per tenere puliti i tacchini e lo stallino dei maiali. Vedendo questa zingara così sudicia, le propose di entrare al suo servizio: e l’infanta accettò di gran cuore, stanca com’era di aver fatto tanto paese.

Fu messa in un canto della cucina, dove sui primi giorni ebbe a patire gli scherzi triviali del basso servidorame, tanto la sua pelle d’asino la rendeva sporca e nauseante.

Alla fine ci fecero l’occhio, e perché ella si mostrava molto precisa nelle faccende che doveva fare, la fattoressa la prese nelle sue buone grazie.

Menava le pecore all’erba, y, alla sua ora, le rimetteva dentro: e guardava anche i tacchini, e lo faceva con tanta intelligenza, che pareva non avesse fatto altro mestiere in vita sua: ogni cosa fioriva e prosperava fra le sue mani.

Un día, mentre stava seduta presso una fontana d’acqua limpidissima, dove veniva spesso a piangere la sua misera sorte, le saltò in capo di specchiarvisi dentro, e l’orribile pelle d’asino, che le serviva da cappello e da vestito, la spaventò.

Vergognandosi di trovarsi in quello stato, si lavò ben bene il viso e le mani, che diventarono bianche più dell’avorio, e il suo bel carnato riprese la freschezza di prima.

Il piacere di vedersi così bella le fece entrar la voglia di bagnarsi, e si bagnò: ma dopo, per tornare alla fattoria, le convenne rimettersi addosso la solita pellaccia.

Per buona fortuna l’indomani era giorno di festa; per cui ebbe tutto il comodo di fare apparire la sua cassetta, di accomodarsi e di pettinarsi perbene, di dare la cipria ai suoi bei capelli e di mettersi il suo bel vestito color dellaria. La sua camera era così piccina, che non c’entrava nemmeno tutto lo strascico della sottana.

La bella Principessa si mirò e si ammirò da se stessa, e con molto piacere; más bien, con tanto piacere, che decise da quel momento in poi di mettersi nelle feste e per le domeniche, a uno per volta, tutti i suoi bei vestiti, non foss’altro per darsi un podi svago. E mantenne puntualmente la presa risoluzione.

Ella intrecciava dei fiori e dei diamanti fra i suoi bei capelli, con un’arte ammirabile: e spesso sospirava, mortificata di non avere per testimoni, se non le sue pecore e i suoi tacchini, che le volevano lo stesso bene, anche a vederla vestita di quella orribile pelle d’asino, che le aveva dato il brutto soprannome, fra la gente di fattoria.

Un giorno di festa, in cui Pelle d’Asino s’era messa il suo vestito color del sole, il figlio del Re, al quale apparteneva la fattoria, ritornando dalla caccia, vi si fermò per prendere un podi riposo.

Quel Principe era giovane, bello, fatto a pennello della persona, l’occhio diritto di suo padre, l’amore della Regina sua madre, l’idolo di tutti i suoi popoli. Venne offerta al Principe una merenda campestre, che egli accettò: e dopo si messe a girare per i cortili e per tutti i ripostigli.

E nel girandolare di qua e di là, entrò in un andito scuro, in fondo al quale vide una porta chiusa. La curiosità gli fece metter l’occhio al buco della serratura. Ma immaginatevi come restò, quando vide la Principessa così bella e così riccamente vestita! Al suo aspetto nobile e modesto, la prese per una Dea. La foga della passione, che provò in quell’istante, fu così forte, che avrebbe dicerto sfondata la porta, se non l’avesse trattenuto il rispetto che gl’ispirava quell’angiolo di donna.

Se ne venne via a gran passi per quell’andito oscuro e tetro, ma lo fece per andar subito ad informarsi chi era la persona che stava in quella piccola cameruccia. Gli risposero che era una servaccia, chiamata Pelle d’Asino, a motivo della pelle colla quale si vestiva, e che era tutt’unta e bisunta da fare schifo a guardarla e a parlarci, e che l’avevano presa proprio per compassione per mandarla dietro ai montoni e ai tacchini.

El Príncipe, poco soddisfatto di questo schiarimento, s’accorse subito che quella gente ordinaria non ne sapeva di più, e che era fiato buttato via stare a interrogarla. Se ne tornò al palazzo di suo padre, innamorato da non potersi dir quanto, e coll’immagine fissa dinanzi agli occhi, di quella creatura divina che aveva veduto dal buco della serratura. Egli si pentiva di non aver picchiato alla porta: ma fece giuro che un’altra volta non gli sarebbe più accaduto.

Intanto il gran subbuglio del sangue cagionato dall’amore, gli messe addosso nella nottata un febbrone da cavalli, che in poche ore lo ridusse al lumicino.

La Regina sua madre, che non aveva altri figliuoli che quello, si dava alla disperazione, vedendo tornare inutili tutti i rimedi: e invano prometteva ai medici grandi ricompense: essi adoperavano tutta la loro arte, ma non bastava a guarire il Principe.

Alla fine indovinarono che questa gran malattia derivava da qualche passione segreta, e ne avvertirono la Regina; que, tutta tenerezza per il suo figlio, venne a scongiurarlo di palesare la cagione del suo male, col dire che quand’anche si fosse trattato di cedergli la corona, il Re suo padre sarebbe sceso dal trono senza rammarico, pur di vederlo contento; e che se egli avesse desiderato in moglie una Principessa, avrebbe fatto qualunque sacrificio perché la potesse avere, anche se fossero stati in guerra col padre di essa e che ci fossero giusti motivi di rancore; ma che per carità lo scongiuravano a non lasciarsi morire perché dalla vita sua dipendeva la loro.

La Regina desolata non poté finire questo discorso commovente senza bagnare il viso del Principe con un diluvio di lacrime.

“Señora”, prese a dire il Principe con un fil di voce, “io non sono un figlio tanto snaturato da desiderare la corona del padre mio: Dio voglia che egli campi ancora cent’anni, e che io possa essere il più fedele e il più rispettoso dei suoi sudditi! In quanto alla Principessa che mi offrite, non ho pensato ancora ad ammogliarmi: ma quando fosse, potete ben credere che, sommesso come sono, farei sempre la vostra volontà, qualunque cosa me ne dovesse costare.

“Ah! figlio mio”, riprese la Regina, “nessuna cosa ci parrà grave, pur di salvarti la vita: pero, mio caro figlio, salva la vita mia e quella del padre tuo, facendoci conoscere il tuo desiderio, e stai sicuro che sarai contentato.

“Bueno, dama”, disse egli, “poiché volete per forza che vi manifesti il mio desiderio, vi obbedirò; tanto più che mi parrebbe un delitto di mettere in pericolo la vita di due esseri, che mi sono carissimi. Bueno, madre mia, io desidero che Pelle d’Asino mi faccia un piatto dolce: e quando sarà fatto, che mi sia portato qui.

El Regina, sentendo un nome così bizzarro, domandò chi fosse questa Pelle d’Asino.

“Señora”, rispose uno desuoi ufficiali, che per caso l’aveva veduta, “è la bestia più brutta, dopo il lupo: un muso tinto, un sudiciume che abita nella vostra fattoria e che custodisce i tacchini.

Questo non vuol dir nulla”, disse la Regina, “forse il mio figlio, tornando da caccia, avrà mangiato della sua pasticceria: sarà un capriccio da malati: ma infine io voglio che Pelle d’Asino (poiché questa Pelle dAsino esiste) gli faccia subito un pasticcio.

Si mandò alla fattoria e fu fatta venire Pelle d’Asino, per ordinarle un pasticcio per il Principe, e perché ci mettesse tutta la sua bravura.

Alcuni scrittori pretendono che proprio in quel punto, in cui il Principe pose l’occhio al buco della serratura, gli occhi di Pelle d’Asino se ne avvidero; e che dopo, affacciatasi alla sua finestrina, e visto questo Principe così giovane, così bello, e così ben formato, ne avesse serbata l’immagine scolpita nel cuore, e che spesso e volentieri questo ricordo le fosse costato qualche grosso sospiro!

Fatto sta che Pelle d’Asino, o l’avesse voluto, o avesse solamente sentito dire un gran bene di lui, era tutta contenta di aver trovata la via per farsi conoscere. Si chiuse nella sua cameretta: gettò in un canto quella pellaccia sudicia, si lavò ben bene il viso e le mani, ravviò i suoi biondi capelli, s’infilò una bella vitina di argento luccicante e una sottana della stessa roba, e si messe a fare il pasticcio tanto desiderato. Prese del fior di farina, delle uova e del burro freschissimo. E mentre lavorava a impastarlo, fosse caso o altro, un anello che aveva in dito le cascò nella pasta e vi rimase dentro. Appena il pasticcio fu cotto, si rimesse addosso la sua orribile Pelle dAsino e consegnò il pasticcio all’ufficiale, al quale chiese le nuove del Principe: ma questi non si degnò nemmeno di rispondere, e corse subito dal Principe col pasticcio.

Il Principe glielo prese avidamente dalle mani e lo mangiò con tanta voracità, che i medici, lì presenti, dissero subito che questa fame da lupi non era punto un buon segno.

Difatti ci corse poco che il Principe non rimanesse strozzato dall’anello, che trovò in una fetta del pasticcio: ma gli riuscì di cavarselo di bocca con molta destrezza, e così rallentò un poco anche la furia del mangiare, esaminando il bellissimo smeraldo incastonato in un cerchietto d’oro, il quale era così tanto stretto, che egli giudicò non potesse star bene altro che al ditino più grazioso e più affascinante del mondo.

Baciò mille volte l’anello, lo messe sotto il capezzale, e ogni tantino, quando credeva di non esser visto da nessuno, lo tirava fuori per guardarlo. Non si può dire quanto si tormentasse il cervello per immaginare il modo di arrivare a conoscere colei, alla quale questo anello andasse bene. Non osava sperare che se egli avesse domandato di Pelle d’Asino, di quella cioè che gli aveva fatto il pasticcio da lui richiesto, gliel’avrebbero fatta venire; e non aveva neppure il coraggio di palesare ad anima viva ciò che aveva veduto dal buco della serratura, per paura che lo canzonassero e lo pigliassero per un visionario. Il fatto egli è che tutti questi pensieri lo tormentarono tanto e poi tanto, che gli si riprese una grossa febbre: e i medici, non sapendo più che cosa dire, dichiararono alla Regina che il suo figliuolo era malato di amore. La Regina andò subito dal figlio, insieme col Re, che non sapeva darsi pace.

“Hijo, mio caro figlio”, dijo el rey, addoloratissimo, “palesa pure il nome di quella che tu vuoi, ché noi facciamo giuro di dartela, foss’anche la più vile fra tutte le schiave della terra.

El Regina, abbracciandolo, gli ripeté il giuro del Re. El Príncipe, intenerito dai pianti e dalle carezze degli autori desuoi giorni:

Padre mio e madre mia”, disse loro, “io non penso punto a stringere un legame, che possa farvi dispiacere, e la prova, che dico il vero”, soggiunse cavando lo smeraldo di sotto il capezzale, “è questa, che io sposerò la donna a cui quest’anello potrà entrare in dito, chiunque ella sia; né c’è da sospettare che quella che avrà un ditino così grazioso e sottile possa essere una marrana o una contadina”.

Il Re e la Regina presero in mano l’anello, lo esaminarono con molta curiosità, e finirono col dire come diceva il Principe, a saber, che non poteva andar bene, se non a una fanciulla di buona famiglia. Entonces el Rey, abbracciato il Principe e scongiuratolo di guarire, uscì di camera e fece dare nei tamburi, nei pifferi e nelle trombe per tutta la città e bandire col mezzo dei suoi araldi che non c’era da far altro che venire al palazzo per provarsi un anello, e che quella a cui sarebbe tornato preciso, avrebbe sposato l’erede al trono.

Prima arrivarono le Principesse: poi le Duchesse, le Marchese e le Baronesse; ma ebbero tutte un bell’assottigliarsi le dita: non ce ne fu una che potesse infilarsi l’anello. Convenne scendere alle modistine, le quali, sebbene graziose, avevano i diti troppo grossi. Il Principe che cominciava a star meglio, faceva da se stesso la prova. Si venne finalmente alle cameriere; e anche queste fecero la figura di tutte le altre. Non c’era più nessuna donna che non si fosse provata invano a mettersi l’anello, allorché il Principe volle che venissero le cuoche, le sguattere e le pecoraie: e tutte gli furono menate dinanzi; ma i loro ditoni grossi e tozzi non poterono passare nell’anello, al di là dell’ugna.

È stata fatta venire quella Pelle d’Asino che, giorni addietro, mi fece un dolce?”, domandò il Principe.

Tutti si messero a ridere e risposero di no, perché era troppo sudicia e da far schifo.

Cercatela subito”, dijo el rey, “non sarà detto mai che io abbia fatta una sola eccezione.

Ridendo e burlando, corsero in cerca della tacchinaia.

L’infanta, che aveva sentito i tamburi e il bando degli araldi d’arme, s’era già figurata che il suo anello fosse la causa di tutto questo diavoleto; essa amava il Principe, e perché il vero amore è timido e modesto, così stava sempre colla paura che qualche dama non avesse un ditino piccolo come il suo, per cui fu per lei una grande allegrezza quando vennero a cercarla e a battere alla sua porta.

Fin dal momento che ella era venuta a sapere che si cercava un dito, al quale andasse bene il suo anello, una vaga speranza l’aveva consigliata a pettinarsi con più amore del solito e a mettersi il suo bel busto d’argento, con la sottana tutta gale e ricami d’argento e seminata di smeraldi. Appena sentì bussare alla porta e chiamarsi per andare dal Re, lesta come un baleno si rimise la sua pelle d’asino e aprì. Gli uomini di corte, pigliandola in canzonatura, le dissero che il Re la cercava, per farle sposare suo figlio; quindi in mezzo alle più matte risate, la condussero dal Principe: il quale, stupefatto anch’esso dallo strano abbigliamento della fanciulla, non voleva credere che fosse quella medesima che aveva veduto coi propri occhi, così sfolgorante e così bella!

Tristo e confuso di aver preso questo granchio a secco madornale:

“Siete voi”, le domandò, “che abitate in fondo di quel corridoio oscuro, nel terzo cortile della fattoria?”.

Sissignore!”, respuesta.

Fatemi vedere la vostra mano”, disse egli tremando e con un grosso sospiro.

Indovinate ora voi chi rimase più meravigliato di tutti? Fu il Re e la Regina, furono tutti i ciamberlani e i grandi della Corte, quando videro uscir fuori di sotto a quella pelle nera e bisunta, una manina delicata, bianca e color di rosa, dove l’anello senza molta fatica poté infilarsi nel più bel ditino del mondo; quindi per un leggero movimento fatto dall’infanta, la pelle cadde, ed ella apparve di una bellezza così abbagliante, que el príncipe, sebbene ancora molto debole, si gettò ai suoi piedi e l’abbracciò con tanto ardore, che la fece arrossire; ma nessuno quasi se ne accorse, perché il Re e la Regina vennero ad abbracciarla anch’essi con grandissima tenerezza, e le chiesero se fosse contenta di sposare il loro figliuolo.

La Principessa, confusa da tante carezze e dall’amore che le dimostrava questo bel Principe, stava per ringraziare, quand’ecco che il soffitto della sala si aprì, e la fata Lilla, calandosi dentro a un carro intrecciato coi rami e coi fiori del suo nome, raccontò con una grazia infinita tutta l’istoria dell’infanta. Il Re e la Regina lietissimi di sapere che Pelle d’Asino era una gran Principessa, raddoppiarono le attenzioni, ma il Principe si mostrò sempre più sensibile alle virtù della Principessa, e il suo amore si accrebbe per tutte le cose che aveva sentito dire.

La sua impazienza di sposare la Principessa era così forte, che non le lasciò nemmeno il tempo di fare i preparativi convenienti per questo augusto imeneo.

Il Re e la Regina, innamorati della loro nuora, le facevano mille carezze e la tenevano sempre stretta fra le loro braccia. Ella aveva dichiarato che non poteva sposare il Principe senza il consenso del Re suo padre; per cui egli fu il primo ad essere invitato, senza dirgli per altro il nome della sposa: la fata Lilla che, Com'è naturale, era quella che regolava ogni cosa, aveva voluto così, per evitare tutte le conseguenze.

Arrivarono Principi e Re da tutti i paesi; chi in portantina, chi in calesse; i più lontani vennero a cavallo sopra elefanti, sopra tigri e sopra aquile; ma il più magnifico e il più potente di tutti fu il padre dell’infanta, il quale, para la buena suerte, aveva dimenticato il suo amore stranissimo e aveva sposato una Regina, vedova e molto bella.

L’infanta andò a incontrarlo; ed egli la riconobbe subito e l’abbracciò con gran tenerezza, prima che ella avesse il tempo di gettarsi ai suoi piedi. Il Re e la Regina gli presentarono il loro figlio, al quale egli fece un sacco di garbatezze. Le nozze furono celebrate con uno scialo da non potersi descrivere. I giovani sposi, poco curanti di tutte queste magnificenze, non vedevano e non pensavano altro che a se stessi.

Il Re, padre del Principe, fece incoronare suo figlio lo stesso giorno, e baciandogli la mano, lo collocò sul trono, malgrado la resistenza opposta da questo buonissimo figliuolo: ma bisognò ubbidire. Le feste di questi illustri sponsali durarono più di tre mesi; ma l’amore dei giovani sposi durerebbe anch’oggi, tanto si volevano bene, se non fossero morti cent’anni dopo.

 

La storia di Pelle d’Asino è un podifficile a pigliarla per vera; ma finché nel mondo ci saranno nonne, mamme e ragazzi, se la ricorderanno tutti con piacere.

 

 

 

Le Fate

 

Había una vez una viuda que tenía dos hijas. El mayor miró al otro lado de su madre, sin rasgos y carácter, y los que la vio, Vio a su madre, como tal. Tutte e due erano tanto antipatiche e così gonfie di superbia, che nessuno le voleva avvicinare. Viverci insieme poi, era impossibile addirittura. La più giovane invece, per la dolcezza dei modi e per la bontà del cuore, era tutta il ritratto del suo babboe tanto bella poi, tanto bella, che non si sarebbe trovata l’eguale. E naturalmente, poiché ogni simile ama il suo simile, quella madre andava pazza per la figliuola maggiore; e sentiva per quell’altra un’avversione, una ripugnanza spaventevole. La faceva mangiare in cucina, e tutte le fatiche e i servizi di casa toccavano a lei.

Fra le altre cose, bisognava che quella povera ragazza andasse due volte al giorno ad attingere acqua a una fontana distante più d’un miglio e mezzo, e ne riportasse una brocca piena.

Un día, mentre stava appunto lì alla fonte, le apparve accanto una povera vecchia che la pregò in carità di darle da bere.

Ma volentieri, nonnina mia…” rispose la bella fanciullaaspettate; vi sciacquo la brocca…”

E subito dette alla mezzina una bella risciacquata, la riempì di acqua fresca, e gliela presentò sostenendola in alto con le sue proprie mani, por lo que la anciana bebió con toda su cómoda.

Después de haber bebido, dijo la abuela:

“Eres tan hermosa, ¿Qué tan bueno y cómo su curso, mi hija, Yo no puedo evitar dejar un regalo”.

Esa fue una de hadas, que había tomado la forma de un país pobre viejo para ver hasta qué punto la bondad de la joven. Continuó:

“Te doy para el regalo que a cada palabra que has de salir de la boca o una flor o una piedra preciosa”.

La ragazza arrivò a casa con la brocca piena, qualche minuto più tardi; la mamma le fece un baccano del diavolo per quel piccolo ritardo.

“Mamá, tener paciencia, Le pido perdón…”, Dijo que su hija todos los humildes, y mientras hablaba de su boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

“Pero ¿qué puede ser!…”, Ella exclamó la madre asombrada, “error o escupes perlas y diamantes!… A May Come, mi hija?…”

Fue la primera vez en su vida que la llamada, y el tono cariñoso. La chica dijo ingenuamente lo que había sucedido en la fuente; y durante la historia, imaginar rubíes y topacios que ya caían de la boca!

“¡Ay, que la fortuna…”, disse la madre, “debe enviar de inmediato este otro. Senti, Cecchina, mira lo que sale de la boca de tu hermana cuando habla. ¿Te gustaría tener para usted el mismo regalo?… Sólo que usted va a la fuente; y si una vieja pregunta que usted beba, darle a él de una buena manera.”

“Y Dios no lo quiera!…”, Respondió a los descuidados. “Ir a la fuente ahora!”

“Te digo que ir… e inmediatamente”, Ella gritó la madre.

Brontolo, Brontolo; pero de mala gana tomó el camino de tomar con ella el mejor frasco de plata que había en la casa. Altivez, cápita, e l’infingardaggine!… Appena arrivata alla fonte, eccoti apparire una gran signora vestita magnificamente, che le chiede un sorso d’acqua. Era la medesima Fata apparsa poco prima a quell’altra sorella; ma aveva preso l’aspetto e il vestiario di una principessa, per vedere fino a quale punto giungeva la malcreanza di quella pettegola.

O sta’ para ver…”, rispose la superba, “che son venuta qui per dar da bere a voi!… Sicuro!… per abbeverare vostra Signora, non per altro!… Guardate, se avete sete, la fonte eccola lì.

Avete poca educazione, ragazza…”, rispose la Fata senza adirarsi punto, “e giacché siete così sgarbata, vi do per dono che ad ogni parola pronunziata da voi vi esca di bocca un rospo o una serpe.

Appena la mammina la vide tornare da lontano, le gridò a piena gola:

“por lo tanto, Cecchina, com’è andata?”.

Non mi seccate, mamá!…”, replicò la monella; e sputò due vipere e due rospacci.

O Dio!… che vedo!…”, esclamò la madre. “La colpa deve essere tutta di tua sorella, ma me la pagherà…”

E si mosse per picchiarla. Quella povera figliuola fuggì via di rincorsa e andò a rifugiarsi nella foresta vicina.

Il figliuolo del Re che ritornava da caccia la incontrò per un viottolo, e vedendola così bella, le domandò che cosa faceva in quel luogo sola sola, e perché piangeva tanto.

La mamma…”, disse lei, “m’ha mandato via di casa e mi voleva picchiare…”

Il figliuolo del Re, che vide uscire da quella bocchina cinque o sei perle e altrettanti brillanti, la pregò di raccontare come mai era possibile una cosa tanto meravigliosa. E la ragazza raccontò per filo e per segno tutto quello che le era accaduto.

Il Principe reale se ne innamorò subito e considerando che il dono della Fata valeva più di qualunque grossa dote che potesse avere un’altra donna, la condusse senz’altro al palazzo del Re suo padre e se la sposò.

Quell’altra sorella frattanto si fece talmente odiare da tutti, che sua madre stessa la cacciò via di casa; e la disgraziata dopo aver corso invano cercando chi acconsentisse a riceverla andò a morire sul confine del bosco.

 

MORALE

 

Gli smeraldi, le perle, ed i diamanti

Abbaglian gli occhi col vivo splendore;

Ma le dolci parole e i dolci pianti

Hanno spesso più forza e più valore.

 

ALTRA MORALE

 

La cortesia che le bell’alme accende,

Costa talora acerbi affanni e pene;

Ma presto o tardi la virtù risplende,

E quando men ci pensa il premio ottiene.

 

 

 

Caperucita Roja

 

Érase una vez en un pueblo a una niña, el más bonito que jamás podría ver. La sua mamma n'era matta, y su abuela también smarten.

Esta buena mujer que su madre le había hecho hacer una caperucita roja, que volvieron tan bien en la cara, quien llamó a todas partes Caperucita Roja.

Un día su madre, habiendo excavado fuera del horno unos cuantos stiacciate, le estas:

“Will’ un po’ y ver cómo su abuela, porque me dijeron que era un poco’ incomodata: y mientras tanto este natillas portal y este tarrito de mantequilla”.

Caperucita Roja, no tiene que decir dos veces, Dejó de ir a su abuela, que vivía en otro pueblo. Y él está pasando por un bosque se encontró con que la buena Lobo lana, que habría tenido un gran deseo de comer su; pero luego no se atrevió a hacerlo, debido a algunos leñadores que estaban allí en el bosque.

Él le preguntó a dónde iba.

El pobre niño, que no sabía lo peligroso que es dejar de escuchar a Wolf, Dijo:

“Voy a ver a mi abuela y la llevaré un flan, con este tarrito de mantequilla, que envía a mi mamá”.

“Es muy lejos de aquí?”, dijo el Lobo.

“¡Ay, otro!”, dijo Caperucita Roja. “El ir allí, pasado el molino, que se ve desde aquí, en la primera casa, al inicio de la aldea.”

“Fine”, dijo el Lobo, “Quiero volver a verla también. Yo tomaré este lado, y de ese otro, y vamos a llegar a los pronto.”

El Lobo empezó a correr su camino, que era un atajo, tan duro como el que tenía en las piernas: y la niña siguió su camino, que fue el más largo, Arreglar para apoderarse de avellanas, para dar después de las mariposas, y hacer paquetes con todas las flores, que encontró en el camino.

El Lobo en dos saltos llegó a casa de la abuela y golpeó.

“Toc, toc.”

“Quién es?”

“Yo soy su niña, Yo soy Caperucita Roja”, dijo el Lobo, voz contraffacendone, “y vengo a traer un flan y un tarrito de mantequilla, que envía a mi mamá.”

La buena abuela, que ella estaba en la cama porque no se sentía demasiado bien, Gritó:

“Tire de la bobina, y la puerta se abrirá”.

El lobo tiró del cordel, y se abrió la puerta. Justo dentro de, Se arrojó sobre la buena mujer y la devoró en menos de nada que decir, porque era tres días que no habían sdigiunato. Luego se cierra la puerta y fue a pararse en la cama de la abuela, a la espera de la llegada de Caperucita Roja, que, dentro de poco, Él vino a llamar a la puerta.

“Toc, toc.”

“Quién es?”

Caperucita Roja, oyó el gran lobo voz grande, Al principio fue un poco’ miedo; pero creyendo que su abuela había dicho infreddata:

“Yo soy su niña, Yo soy Caperucita Roja, Vengo a traer un flan y un tarrito de mantequilla, que envía a mi mamá”.

El lobo gritó el interior, adelgazamiento un poco’ voz:

“Tire de la bobina, y la puerta se abrirá.”

Caperucita Roja tiró del cordel y la puerta se abrió.

El Lobo, al verla entrar, le estas, escondido bajo las sábanas:

“Colocación de la crema y el tarrito de mantequilla en el armario y ven a la cama conmigo”.

Caperucita Roja se desnudó y se metió en la cama, donde él estaba terriblemente sorprendido de ver cómo era su abuela, cuando todo estaba despojado. Y comenzó a decir:

“O mi abuela, que tiene grandes brazos!”.

“Es abrazarte mejor, mi hijo.”

“O mi abuela, que tiene grandes piernas!”

“Está luchando por la mejor, mi hijo.”

“O mi abuela, lo grandes orejas que tiene!”

“Eso es para sentirse mejor, mi hijo.”

“O mi abuela, lo que los ojos grandes usted tiene!”

“Eso es para ver mejor, mi hijo.”

“O mi abuela, lo grande dientes tienes!”

“Eso es comer mejor.”

Y así diciendo, esa dolencia lobo saltó sobre la pobre Caperucita Roja, y le hizo un bocado.

 

La historia de Caperucita Roja muestra los jóvenes y doncellas, y en particular a las jóvenes, que nunca se debe dejar de hablar en la calle con gente que no conocen: debido a los lobos allí por todas partes y varias especies, y los más peligrosos son precisamente los que se enfrentan a la gente amable y llena de elogios y buenos modales.

 

 

 

Puss in Boots

 

Un Mugnaio, llegó a la muerte, dejado otra propiedad a sus tres hijos que tuvieron, si no su molino, su culo y su gato.

Así que las divisiones se hicieron pronto: ni hubo necesidad de que el abogado y el notario; que, Com'è naturale, se come en un bocado tutt'intera la pequeña herencia.

El mayor tenía el molino.

El segundo, l'asino.

Y el menor de los hermanos fue el único gato.

Este último no pudo encontrar la paz, para ser su tocado una parte tan pequeña.

“Mis hermanos”, Qué dijo, “honestamente puedo tirar hacia adelante, Agitando la vida en común: ma de mí, cuando comí mi gato, fattomi y una manga de su piel, Tengo que resignarse a morir de hambre.”

El gato, consideró que estos discursos, y no fingía destinados a muelles, , dijo con una cara seria y tranquila:

“No os entreguéis a la desesperación, padron mio! Usted no tiene que hacer nada más que encontrarme un montón y me da un par de botas para ir al bosque; y después de que verás en la parte que se toca, que no ha sido tratado tan mal como tal vez usted cree”.

Aunque el dueño del gato no son estas palabras podrían llegar por dinero en efectivo, en todos los sentidos que ella le había visto hacer tantos juegos de habilidad en los ratones de captura, o conseguir con colgante, unido a los pies, o haciendo los muertos, escondida en la harina, coll'aver que acabó con cualquier esperanza de encontrarlo un poco’ ayudar en su miseria.

Tan pronto como el gato tuvo lo que quería, valientemente deslizado en sus botas, y poner la bolsa en el cuello, tomó las cuerdas en las patas delanteras y se fue en una conejera, donde había un montón de conejos.

Situado dentro de la bolsa un poco’ salvado y sow-cardo: y que se ha quedado en el suelo como si estuviera muerto, Esperó algunos gazapos, incluso un principiante en el mundo de chiapperelli, El vino a meter en la bolsa por el cuello a comer las cosas que había en ella.

Tan pronto como él estaba mintiendo, de inmediato que tenía la gracia. Aquí un conejo, joven en años y el juicio, que entró en su bolsa,: y el gato valiente, inmediatamente tirando de la cuerda, Ella lo tomó y lo mató sin piedad ni misericordia.

Toda ilustre presa hecho se presentó al rey, y pidió hablar.

Lo crió en los barrios del Rey, entró donde se hizo una gran reverencia al Rey, y dijo::

“Aquí, Sire, una conejera que el señor marqués de Carabás”, fue el nombre que le gustaba dar a su amo, “me ha pedido que introducir su parte”.

“De’ su maestro” dijo el Rey “Le doy las gracias y que me hizo un verdadero regalo.”

En otra ocasión, se ocultó entre el trigo, manteniendo siempre su saco abierto; y tan pronto como habíamos entrado en un par de perdices, tiró de la cuerda y agarró tanto.

Luego corrió a presentar al Rey, como había hecho durante el conejo Warren. El rey también tuvo en cuenta los dos perdices mucho y lo hizo a la punta.

El gato continuó de esta manera durante dos o tres meses para llevar de vez en cuando con el juego de reyes de la caza de su amo.

Un día, él es haber aprendido que el rey tuvo que ir a dar un paseo por la orilla del río con su hija, la princesa más bella en el mundo, Él dijo a su amo:

“Si se presta atención a mi consejo, su fortuna se hace: usted tiene que ir a bañarse en el río, y precisamente en el lugar que voy a contar: En cuanto al resto, dejarlo para mí”.

El Marqués de Carabás hizo todo lo que le aconsejó a su gato, sin saber cuál sería el beneficio.

Mientras se bañaba, el rey pasaba; y el gato se puso a gritar con lo que tenía en la garganta:

“ayudar, ayudar! ahoga el Marqués de Carabás”.

En estos gritos, El rey puso su cabeza por la puerta del coche y, reconocido el gato, que tan a menudo se lo llevó juego, los guardias les ordenaron correr inmediatamente para la ayuda del Marqués de Carabás.

Mientras tanto, tirando, fuera del agua, el pobre marqués, el gato se acerca el entrenador le dijo al Rey que mientras su amo se estaba bañando, los ladrones habían venido a quitar la ropa, a pesar de que había gritado al ladrón con toda la fuerza de los pulmones. El trincato astuto había escondido la ropa en una roca.

El rey inmediatamente dio órdenes a los oficiales de su armario a buscar a uno de los vestuarios más lujosos para el Marqués de Carabás.

El rey utiliza mil caricias, y ya que el vestido que le había llevado en ese momento se destacan las ventajas de su persona (porque era agradable y muy bien hecho), Princesa lo encontró simpático y su genio: y tomó solamente algunos destellos del Marqués de Carabás, muy respetuoso, pero suficiente para mantener, porque va a permanecer en el amor de aplastamiento.

Él quería que el Rey a subir en su carro, e hizo el paseo con ellos.

El gato, encantados de ver que su plan empezaba a color puede tomar, caminado hacia adelante; y habiendo cumplido con los agricultores, que serrada, disse loro:

“Buenas personas que serró el heno, si usted no le dice al Rey que la hierba cortada por usted pertenece al Marqués de Carabás, todos ustedes CORTABLES para fines tales como carne para hacer albóndigas”.

De hecho, el rey pidió a los aserradores que era el césped aserrado.

“Es el Marqués de Carabás”, todos dijeron al unísono que la amenaza del gato los había asustado.

“Usted tiene una hermosa posesiones”, dijo el rey al Marqués de Carabás.

“Lo ves desde que, Sire”, Él respondió el Marqués.

“Esta es una pradera, que no hay año en que no me da una cosecha abundante.”

El buen gato, Siempre que él hizo de la banda de rodamiento, Se reunió con los segadores, y les dijo::

“Buenas personas que serró el grano, Si no va a decir que todo este maíz pertenece al Marqués de Carabás, va a ser aplastado para fines tales como carne para hacer albóndigas”.

Il Re, que pasó unos minutos más tarde, quería saber que era dueño de todo el grano que vio.

“Y el Marqués de Carabás”, Ellos respondieron los segadores.

Y el rey estaba contento con el Marqués.

El gato, que siempre trotando hacia adelante del carro, siempre decía las mismas cosas a todos los que encontraba en el camino; y el rey se mantuvo sorprenderá de las grandes posesiones del Marqués de Carabás.

Por fin, el gato llegó a un hermoso castillo, de la que fue maestro de un ogro, el más rico que jamás se había visto; porque toda la tierra, que el Rey había cruzado, Dependían de este castillo.

El gato hizo lo posible para saber quién era este hombre, y lo que podía hacer: y pidió hablar con él, Él está diciendo que habría parecido impropio pasar tan cerca de su castillo sin rinden homenaje y reverencia.

El ogro lo recibió con toda la cortesía que puede tener un ogro; y él le ofreció a descansar.

Mi hanno assicurato”, disse il gatto, “che voi avete la virtù di potervi cambiare in ogni specie d’animali; e che vi potete, por una cosa, transformarse en un león y el elefante.”

“Verissimo!”, dijo el ogro groseramente, “y te dan ninguna prueba, verás me convierto en un león.”

El gato se asustó tanto al ver ante mis ojos un león, que subió rápidamente hasta los canalones, pero no sin dificultad y el peligro, a causa de sus botas, que no eran buenos para nada que caminar sobre las canaletas’ techos.

Pronto, Cuando el gato vio que el ogro había recuperado su forma de la primera, calò a basso e confessò di avere avuto una gran paura.

Mi hanno per di più assicurato”, disse il gatto, “ma questa mi par troppo grossa e non la posso bere, che voi avete anche la virtù di prendere la forma dei più piccoli animali; ¿Qué quiere decir, di cambiarvi, por ejemplo, in un topo o in una talpa: ma anche queste son cose, lasciate che ve lo ripeta, che mi paiono sogni dell’altro mondo!”

Sogni?”, disse l’orco. “Ora vi farò veder io!…”

Y así diciendo, si cangiò in sorcio, e si messe a correre per la stanza.

Ma il gatto, lesto come un baleno, la precipitaron sobre él y lo comió.

Mientras tanto, el rey, pasar de la parte, vio el hermoso castillo del ogro, Voll entrarvi.

El gato, che sentì il rumore della carrozza che passava sul ponte-levatoio del castello, corrió hacia el rey y le dijo::

“Su Majestad es bienvenido a este castillo del señor marqués de Carabás”.

“Ven! Sr. Marchese!”, exclamó el Rey. “Incluso esta es tu castillo? No hay nada más hermoso que este palacio y fábricas que rodean; visitiamolo dentro, se non vi scomoda.

Il Marchese dette la mano alla Principessa; e seguendo il Re, che era salito il primo, entrarono in una gran sala, donde encontraron una magnífica merienda Laden, el ogro había hecho para preparar algunos de sus amigos que habían venido a verlo, pero no se habían atrevido a entrar en el castillo, porque sabían que eran el rey.

Il Re, contento de que él no podía decir, las bellas cualidades del Marqués de Carabás, Al igual que su hija, eso no fue un loco, y viendo que tenía grandes posesiones, Después de haber vaciado cuatro o cinco vasos, Dijo:

“marqués! Si quieres ser mi hijo-en, No es que usted”.

el marqués, con mucha reverencia, mirado con buenos ojos el alto honor que se le hace por el Rey, y al día siguiente se casó con la princesa.

El gato se convirtió en un gran señor, y si continuaba cazar ratones, él sólo como un hobby.

 

Disfrutar de un rico legado en paz, pasado de padres a hijos, Siempre es una buena cosa: pero para los jóvenes, industria, la habilidad y el ingenio svegliatezza valen más que cualquier otra fortuna heredada.

Desde este lado, la historia del gato Marqués de Carabás es muy informativo, especialmente para gatos y para el Marqués de Carabás.

 

 

 

Riquet el del Copete

 

Había una vez una reina, que dio a luz un hijo tan feo y tan malo Basted, que puedan generar dudas por un tiempo si semejanza de la bestia, o el de Cristiano. Una piel, que se encontraba presente en el nacimiento, dijo con seguridad habría tenido espíritu: y añadido más, que a favor de un don particular, él por su, Podía transfundir iguales dosis de ingenio e inteligencia en esa persona, cualquier persona que tenía, que había amado sobre todas las demás.

Esta cosa un poco de consuelo a los pobres de la reina, que no podía encontrar la paz de haber dado a luz a un palo de golf desagradable como la!

El hecho de que él es, que tan pronto como el niño comenzó a pronunciar una palabra, dijo un montón de cosas ajustado: y en todo lo que hacía, mostró un saber que tan elegante, A él le gustaba y cedió a todo genio. Se olvidó de decir que había nacido con un pelo en la cabeza Ciuffettino: y por lo que llamaron Riquet el del Copete: Enrichetto porque era su nombre de pila.

Al final de siete u ocho años, Reina de un estado vecino dio a luz a dos niñas.

la primera, que entró en el mundo, Era la más bella del Sol; y la reina se sintió tan lleno de gran, siendo motivo de preocupación por su salud.

La misma hada, que había sido testigo del nacimiento de Riquet el del Copete, se encontró también a ese otro: y moderar la alegría de la Reina, Él declaró que la pequeña princesa no habría tenido ni siquiera la sombra del espíritu, eso sería tan estúpido, que guapa.

La reina era muy malo esta cosa: Pero unos momentos después tuvo otra decepción aún mayor, ver que la segunda hija, quien dio a luz, Era tan malo como para dar miedo.

“No se desespere, dama”, dijo el hada, “tu hija será premiado de otro modo; que tendrá mucho espíritu, ni siquiera darse cuenta de la belleza que no se toca.”

“Dios lo quiere así!”, respondió la Reina, “ma non ci sarebbe modo di fare avere un podi spirito anche alla maggiore che è tanto bella?”

“Como el espíritu, o signora, Yo no puedo hacer nada”, dijo el hada, “pero todo lo que puedo por la parte de la belleza; y puesto que no hay nada en el mundo que yo no haría verte feliz, así que va a dar el regalo de la virtud de convertirse en la persona hermosa que será más de su genio.”

Como las dos princesas crecieron, Ellos crecieron con ellos sus puntos fuertes, hasta el punto que no se hablaba de otra cosa que la belleza de los mayores y el espíritu de una menor.

Es cierto, sin embargo, que incluso sus defectos se hicieron más vistosa, yendo más allá de los años. Las miradas imbruttiva inferiores, y más se convierte en una forma más estúpida del otro día, y él no podía responder a las preguntas que se hicieron, o ella responde a la giuccherie. Además de que es un mercado de por lo smanierata y sin gracia ni la gracia, que no era bueno para acabar con cuatro jarrones de porcelana sobre el fuego abierto sin romper a alguien, ni acercarse a la boca de un vaso de agua sin frotar la mitad en el vestido.

A pesar de que la belleza es una gran ventaja para una niña, así que es un hecho que la hermana menor estaba siempre en el otro por encima, en la sociedad y en todas las conversaciones.

la primera, todos se volvieron del lado de los más bellos para verlo y admirarlo; pero después de unos minutos la izquierda para ir a la persona que tenía más espíritu, para oír las cosas buenas, dijo: y se sorprendió al ver cómo en menos de un cuarto de hora, el mayor ya no tenía a nadie alrededor de él, mientras que todos iban a hacer un anillo alrededor de su hermana menor.

El aumento, aunque muy estúpido, se dio cuenta de esta cosa: y le hubiera dado toda su belleza, tener la mitad del espíritu de su hermana.

El Regina, quantunque ser prudente, no podía soportar por regañar a sus muchas veces su grullerie: y esto lo llevó a tantos problemas a los pobres Princesa, que se sentía como morir.

Un día, que habían ido al bosque a llorar su desgracia, venir a conocer vio a un hombrecillo feo, y lo siento como siempre, pero vestida con gran elegancia.

Era el joven príncipe Riquet el del Copete, que se enamoró de ella sólo para ver las fotos que dieron la vuelta al mundo, había abandonado el reino de su padre para tener el placer de verla y hablar con ella.

Encantado de encontrarla sola, Se acercó a ella con todo el respeto y amabilidad imaginables. Y cuando se enteró de que era muy angustiada, después de los cumplidos habituales para utilizar dicho:

“No sé entiendo, o Regina, como siendo tan hermosa como eres, puede ser tan triste como usted aparece; perché, aunque puedo presumir de haber visto un sinnúmero de mujeres hermosas, Yo puedo decir que no he visto ni un solo, cuya belleza se acerque a su”.

“Le gusta lo dices!”, contestó la princesa, y no dijo nada más.

“La belleza”, disparar Riquet el del Copete, “es un don tan grande, quien debe compensar todo el resto; y cuando se posee, No veo otra cosa que nos puede llevar a la tristeza.”

“Lo haría”, contestó la princesa, “ser tan malo como usted y tener el espíritu; en lugar de tener la belleza que me, y ser un estúpido como son.”

“Nada, o signora, que le da ninguna señal de tener el espíritu, Como la creencia de no tener: él es uno de esos méritos, que por su naturaleza singular, cuanto más tienes, y la mayor parte se cree que falta.”

“Yo no sé que cosas”, diseña la Principessa, “pero sé que soy un gran tonto, y esta es la causa del dolor, Morirá.”

“Si no es esto lo que te atormenta, o signora, Puedo poner fácilmente fin a su aflicción.”

“¿Y cómo hacerlo?”, diseña la Principessa,

“Tengo el poder”, dijo Riquet el del Copete, “transfundir espíritu completo, que puede desiderarsi, en esa persona que voy a tener que aman sobre la otra; y ya que usted es el que, que depende de usted para poseer mucho ánimo, ya que puede tener, simplemente encantado de casarse.”

Princesa se quedó como una estatua, y él no respondió sílaba.

“Soy bueno”, Él respondió Riquet el del Copete, “que mi propuesta no tiene sentido ir al genio: y yo no hago ninguna maravilla; pero os dejo un año entero, porque se puede hacer una resolución.”

La princesa tenía tan poco espíritu, y, al mismo tiempo que sentía un gran deseo de tener, que imaginó que el final del año no nunca llegaría, y por lo que aceptó la proposición que se hizo.

Sólo había prometido Riquet el del Copete que dentro de un año y ese día se habría casado, de inmediato se sintió muy diferente a la anterior; y sentí una increíble facilidad para decir todas las cosas que quería decir, y para decirle de una manera agradable, espontánea y natural. Comenzó desde este momento para poner encima de una conversación con Riquet inteligente y bien realizado el del Copete, en la que brilló tan vívidamente, que nació en la duda de haber dado más espíritu de lo que había guardado para sí.

El cual fue devuelto al palacio, la Corte no sabe qué pensar de un cambio tan repentino y extraordinario; dappoiché, cuántas travesuras que habían oído decir en el pasado, ahora oyeron muchas cosas spiritosissime y lleno de sentido común.

Toda la corte se trasladó con alegría que no figurarselo. No hubo hermana menor, que no siendo feliz, debido a no tener el mayor espíritu por encima de, estaba ahora a su lado la figura de un mono meschinissima.

El Rey fue guiada por su, y, a veces se acercó a tomar consejo en su barrio.

El rumor de este cambio de haber sido esparcidos por, todos los jóvenes príncipes de los estados vecinos competían para conseguir ser amado, y casi todo el mundo le pidió en matrimonio, pero no fue suficiente espíritu que tenía, y era la misma cara a todas las ofertas de matrimonio, sin comprometerse con ninguna.

Mientras tanto, él presentó una tan poderosa, tan rico, y persona tan divertido y agradable, que ella no podía soportar la sienten inclinación por él.

Suo padre, que tenía circunspecto, Él le dijo que salió de su señora para elegir el novio a su manera, y no tenía nada que hacer es conocer su voluntad.

Y ya que sucede que uno tiene más del espíritu, y es preocupada a buscar una solución estable en determinadas materias, que, Después de agradecer a su padre, domandò che le fosse dato un podi tempo per poterci pensar sopra.

Y por casualidad se fue a dar un paseo por el bosque donde se había reunido Riquet el del Copete, tener la forma de pensar con comodidad a la resolución que tener.

Mentr’ella passeggiava tutt’immersa nesuoi pensieri sentì sotto i piedi un rumore sordo, ya que muchas personas van y vienen, e si dieno un gran da fare.

Después de haber escuchado con atención más cuidadosa, escuchó a alguien decir: “Pásame MAL caldera”; y otro: “Ponga la leña en el fuego”.

La tierra se abrió en ese momento, y vio debajo de sus pies como una gran cocina llena de cocineros, de los lavavajillas, y todo tipo de personas necesario para preparar una gran fiesta. Y salió un grupo de veinte o treinta empresas de catering, que fue a plantarse en una avenida de la selva, en torno a una larga mesa, y los pan pegamento goteo en la mano y el oído del pegamento de cola de zorra se puso a trabajar en el tiempo a la música, sobre la base de una canción preciosa.

La Principessa, sorprendido al ver, les pidió que estaban en tanta actividad intensa.

“Trabajamos”, respondió el capataz de la brigada, “para el Sr. Riquet el del Copete, mañana es el novio.”

La Principessa, cada vez más asombrado, y de repente recordando que hace un año, y en ese mismo día, Había prometido casarse con el príncipe Riquet el del Copete, pensó que estaba caída de las nubes. La razón de su falta de memoria estaba en esto que, cuando la promesa, Siempre era la misma estúpida, y la compra siguiendo el espíritu que el príncipe había dado, No podía recordar toda su grullerie.

Él todavía no había treinta pasos, continuando su paseo, quien cayó en Riquet el del Copete, que se presentaron todos extravagante y magnífico, como un príncipe que va a una boda.

“aquí estoy, dama”, dijo, “puntual a mi palabra: y no tengo ni la más mínima duda de que vas a venir aquí para mantener su, y para mí, con el don de su mano, al mortal más feliz en esta tierra.”

“Y confesaré francamente”, contestó la princesa, “en esta cosa que no he tomado aún ninguna resolución; y me temo, si tengo que tomar una, Nunca será el que usted desea.”

“Me haces impresionar, o signora”, dijo Riquet el del Copete.

“entiendo”, diseña la Principessa, “de hecho, me encontraba en un gran lío, si tuviera que ver con un hombre brutal y sin espíritu. Una princesa me dio su palabra, me decía; y una vez que me prometiste, así que tiene que casarse conmigo. Pero dado que la persona con la que hablo, es la persona más espiritual en este mundo, así que estoy seguro de que querrá comprender la razón. Usted sabe que, incluso entonces, quand'ero Stupida, No sabía yo a tener que casarse; y se cree que es posible por el momento, Después de todo, el espíritu que me diste, y eso me ha hecho el más exigente, de lo que era antes, Ahora podemos tomar una resolución en la que yo no era bueno tomar al pasado? Si querías tanto a casarse, que tenía un gran mal para quitar de mi estúpida, y me hizo abrir los ojos, porque hemos visto más de una vez.”

“Si un hombre sin espíritu”, Él respondió Riquet el del Copete, “Sería bien recibido, de acuerdo con lo que dices, cuando la palabra vino a rinfacciarvi fracaso, o porque quiere que no debo valerme de los mismos medios, por una cosa en la que ha colocado la felicidad de toda la vida? ¿Le parece razonable que él gente de espíritu deben estar en peores condiciones que los que no la tienen? Y usted puede exigirlo? ¿qué tienes tanto y que ha anhelado tener? Pero vayamos al grano, sí vi contentate. Fuera de mi fealdad, ¿hay algo en mi, lo cual desagradó? Usted es quizá infeliz con mi nacimiento, de mi espíritu, de mi carácter, de mis maneras?”

“cualquier cosa”, contestó la princesa, “más bien, todas las cosas que has puesto, son precisamente los que me gusta de ti.”

“si es así”, Él respondió Riquet el del Copete, “Estoy feliz, porque sólo depende de ti para hacerme el más bello y el más atento de los hombres.”

“Pero, ¿cómo puede este accader?”, Le preguntó a la princesa.

“El cómo es fácil”, Él respondió Riquet el del Copete. “Mientras que me gusta tanto, para desear para que eso ocurra: y por qué, o signora, surge la duda en cuanto a lo que digo, saber que la misma hada, que en el día de mi nacimiento me hizo el don de hacer ingenioso persona que más me ha gustado ha sido, Dio a usted también para hacer agradable para el que va a amar, y al que se le quiera hacer del genio y de buena gana este favor.”

“Si se lo dijo”, diseña la Principessa, “Deseo con todo mi corazón que usted se convierte en el príncipe más guapo y más bella del mundo, y como es por mí, no hacer regalo pienissimo.”

La princesa había terminado de decir estas palabras, que inmediatamente Riquet el del Copete apareció a sus ojos el hombre más hermoso en la tierra, y el mejor formato, y más amable de lo que había visto en su vida.

Algunos de los que quieren que este cambio no ocurre de encantamientos del hada, pero sólo para el amor. Y dicen que la princesa, haber pensado mejor a la constancia de su corazón y su mente, no vio la deformidad personal de él, ni la fealdad de su rostro: con el resultado de que el jorobado que había detrás, parecía el tipo de redondez y aspecto florecimiento de los que dan en engorde: y en lugar de verlo cojear horriblemente, como lo había hecho hasta entonces, le parve che avesse un’andatura aggraziata e un pobuttata su una parte, ella le gustó mucho. Se decía entre otras cosas, que sus ojos, que fueron GUERCI, parecía el más brillante; y terminó con tomar la iniciativa en que la manera equivocada de ver era el signo de un amor violento: y que incluso la nariz de él, grande y rojo como una remolacha, accennasse a algo serio y marcial.

El hecho es que la princesa prometida, hay en el tambor, que él se casaría, a condición de que él había obtenido el consentimiento del Rey su padre.

Il Re, Él es haber aprendido que su hija tenía una gran cantidad de estima por Riquet el del Copete, que efectivamente sabía por un ingenioso y lleno Príncipe de juicio, Él aceptó con placer para su hijo.

El día era después de la boda hecho, como se había previsto Riquet el del Copete, y de acuerdo con las órdenes que él mismo tenía ya mucho antes.

 

Esto parecería un cuento de hadas; sin embargo, es una historia. Lo único que parece agradable en el ser querido, también defectos: todo parece bastante, también las payasadas.

La historia de Riquet con el mechón es tan antigua como el mundo.

 

 

 

La Bella pelo d’ oro

 

Érase una vez la hija de un rey, el cual fue tan hermoso, que el mundo no se le dio la igualdad; ya causa de su gran belleza, que llamaron el hermoso cabello dorado, porque tenía el pelo más fino de oro, y rubia y con un estilo maravillosamente en cascada hasta el pie.

Siempre estaba cubierta por sus rizos, con la cabeza una corona de flores y todas las prendas tachonada de diamantes y perlas, tanto es así que era imposible verla y no permanecer enamorados.

En los alrededores había una joven Rey, quien no tenía esposa, y era muy rico y muy buena persona.

Al oír hablar de todas las cosas buenas que se han dicho de oro hermosa de cabellos, a pesar de que aún no había visto, Se enamoró tan fuerte, que no beber o comer más; hasta que un día, hizo el estado de ánimo resuelta, Se decidió enviar un embajador a pedir su mano en matrimonio.

Deliberadamente fabricar un magnífico carro a su embajador: Ella le dio más de un centenar de caballos y un centenar de servidores, y se encomendó con toda su fuerza porque conduciría a la princesa.

Tan pronto como el embajador se había despedido del Rey y se puso en el camino, la Corte no hablaba de otra cosa: y el Rey, que no dudaba el punto de que la princesa no quería estar de acuerdo con sus deseos, inmediatamente comenzó a prepararse para sus hermosas ropas y muebles de gran valor.

Mientras tanto, quienes estaban detrás de estas preparaciones, embajador, que había llegado a la Corte de oro hermosa de cabellos, Recitó su buen discurso; pero es que la princesa en ese día no estaba en un buen estado de ánimo, si el cumplido no lo hizo a él le gustaba, fatto sta che rispose all’ambasciatore di ringraziare il Re e di dirgli che non aveva voglia di maritarsi.

El ambasciarore apartado de la princesa dispiacentissimo es incapaz de Condur: Y recobró todos los regalos, quien estuvo presente desde el Rey: perché la Prilicipessa era molto onesta, y sabía que las chicas no son buenos para aceptar regalos de los hombres jóvenes.

¿Por qué no le gustaría cualquiera de diamantes u otras cosas; y sólo de no alterar el Rey, Aceptó un papel de pasadores de Inglaterra.

Cuando el embajador había regresado a la capital, donde su rey estaba esperando con tanta impaciencia, Todo el mundo se dolía ver que no había llevado consigo a la princesa, y el rey puso a llorar como un niño, ni había forma de confortar.

Él estaba allí, la Corte, un hombre joven y guapo como el sol, el más bonito de todos los habitantes del Reino. Debido precisamente de sus finos modales y su espíritu, llamaron “gentil”.

Todo el mundo lo quería, menos envidiosos, que fue consumido por la rabia porque el Rey le llenó de favores y lo puso aparte de toda su secreto.

Comely sucede que él se encontró en una multitud de personas, que habló del retorno del embajador y dijo que no era bueno para nada; luego dijo, no parece a la mente tanto, ni lo:

“Si el rey me había enviado el hermoso cabello dorado, Estoy seguro de que iba a venir conmigo”.

Sin poner tiempo entre esas dolencias risoffiarono sufrieron estas palabras al rey y le dijo,:

“sabes, semental, lo que dijo avvenente? dijo que si le había enviado de oro hermosa de cabellos, tenía la intención de llevarla con él. Cuánto tiempo puede verse el mal! y’ pretende di essere più bello di voi, y él quiere dar a entender que la princesa estaría tanto en el amor con él, a seguirlo, como para todos”.

Este es el Rey que monta en cólera y se calienta a perder lumen del ojo: “Ah! ah!”, dice, “A continuación, este bonito mugherino puede desempeñar mi desgracia? Por lo tanto, se estima en más de me? Ola: arrojarlo al gran torre, y hay que morir de hambre”.

Los guardias del rey llegó a avvenente, que ni siquiera recuerda lo que había dicho: Lo arrastraron a la cárcel y le hicieron mil vejaciones.

Questo povero giovine non aveva che un podi paglia a uso di letto: y ciertamente moriría, sin una pequeña fuente, que fluía a los pies de la torre, en el que se produjo unos sorbos de agua para refrescarse un poco, porque el hambre se había secado la garganta.

Un día, Ya no pueden, dijo suspirando:

“Que nunca se queja Rey? De todos sus temas hay uno que no es, como yo, ser fiel. No tengo ningún recuerdo de haberlo ofendido jamás!”.

Il Re, per caso, pasando cerca de la torre, oyó los gemidos de él por lo que había seres, y se detuvo a permanecer en el oído: aunque los cortesanos, que estaban con él, y que tenían a la muerte con avvenente, dijeron que el rey: “¿Cuál es su idea, semental? no sabes que es una enfermedad?”. Y el rey respondió: “Déjame aquí: Quiero escuchar lo que dice”.

Y después de haber escuchado los gemidos de él, Ellos traen lágrimas a los ojos del s'empirono: Se abrió la puerta de la torre, y la llamó.

gentil, todo desolado, Se fue a arrojarse a las rodillas del Rey, y besaba sus pies. “Lo que he hecho, semental”, dijo, “para merecer tales tratamientos nefastas?”

“Tienes que yo y mi embajador jugar”, dijo el Rey, “has salido de la boca que dejó, si te envié desde Bella con cabellos de oro, Sería estimarse por tanto como te menarla.”

“Es cierto, Sire”, Said avvenente, “Le dije que lo haría tan bien sus virtudes y sus puntos fuertes, lo cual estoy seguro de que no habría sabido cómo resistir; y nada de esto me parece que hay algo que pueda ofender.”

El rey reconoció, trenzas hechas, que estaba equivocado: Él echó un vistazo a los, Se había puesto en desgracia su favorito, y lo llevó con él, No sin pesar amargura del gran dolor que le había dado.

Después de haberle invitado a una cena lujosa, Ella lo llamó a su gabinete y dijo: “gentil, Siempre me ha gustado el hermoso cabello dorado; su negativa no abollado mi esperanza, pero no sé qué camino me lleve para inducir a convertirse en mi novia. Realmente Quiero el divorcio, para ver si eras bueno para tratar con ellos”.

Comely respondió que estaba perfectamente dispuesto a obedecerle en todo lo, y que dejaría de inmediato, también mañana.

“¡Ay!”, dijo el rey, “Quiero dar un hermoso accompagnatura…”

“No parece necesario punto”, respondió, “como para mí, sólo yo y mi n'avanza de un hermoso caballo y unas cuantas letras que puede presentar su parte.”

El rey no podía soportar dall'abbracciarlo para el placer de verlo tan listo y rápido como.

Se despidió del rey y sus amigos en un lunes por la mañana, y comenzó a viajar para llevar a cabo su embajada para sí mismo, sin ostentación y sin ruido.

En el camino no hizo más que estudiar todas las formas de involucrar a la hermosa de cabellos de oro para convertirse en la novia del Rey. Llevaba en el bolsillo un pequeño tintero, y cuando él era un poco pequeño y agradable pensamiento para ser integrado en su discurso, bajó de su caballo y se puso debajo de un árbol de recordar pigliarne antes de morir de la memoria.

una mañana, que había comenzado al amanecer, pasando de una gran pradera, se le ocurrió la idea amable y gentil; e inmediatamente cayó de la silla de montar, Se fue a colocarse debajo de un desfile de sauces y álamos, plantados a lo largo de un pequeño arroyo que fluía hacia el borde del césped.

Cuando hubo terminado de escribir se volvió a mirar desde todos los lados, Estaba tan feliz de estar en un lugar tan encantador! Cuando de repente vio una hierba de color oro carpione, jadeando y estaba cansada, perché, para la garganta chiappare de mosquitos, Se había hecho un salto de longitud tal, y por lo tanto fuera del agua, que había ido a caer de nuevo en la hierba, donde estaba a punto de morir.

Comely tuvo compasión, y aunque era día sin carne y podría hacer que se sienta cómodo durante su cena, Lo tomó y las remesas prim en la corriente del río.

Una vez que nuestro carpione sintió el agua fría, dall'allegrezza comenzó a mover la cola y se dirigió directamente a la parte inferior: pero entonces, regresó a la orilla del agua, dicho, llegando a la orilla todo vispo:

“gentil, Les agradezco el servicio que me han prestado; sin que me iba a morir y me he salvado. No soy desagradecida y voy a compensarlo!”.

Después de este cumplido desapareció bajo el agua: Hermosa y me quedé sorprendido enormemente el espíritu y las buenas costumbres de carpione.

otro día, y continuó su viaje, se encontró con una pequeña Corvo en el mal: este pobre pájaro fue perseguido por un inconmensurable Águila, gran devorador de Ravens; y él estaba a punto de ser asido, y el Águila hubiera tragado como un grano de cáñamo, Comely si él no se había movido a la piedad del pobre animal.

“Aquí”, Dijo, “como de costumbre opriman más fuertes a los débiles. ¿Qué razón hicieron Águila comiendo Cuervo?”

Tomó el arco que llevaba siempre con él, y una flecha, Señaló sus objetivos contra Aquila y choque! Se lanzó la flecha en el cuerpo y se lo pasó de lado a lado.

L'Aquila cayó muerto, y el cuervo, tutt'allegro, andandosi para posar en la parte superior de una rama:

“gentil”, Dijo, “que ha sido muy generoso en acudir en ayuda de mí, Soy un pájaro pobres: pero no se ha encontrado una ingrata; all’occorrenza saprò ricambiarvi!”.

Avvenente ammirò il buon cuore del Corvo, e continuò la sua strada. una mañana, che albeggiava appena e non vedeva nemmeno dove mettesse i piedi, nel traversare un gran bosco, sentì un Gufo che strillava come un disperato.

Ohe! “, dijo, “ecco un Gufo al quale deve essere capitato qualche brutto malanno.

Guarda di qui, guarda di là, finalmente gli venne fatto di vedere alcune reti, che erano state tese la notte per acchiappare gli uccelli.

Che miseria!”, dijo, “si vede proprio che gli uomini sono fatti apposta per tormentarsi gli uni cogli altri, e per non lasciar ben avere tanti poveri animali, che non hanno fatto loro nessun male e nessun dispetto.

Cavò fuori il suo coltello e tagliò le funicelle delle reti. Il Gufo prese il volo, ma ricalando subito a tiro di schioppo:

“gentil”, dijo, “No necesito decirle a perderse con palabras la gratitud que siento por ti. El hecho habla por sí mismo. Los cazadores estaban allí para conseguir: sin su ayuda, me llevaron y mataron. Pero tengo un corazón agradecido, y voy a compensarlo”.

Aquí están las tres aventuras más increíbles que suceden a la buena avvenente durante su viaje.

Tenía tanta pasión pronto arrivar, que, acaba de llegar, de inmediato se dirigió al palacio de oro hermosa de cabellos.

El edificio estaba lleno de maravillas. Los diamantes ascendieron como piedras: magníficas ropas, cubiertos, papel picado, pasteles y toda la gracia de Dios: de manera que avvenente pensó dentro de sí mismo que si la princesa había decidido dejar todos esos esplendores a venir y quedarse con el Rey su amo, Tenía que decir en realidad que una gran fortuna había caído.

Se pone un vestido de brocado y plumas blancas y de color carne: se peinó, s'incipriò, Se lavó la cara: Se deslizó en torno a un pañuelo de cuello rica, todo bordado, con una pequeña cesta y que contiene una hermosa canina, que había comprado, al pasar de Bolonia.

Comely era tan buena persona y tan bonito, y todo lo que hizo, lo hizo con tanta gracia, que cuando se presentó en la puerta del edificio, todos los guardias arrastraron un arco de baja, y corrió a anunciar el hermoso cabello dorado, que avvenente, el embajador del Rey a su vecino, Le pidió a la gracia verla.

Inmediatamente entenderse que el nombre de Cornely, princesa dijo: “Este nombre me un buen augurio: Apuesto a que debe ser una joven bonita y placer”.

“¿En serio, Señora!”, dicho todas las damas de honor. “Hemos visto que desde el último piso, donde tuvo que poner en orden su ropa interior: y todo el tiempo que ha retenido en virtud de nuestra ventanas, no hemos sido más bien no hacer nada.”

“Hay una Cuán honrado”, Bella dijo que el cabello dorado, “para pasar el tiempo mirando a los hombres jóvenes. mente, vía! Haré de inmediato mi vestido de gala, satén azul, en el bordado; Voy a sparpaglino con gracia mi pelo rubio: Se hará una guirnalda de flores frescas, usted salga de mis zapatos de tacón detectado y mi fan; Se barre mi habitación y se abalanza sobre mi trono; porque quiero que la gente diga de todo el mundo que estoy realmente hermoso cabello dorado.”

Aquí están todas las mujeres de gran moto para abbigliarla como una reina: y ambos están ocupados, que s'urtano entre sí y no concluir nada bueno.

Por último, la princesa pasó en la sala de la rimirarsi grandes espejos y ver si la ropa le faltaba algo; Luego ascendió al trono, todo de oro, marfil y ébano, el envío de un delicioso olor, y ordenó a las mujeres para que los instrumentos y cantar, pero con una cierta discreción, No arrancar el cerebro de las personas.

Cuando Cornely fue llevado a la sala de audiencias, Permaneció así que fuera de sí de maravilla, que después se dijo muchas veces que casi no podía abrir la boca para hablar. Sin embargo, se armó de valor: dijo que su discurso cómo no podría decirlo mejor, y rogó a la princesa no darle el dolor que ella debe tornar distancia sin ella.

“suave avvenente”, diseña la Principessa, “las razones que me diste son excelentes y yo estaría feliz de hacer un favor a usted, más que a cualquier otra persona, Pero hay que saber que hace un mes fui a dar un paseo con mis damas de compañía a lo largo del río, y desde que se servía el desayuno, por lo que en mi guante lágrima, Fui por el dedo anular y cayó en desgracia. Este anillo me es más querida del reino. Lo dejo a usted imaginar la decepción que sentía! Y ahora jurando no escuchar ningún negociaciones de matrimonio, si el embajador que vendrá a tomar el novio no informa a mí antes de mi anillo. Es hasta usted para decidir sobre lo que quiere hacer; porque si duraste me dicen unos quince días y quince noches en una fila, Nunca conseguiría cambiar mi sentimiento.”

Comely estaba medio aturdido a esta respuesta: Él le hizo una profunda reverencia, y le rogó que se desee recibir el canino, la canasta y la bufanda; pero ella dijo que no iba a aceptar cualquier regalo, y que pensaba que las cosas que había dicho.

Cuando regresó a casa, se fue a la cama sin tener siquiera un bocado de la cena: y canina, Llamó a Fawn, incluso él no comió y se fue a cucciarsi al lado del maestro.

Durante toda la noche, Como era de largo, Comely no hacía más que suspirar. “¿Dónde puedo llevar a cabo un anillo de pescado, que, Hace un mes, cayó en el río?”, dijo. “Sería una locura para tratar en un solo! Está claro que la princesa le dijo a propósito de ponerme en la imposibilidad de poder obedecer.”

Y volvió a suspirar y renunciar a todos los deseos. Caprioletto, sintió la, Dijo: “Estimado señor, hazme un favor: sin embargo, no la desesperación de su buena suerte. Usted es un joven muy lindo, para no tener que tener suerte. Sólo asegúrese de día, vamos a tener derecho por el río”.

Avvenente dio pegar dos saltos mano y no respondió sílaba: hasta que cansado y agotado de la pasión, Se quedó dormido.

Caprioletto, cuando vio la primera luz del amanecer, Ambos comenzaron a gatear, que lo despertó y le dijo: “mente, maestro, disfrazarse: y salir!”.

nada mejor comely deseada. Si alza, y las noticias, en el jardín y el jardín que camina un paso por detrás de la otra en dirección al río, donde comienza a caminar con el sombrero sobre los ojos y los brazos cruzados, pensando en el mal momento de tener que empezar, cuando de repente repente oye una voz que le llamaba: “gentil! gentil!”.

Se vuelve a ver desde todos los lados y no un alma a la vista. Credé había soñado. Se remite a pasear, y otra vez la voz de costumbre de llamar: “gentil! gentil!”.

“¿Quién me llama?”, diss'egli.

Caprioletto, que era muy poco, y para poder mirar hacia el agua en pequeña distancia, Ella le respondió:: “Dame un mentiroso si no es un carpione, color dell’oro, el uno por allí”.

decirlo que hacerlo, un gran Carpio llegó hasta el borde del agua y dijo::

“Has salvado mi vida en los prados Alzieri, donde yo sin ti no habría muerto, y yo te prometí un reemplazo. tomar, querida avvenente, el anillo de aquí hermosa de cabellos dorados”.

Se inclinó y sacó el anillo de la garganta del Carpio y le dio las gracias mil veces.

En lugar de volver a casa, Se dirigió directamente al palacio, en compañía del cervatillo, Yo estaba feliz como una lombriz de asesorar a su amo a venir en la orilla del río.

Se dijo que la princesa avvenente quería verla.

“¡ay! pobre joven!”, diss'ella, “y’ vien da me per congedarsi. Se comprenderá que lo que yo quiero de él es imposible, y comenzará a ir a decirle a su amo.”

gentil, acaba de presentar, le presentò l’anello dicendo: “Aquí, o Principessa, il vostro comando è stato obbedito: sareste ora tanto compiacente di prendere per vostro sposo il mio augusto padrone?”.

Quand’ella vide il suo anello, sano e salvo come se non fosse stato toccato, rimase meravigliata: ma tanto meravigliata, che credeva di sognare.

“realmente”, dijo, “grazioso Avvenente! Si vede proprio che voi avete una fata dalla vostra altrimenti questi miracoli non si fanno.

“Señora”, egli replicò, “io non so di fate: ma so che ho un gran desiderio di contentare ogni vostra voglia.

Poiché avete questa buona volontà”, ella continuòrendetemi un altro gran servizio, sin la cual no hay ninguna posibilidad de que me atrevo a llevar a su marido. Hay un príncipe, no lejos de aquí, Said Galifrone, que ha tomado la decisión de casarse conmigo. Me presentó a su intención de miedo con amenazas, diciendo que si no quiero, metterà lo scompiglio e la desolazione nemiei Stati. Ma ditemi un po’ lata, si pudiera escuchar a él. Imagínese, es un gigante más grande de una gran torre; y que es capaz de comer a un hombre como un mono podría comer una castaña. Cuando se está a la campaña, Se pone en el bolsillo de pequeños cañones, que luego sirve como si fueran armas: y cuando habla en voz alta, Se llega a ser sordos a todas las personas que están cerca. Lo envié a decir que no tenía deseos de casarse y me disculpo: pero no dejó de atormentarme: matando a mis materias, y antes de que todas las cosas tienen para usted a discutir con él, y tráeme su cabeza.”

Comely fue sorprendido por este discurso: stette un posoprappensiero; luego dijo: “Bueno, o signora! Voy a luchar con Galifrone. Creo que voy a tocar! De todos modos, Voy a morir con valor”.

Princesa permaneció meravigliatissima: y ella le dijo a una montaña de cosas, para ver la inversa que por esta empresa. Pero no fue suficiente para nada. El vino fuera de él, comenzando inmediatamente en busca de armas y todo lo necesario.

Cuando él tenía lo que quería, Cervatillo normalmente escondido en pequeña cesta, Montó en su buen caballo y se fue a la tierra de Galifrone. Para aquellos que cumplieron porque, pidió a todos a saber de él: y todos dijeron que era un verdadero diablo, y que el único temor era tener que llevar. Caprioletto, para animarle, Ella le dijo: “Estimado señor, en el mismo momento que va a batir, Voy a ir a morder las piernas: se inclinará para mantenerme fuera de sus pies, y mientras tanto te matas con el”.

Comely admiraba el espíritu de su canino: pero sabía que su ayuda no hubiera sido por la necesidad.

Finalmente se llegó a las inmediaciones del castillo Galifrone: todos los caminos se plantaron con los huesos y los cadáveres de los hombres, que había comido o hecho en pedazos. Tampoco se vio obligado a esperar un largo tiempo, porque vio que él aparece detrás del bosque. Su cabeza superó los árboles más altos, y con una voz aterradora sang:

 

Que me trae a los niños más lindos

Da farli scricchiolare sotto il dente?

 

Ne ho bisogno di tanti e poi di tanti.

Che in tutto il mondo non ce n’è bastanti.

 

E subito Avvenente, a botta e risposta, si messe a cantare:

 

Fatti avanti, c’è Avvenente

Che saprà strapparti i denti;

Non è un colosso di figura,

Ma di te non ha paura.

 

Le rime non tornavano precise: ma bisogna riflettere che la strofa la improvvisò in fretta e in furia, ed è un miracolo se non la fece anche più brutta, per la paura che gli era entrata in corpo. Quando Galifrone sentì questa risposta, si voltò di qua e di là, e vide Avvenente colla spada nel pugno della mano, che gli disse per giunta tre o quattro parolacce, per farlo andare in bestia più che mai. Non ci mancava altro!

Egli prese una furia così spaventosa, que, afferrata una mazza tutta di ferro, avrebbe ucciso con un colpo solo il delicato Avvenente, senza il caso di un Corvo che venne a posarglisi sulla testa e gli dette negli occhi una beccata così aggiustata, che glieli cavò di netto.

Il sangue gli grondava giù per il viso: e infuriato da far paura, picchiava mazzate a diritto e a rovescio. Intanto Avvenente, scansandosi a tempo, gli tirava dei colpi di spada, ficcandogliela in corpo fino all’impugnatura: e tanto era il sangue, che il gigante perdeva dalle sue molte ferite, che finalmente stramazzò per terra.

Avvenente gli tagliò subito la testa, tutto allegro di avere avuto questa bella fortuna; e il Corvo che s’era posato sul ramo d’un albero, Dijo:

Io non ho dimenticato il servizio che mi rendeste, uccidendo l’Aquila che mi dava addosso. Vi promisi di contraccambiarvi, e credo di aver pagato il mio debito”.

“Es lo que le deben todo, El Sr. Cuervo”, Él respondió avvenente, “y que anuncie tu buen sirviente.”

Luego se montó en su caballo a la vez, con la carga de la cabeza aterradora Galifrone.

Cuando llegó a la ciudad, todos los que seguían tras él gritando: “Aquí está la buena avvenente, que vuelve de haber muerto el gigante Galifrone” y la princesa, oyó un ruido y temblando de miedo que lo iban a dar la noticia de la muerte de Cornely, No tenía aliento para preguntar qué había sucedido. Pero en ese momento ella vio entrar avvenente, con la cabeza del gigante, que todavía poner el terror, a pesar de que ya no podía hacer ningún daño.

“Señora”, dijo, “tu enemigo está muerto. Espero que ahora no voy a decir nada más al Rey, Mi maestro de agosto.”

“Ah! indudable”, Bella dijo que el cabello dorado, “que siempre voy a decir no, Si antes de salir de no encontrar una manera de traer el agua en la cueva oscura. Tenemos aquí, poco distante, una cueva profunda que se extiende más de a cien kilómetros. Hay dos dragones de entrada que impiden la entrada. llamas tiro de la boca y los ojos. Pero cuando estamos dentro de la cueva, Hay un gran agujero en el que tienes que bajar, y está lleno de sapos, de Biacchi, de lagartos y otras serpientes. En el fondo de este agujero hay un pequeño nicho, de la que brota la fuente de la belleza y la salud: Quiero que todos que los costos de agua. Todo lo que se lave con agua que se convierte en una maravilla: si estamos hermosa, uno es siempre bella: Si fea, usted se convierte en bella: somos jóvenes, uno sigue siendo joven: si el viejo, si ringiovanisce. Vedete bene, querida avvenente, che io non posso lasciare il mio Regno, senza portar meco un poco di quell’acqua lì.

“Señora”, respondió; “voi siete tanto bella, che quest’acqua per voi mi pare affatto inutile: ma io sono un ambasciatore disgraziato, di cui volete la morte. Io vado a cercarvi ciò che voi desiderate, colla certezza nel cuore di non tornare più indietro.

La Bella dai capelli d’oro non cambiò per questo di proposito: e il povero Avvenente partì col suo canino Caprioletto per andare alla grotta tenebrosa, a cercarvi l’acqua della bellezza.

Tutti quelli che lo incontravano lungo la strada, dicevano: “Qué pena ver a un joven más o menos viento tan descuidadamente en la boca de la muerte: él va a la cueva por el propio: pero incluso si fueran cien, Ellos no llegar a ninguna parte. Debido s'incaponisce princesa querer lo imposible?”. Siguió caminando, y no decir una palabra: pero fue triste, muy triste.

Llegó a la cima de la montaña, Sábado por la respiración ripigliar, y permitió que el caballo a pastar y cervatillo corriendo detrás de las moscas. El sabía que la cueva oscura no fue mucho más allá, y parecía que si por casualidad había sido capaz de descubrir; cuando de repente vio una enorme roca, negro como la tinta, de donde salió un humo denso, e di lì a poco uno dei draghi che buttava fuoco dagli occhi e dalla gola. Il drago aveva il corpo verde e giallo, dei grossi unghioni e una coda lunghissima, che s’attorcigliava in più di cento giri. Caprioletto vide anch’egli ogni cosa, e non sapeva dove nascondersi: la povera bestia era mezza morta dalla paura.

gentil, fatto oramai animo di morire, cavò fuori la sua spada e s’avviò colla sua boccetta, che la Bella dai capelli d’oro gli aveva dato, per riempirla coll’acqua della bellezza. Egli disse al suo canino Caprioletto:

Per me è finita! io non potrò mai arrivare a prendere di quest’acqua, che è custodita dai draghi; quando sarò morto, riempi la boccetta col mio sangue e portala alla Principessa, porque ella podía ver cuánto cuesta, me servirás: y después de ir a buscar al Rey mi señor, y decirle a mi desgracia”.

Como ella dijo, oyó una voz que le llamaba: “gentil! gentil!”.

El dijo:: “¿Quién me llama?”, y vio un búho en el hueco de un árbol viejo, quien le dijo: “Voi mi avete liberato dalle reti decacciatori, donde estaba I tomado: y fue para salvar vidas. Prometí hacer que la recompensa, y ha llegado el momento. Dame tu botella: Conozco todas las idas y venidas de la cueva oscura: Voy a ir a recoger el agua de la belleza”.

Imagínese si esto le complacía! Lo dejo a usted para pensar. Apuesto le dio su botella e inmediatamente entraron en la cueva del búho, ya que entrase en su casa. Y en menos de un cuarto de hora regresó y trajo el frasco lleno y cerrado.

Para avvenente pensó que había tocado el cielo con un dedo: agradeció a la lechuza de mi corazón y, esquí de montaña, tutt'allegro tomó el camino que conducía a la ciudad.

Se dirigió directamente al palacio y presentó la botella a Bella con cabellos de oro, que ya no tenían nada que decir.

Dio las gracias a avvenente, y dio la orden de que se creó todo para la salida. Luego se puso en el camino con él: y en el camino, terminó convenció de que el joven era muy agradable; y, a veces, decía: “Si querías, Me he hecho rey y no tendríamos partes siempre de mi Unidos”. Pero él respondió: “Sacrificaría todos los tronos de la tierra, piuttosto che dare un dispiacere così forte al mio Re: sebbene voi siate più bella del sole”.

Finalmente giunsero alla Capitale, y el Rey, sapendo che la Bella dai capelli d’oro stava per arrivare, andò a incontrarla e le presentò i più bei regali del mondo.

Furono fatte le nozze, e con tanta gala e magnificenza, che si durò a discorrerne per un pezzo; ma la Bella dai capelli d’oro, che in fondo al cuore era innamorata di Avvenente, non poteva stare senza vederlo e l’aveva sempre sulla bocca.

Ella diceva al Re: “Se non era Avvenente, io non sarei dicerto venuta qui: egli ha fatto per me delle cose, da non potersi credere; e voi dovete essergli grato”.

Gl’invidiosi che sentivano questi discorsi della Regina andavano dopo bisbigliando al Re: “Voi non siete geloso; eppure avreste motivo di esserlo. La Regina è così innamorata di Avvenente, che non mangia né beve più; essa non fa altro che parlar di lui e della grande riconoscenza che voi dovete avergli: come se chiunque altro aveste mandato, nel posto suo, non avesse saputo fare altrettanto”.

E il Re disse: “realmente, che me ne sono accorto anch’io. Che sia preso subito e imprigionato nella torre, coi ferri ai piedi e alle mani”.

Avvenente fu preso e, in ricompensa di aver così bene servito il Re, fu chiuso nella torre coi ferri ai piedi e alle mani. La sola persona che egli vedesse, era il guardiano della carcere; il quale gli gettava da una buca un pezzo di pan nero e un pod’acqua in una ciotola di terra. Ma il suo piccolo Caprioletto non lo abbandonava mai, y llegó a animarle y para traer todos los nuevos que atraviesa la ciudad.

Cuando la hermosa de cabellos de oro llegó a risapere la desgracia avvenente, Se fue a arrojarse a los pies del Rey, y lágrimas en los ojos le rogaron que lo despertará de la prisión. Pero se recomienda, y la s'intristiva Rey, pensando para sí mismo: “Es una señal de que está enamorado” y para que no pretende ni la razón ni oraciones.

Rey terminó tomar la iniciativa no es suficiente atractivo a los ojos de la Reina: y él tuvo la idea de lavar la cara con el agua de la belleza, para ver si de esta manera se las arregló para ser amado un poco más. Esta agua estaba en llamas en la cámara de la Reina, que la mantenía allí, por tener siempre un ojo; pero una de sus criadas, querer matar a una araña con un cepillado, Por qué cayó desgraciadamente matraz, que rompió, y el agua se fue por toda la Tierra. La camarera Ripuli todo en un apuro, y no saber cómo rimediarla, recordó que había visto en somigliantissima gabinete del rey y otra botella llena de agua clara, como tal, ya que el agua de la belleza. No parecía que su hecho, Él tomó sin estrella para decir nada y lo puso en la chimenea de la Reina.

El agua que estaba en el gabinete del rey se utilizó para matar a los príncipes y grandes señores, cuando se habían hecho algunos de los grandes. En lugar de cortarles la cabeza y colgarlos, Se bañó la cara con esta agua: y así se quedaron dormidos y no se despertaron más. Una sera, por lo tanto,, El rey tomó la botella y se frotó a fondo con la cara. Después de que él se durmió y murió.

El pequeño cervatillo, que fue uno de los primeros en escuchar el caso, inmediatamente fue a decirle que avvenente, quien le dijo que fuera corriendo de oro hermosa de pelo y pedirle a querer recordar el pobre prisionero.

Cervatillo se deslizó de entre las piernas de la multitud, porque el Tribunal había una gran yendo y viniendo y un gran rumor de la muerte del rey, y dijo a la Reina: “Señora, que no se olvide a los pobres avvenente”.

Se recordó de inmediato de todos los sufrimientos que había soportado por ella, y su gran fiabilidad.

Se fue sin decir nada a nadie, y se fue directamente a la torre, donde rompió las cadenas de la misma por las manos y los pies de Cornely: y poner una corona sobre su cabeza y un manto real sobre sus hombros, dicho: “venir, querida avvenente, Me haré Reyes, y te llevo para mi marido”.

Se arrojó a sus pies y dio las gracias: y todo el mundo llama a sí mismos afortunados de tenerlo para el rey. La boda se realizó con gran magnificencia, y hermosa de cabellos dorados vivieron muchos años con su bell'Avvenente, ambos felizmente, poterselo no incluido.

 

Usted quiere que avvenente dejar a sus hijos un libro de recuerdos: un libro curioso, porque tenía todas las páginas blancas, menos la última, en la que había escrito en su propia mano las siguientes palabras:

Se per caso qualche povero diavolo ricorre a te per essere aiutato, tu aiutalo: né badare com’è vestito, né se abbia viso di persona da poterti rendere, un giorno o l’altro, il piacere che gli fai.

Buenas obras y generosa que nunca negociar: ni los necesita con la intención de ripigliarci por encima de la fruta y el desgaste.

De todos modos, Siempre tenga en cuenta el hecho de que un beneficio nunca se pierde”.

 

 

 

El pájaro azul

 

Había una vez un rey, muy rica en dinero y tierras: su esposa murió, y él estaba inconsolable. Durante ocho días enteros cerrados en una pequeña sala de estar, donde se golpeó la cabeza en la pared, tal era el dolor que desgarraba el alma; por temor a que terminaría coll'ammazzarsi, los colchones fueron alojados entre la pared y la pared de la habitación. Para que pudiera sbatacchiarsi a voluntad, y no había ninguna posibilidad de que pudiera resultar herido. Todos sus temas messero de acuerdo para ir a verlo y le dicen a los que se cree razones más adecuados, para iscuoterlo por su tristeza. Algunos preparados charla muy seria: otros salieron con las cosas buenas e incluso alegre: pero todos estos no charla sobre él ni frío ni caliente. Ni siquiera se preocupaba por lo que se le dijo.

Finalmente se presentó, entre otros, una mujer todo se oscureció y se cubre con velos negros, mantillas y las secuelas del gran duelo, que llanto y llorando tan fuerte, y gritos tan aguda y ventilado, Me sorprendió que el Rey. Ella le dijo que no iba a hacer como los demás: y que no era por su dolor iscemargli, sino más bien para aumentarla, sin saber que habría una cosa que el derecho del mundo a llorar perdido una buena esposa: y que ella, que el mejor de los maridos habían caído, Se hizo en nombre de llorar, hasta que tuvo lágrimas y ojos. En este punto, Ella redobló sus gritos y sus lágrimas, y el Rey, siguiendo el ejemplo de su, Hizo como un niño gritando.

Él recibió mejor que los demás: y él contó la historia de las buenas cualidades de su querido difunto, tal como lo hizo los méritos de su ser querido fallecido; y montones discorsero, ninguno de los dos sabe qué decirle en nombre de su gran aflicción. Cuando la viuda astuta notó que el sujeto estaba en las últimas, Se levantó el velo un poco y el rey era capaz de recrear la vista en el estudio de este bonito desconsolada, que debajo de dos largas pestañas muy negras se dio la vuelta y se trasladó con moltissim'arte un par de ojos, grande y azul profundo, como el azul de un cielo estrellado. Su tez era siempre fresco. El rey comenzó a mirar con mucho cuidado: un poco a la vez, Habló menos de su esposa, y termina por no hablar de ello. La viuda se cuidó de decir que quiere más y llorar a su marido: e il Re la consigliava a non voler rendere eterno il suo dolore. Per farla corta, tutti cascarono dalle nuvole, nel sentire che il Re l’aveva sposata, e che il nero s’era cambiato in verde e in color di rosa.

Spesso e volentieri basta conoscere il debole delle persone, per impadronirsi del loro cuore e farne quel che ci pare e piace.

Il Re, dal suo primo matrimonio, non aveva avuto che una sola figlia, la quale passava per l’ottava meraviglia del mondo; e si chiamava Fiorina, perché somigliava alla Flora, tanto era fresca, giovine e bella. Ella non portava mai vestiti sfarzosi; preferiva invece la seta leggera, con qualche fermaglio di pietre preziose e molte ghirlande di fiori, che facevano una figura magnifica intorno ai suoi bellissimi capelli. Aveva quindici anni, quando il Re si rimaritò.

La novela reina envió a una de sus hijas, quien se crió en la casa de su madrina, Sussio la parte delantera: pero ninguno se había vuelto más bonita y más bonita.

El hada se había tomado un gran compromiso: pero sin ninguna buena concluirá: Pero él los quería mucho bien.

Llamaron a trotona, porque estaba en la cara de las manchas rojizas, como la trucha: su cabello era tan gordo y imbiosimati, no aprovecharse de ella para tocar su piel cetrina y goteaba grasa.

La reina les quería un alma buena y no tenía nada en su boca que su querido trotona; Fiorina y por qué había estado en el que todo sea mucho más favorecido de su hija, Se sentía un gran enchufe para el corazón, e faceva di tutto per mettere Fiorina in uggia al padre.

Non c’era giorno che la Regina e Trotona non inventassero qualche marachella a danno di Fiorina; ma la Principessa, così dolce di carattere e piena di spirito, ci passava sopra e faceva finta di non darsene per intesa.

Il Re disse un giorno alla Regina che Trotona e Fiorina erano tutte e due da marito, e che appena si fosse presentato un Principe in Corte, bisognava fare in modo di dargliene una.

Io voglio”, disse la Regina, “che mia figlia sia maritata la prima: ha più anni della vostra, e siccome è anche mille volte più graziosa, così non c’è nemmeno da esitare e da pensarci sopra.

Il Re, a cui non piaceva mettersi a tu per tu, disse che per parte sua era contentissimo, e che la lasciava padrona di fare e disfare.

Di lì a poco tempo si venne a sapere che stava per giungere il Re Grazioso. Non c’era ricordanza d’un altro Re più galante e più splendido di lui. Il suo spirito e la sua persona rispondevano a capello al suo nome.

Appena la Regina venne a saperlo, messe subito in moto tutte le sarte e tutti i lavoranti di mode, per allestire il corredo alla sua Trotona.

Di più, pregò il Re a non fare nessun vestito di nuovo a Fiorina; y, messa su la cameriera di lei, le fece portar via tutti i suoi abiti, le pettinature e le gioie, il giorno stesso in cui arrivò il Principe Grazioso; e così Fiorina, quando andò per vestirsi, non trovò nemmeno il biracchio d’un nastro e mandò alle botteghe, per comprare delle stoffe: ma risposero che la Regina aveva loro proibito che le fosse venduta la più piccola cosa. Ragione per cui ella si trovò con un vestituccio da casa, abbastanza indecente, e n’ebbe tanta vergogna che, all’arrivo del Re Grazioso, andò a rincattucciarsi in un angolo della sala.

La Regina lo ricevé con grandi salamelecchi e gli presentò sua figlia, che era più risplendente del sole, e più brutta del solito, a cagione dei tanti fronzoli che aveva addosso. Il Re si voltò da un’altra parte per non vederla: e la Regina intestata a credere che gli piacesse troppo e che non volesse impegnarsi, cercava tutti i mezzi per mettergliela dinanzi agli occhi. Egli domandò se non vi fosse anche un’altra Principessa, chiamata Fiorina.

“Uno,” Trotona indicandola dijo col dijo “Allí se esconde, porque es un broccola.”

Fiorina se sonrojó y se convirtió en hermosa, pero lo más justo, Está bien que el Rey quedó deslumbrado. Se levantó rápidamente, Hizo un grand'inchino a la princesa, y él le dijo:

“Su belleza es tal, que no necesita adornos y otros objetos de adorno.”

“señor”, ella respondió, “Juro que no es mi costumbre de llevar ropa indebidos, como este: y me hubieran hecho un gran regalo no dar la vuelta hacia mí.”

“no se pudo”, -exclamó Niza, “que una princesa tan maravilloso, estando presente en alguna parte, Pueden tener ojos para otra, y no para ella!”

“Ah!”, la Reina dijo con irritación, “Me paso el tiempo muy bien para escuchar sus palabras. Créeme, señor: Fiorina è già abbastanza civetta e non ha bisogno di essere stuzzicata con tante galanterie.

Il Re Grazioso capì per aria le ragioni che facevano parlare così la Regina; ma non essendo uomo da peritarsi o da pigliar soggezione, lasciò libero sfogo alla sua ammirazione per Fiorina, e ci parlò insieme per tre ore di seguito.

La Regina che aveva un diavolo per capello e Trotona che non sapeva darsi pace di vedersi preferita la Principessa, andarono tutte e due a lamentarsi risentitamente dal Re e lo costrinsero a consentire che Fiorina venisse rinchiusa in una torre per tutto il tempo che il Re Grazioso fosse rimasto alla Corte, perché così non avessero modo di vedersi fra loro. decirlo que hacerlo, appena Fiorina fu tornata nella sua stanza, quattro uomini mascherati la portarono in cima alla torre e ce la lasciarono nella più grande costernazione, perché ella capiva benissimo che con questo tiro si voleva toglierle l’occasione di piacere al Re, il quale piaceva già tanto a lei, che avrebbe desiderato averlo per suo sposo.

Il Re Grazioso, che non sapeva nulla della violenza usata alla Principessa, aspettava smaniando l’ora di poterla rivedere. Parlò di lei alle persone che il Re gli aveva messo dintorno per dargli un corteggio d’onore; ma queste, per ordine della Regina, gliene dissero tutto il male possibile: che era una fraschetta, una capricciosa, d’indole cattiva, il supplizio dei conoscenti e dei servitori, che non si poteva essere più sudici di lei e che spingeva la spilorceria fino al segno di vestirsi peggio d’una pecoraia, piuttosto che comprarsi delle belle stoffe, coi denari che le passava suo padre. A sentire tutte queste storie, Grazioso si rodeva dentro di sé, e aveva certi scatti di collera, che durava fatica a frenarli.

“No”, diceva esso fra sé e sé, “non è possibile che il cielo abbia messo un’anima così volgare in quell’opera così bella della natura. Sia pure che quando la vidi, non fosse vestita con molta decenza, ma il rossore che n’ebbe, prova abbastanza che quella non è la sua abitudine. Come può essere cattiva, con quell’aria di modestia e di dolcezza che innamora? non mi va giù: e credo invece che la Regina ne dica tanto male apposta. Le matrigne ci sono per qualche cosa in questo mondo: e quanto alla Principessa Trotona, è una così brutta versiera, che non mi farebbe punto specie se invidiasse a morte la più perfetta fra tutte le creature.

Mentre egli fantasticava così, i cortigiani che gli stavano dintorno capirono dalla sua cera, che a dirgli male di Fiorina, non gli avevano fatto un gran piacere. Ce ne fu uno più svelto degli altri, il quale mutando linguaggio e registro, per arrivare a conoscere i sentimenti del Re si fece a dire le più belle cose sul conto della Principessa. A quelle parole, egli si svegliò come da un sonno profondo, prese parte alla conversazione e la gioia brillò sul suo viso. Amore, Amore,… lo difícil que es conocer usted está ocultando! Usted asomando por todas partes: en los labios de un amante, no’ suoi occhi, el sonido de su voz: Cuando realmente amas, el silencio y la conversación, la alegría y la tristeza, todo lo que revela lo que sientes dentro.

La reina impaciente por saber si el rey Encanto había mantenido firmemente tomada Fiorina, Llamó a los que él había admitido a su confianza, y pasó el resto de la noche para interrogarlos.

Todas las cosas que ellos dijeron valían más que confirmar la idea de que el rey amaba Fiorina.

Pero lo que voy a decirle de matar el espíritu de la pobre princesa? Estaba tumbada en el suelo en la parte más alta de la torre terrible, dove era stata portata quasi di peso dagli uomini mascherati.

Sarei meno da compiangere”, diciendo que, “se mi avessero rinchiusa qui, prima di conoscere quel simpatico Re. La memoria che serbo di lui non può servire che a far crescere i miei tormenti. Si vede bene che la Regina mi tratta in questo modo per impedirmi di poterlo vedere. Povera me! quanto mi dovrà costar cara questa podi bellezza che il cielo mi ha dato!”

E dopo piangeva, e piangeva tanto dirottamente, che la sua stessa nemica ne avrebbe avuto pietà, se avesse veduto il suo dolore. E così passò la nottata.

El Regina, che voleva amicarsi il Re a furia di moine e di segni particolari di riguardo e d’attenzione, gli mandò degli abiti splendidissimi, d’una magnificenza senza pari e tagliati sulla moda del paese: e più, le insegne dei cavalieri dellAmore, ordine cavalleresco istituito dal Re, per voler di lei, il giorno stesso del loro matrimonio. Era un cuore d’oro, smaltato color di fiamma, contornato da parecchie frecce e trapassato da una di queste, col motto: “una sola mi ferisce”.

La Regina aveva fatto tagliare per il Re Grazioso un rubino grosso come un uovo di struzzo: ogni freccia era di un solo diamante, lungo quanto un dito, e la catena alla quale era appeso il cuore, tutta fatta di perle, delle quali la più piccola pesava un mezzo chilogrammo: en breve, dacché mondo è mondo, non s’era mai veduto nulla d’eguale.

A quella vista il Re rimase così stupito, che per qualche minuto non seppe trovare il verso di dire una parola. Nel tempo medesimo gli fu presentato un libro, di cui i fogli erano in carta velina, con miniature meravigliose e la copertina tutta d’oro e carica di gemme, e dove erano scritti con un linguaggio molto appassionato e galante gli statuti dell’Ordine deCavalieri d’Amore.

Dissero al Re che la Principessa, da lui veduta, lo pregava a voler essere suo cavaliere; e che intanto gli mandava questi regali.

A estas palabras,, egli osò lusingarsi che questa Principessa fosse appunto quella amata da lui.

“Ven! “, esclamò egli, “la bella Principessa Fiorina pensa a me in una maniera così generosa e cortese?”

“señor”, gli dissero, “voi pigliate sbaglio sul nome; noi veniamo qui da parte dell’amabile Trotona.

È la Trotona che mi vuole per suo cavaliere?”, dijo el rey, con una fisionomia seria e ghiacciatami dispiace di non potere accettare tanto onore, ma un sovrano non è padrone di prendere gl’impegni che vorrebbe. Io conosco i doveri d’un cavaliere, e vorrei adempirli tutti: preferisco dunque non avere la grazia, che ella mi offre, piuttosto che dovermene rendere indegno.

E rimesse subito nella cestina il cuore, la catena e il libro, e rimandò ogni cosa alla Regina, la quale ci corse poco che, insieme a sua figlia, non affogasse della bile per il modo disprezzante col quale il Re straniero aveva accolto un favore così singolare.

Appena Grazioso ebbe il tempo di recarsi dal Re e dalla Regina, entrò nel loro appartamento colla speranza di trovarvi Fiorina. La cercò cogli occhi dappertutto: e quando sentiva qualcuno entrare nella stanza, si voltava subito a guardare; si vedeva che era inquieto, e di cattivo umore. La malvada reina había adivinado lo appuntino príncipe meditó en el corazón, pero era indiferente que no saber nada.

Se habló de los juegos de recreo; y él respondió a la inversa. Con el tiempo se preguntaban Niza, donde la Princesa Fiorina.

“señor”, dijo con orgullo reina, “Rey su padre ha prohibido salir de sus habitaciones, siempre y cuando mi hija no tomó su marido.”

“Y lo que la razón”, Él respondió el Rey, “No puede haber, tomar prisionero a la bella Princesa?”

“Non lo so”, disse la Regina, “y aunque lo supiera no lo creería obligado punto de decirle.”

Para el rey había subido el berrinche hasta que la punta del cabello. Dio las miradas, ladeado, un trotona, y pensó que era debido a que el monstruo, se gli era stato tolto il piacere di veder la Principessa. Si congedò in quattro e quattr’otto dalla Regina, perché la sua presenza gli faceva male al cuore.

Quando fu tornato nella sua camera, disse a un giovane Principe che lo aveva accompagnato e al quale voleva un gran bene, di spendere tutto quello che ci fosse voluto, pur di tirargli dalla sua qualche cameriera della Principessa, e aver così il modo di parlarle un solo momento.

Questo Principe trovò senza fatica alcune dame di Corte che s’intesero con lui: e fra le tante, ce ne fu una che gli dètte per sicuro che quella sera stessa Fiorina sarebbe stata a una finestrina bassa, che dava sul giardino; e che di lì il Principe avrebbe potuto parlarle: significa bien, adoperando tutte le cautele da non essere scoperto, perché, diciendo que, il Re e la Regina sono tanto severi, che se scoprissero che io ho tenuto di mano agli amori del Principe Grazioso, per me sarebbe morte sicura.

El Príncipe, contento da non potersi dire di aver menata la cosa fino a quel punto, le promise tutto quello che volle, e corse a fare la sua parte col Re, avvertendolo dell’ora fissata per il ritrovo. Ma la confidente, che era di malafede, andò subito a risoffiare ogni cosa alla Regina, e si messe ai suoi ordini.

Il primo pensiero della Regina fu quello di mandare la propria figlia alla piccola finestra; e la imbeccò così bene, che Trotona, sebbene fosse una grande stupida, non dimenticò un etto di quello che doveva dire e fare.

La notte era così buia, che sarebbe stato impossibile al Re di accorgersi della trappoleria, quand’anche non avesse avuto ragione di credersi sicuro del fatto suo: di modo che si avvicinò alla finestra con un trasporto di gioia incredibile.

E lì disse a Trotona tutte quelle cose che avrebbe dette a Fiorina, per assicurarla del suo grand’amore.

Trotona, profittando dell’equivoco, gli rispose che era la creatura più infelice di questo mondo, a motivo di una matrigna così spietata e che avrebbe dovuto passarne ancora chi sa quante, prima che la figlia di lei non si fosse maritata.

Il Re disse e giurò che se ella lo avesse voluto per suo sposo, sarebbe stato più che felice di metterla a parte della sua corona e del suo cuore.

E nel dir questo, Se quitó un dedo y pegándolo en el dedo anular trotona añadió que esta era una promesa eterna de su fe, y fue a ella para fijar la hora de la partida. trotona respondió, lo mejor que pudo, todos estos cálida amabilidad.

Se había dado cuenta muy bien que en respuesta a ella no era un grano de sentido común: lo que desagradaría, si no se ha convencido de que el miedo aparición repentina de la Reina iba a ser la causa de esos discursos incoherentes.

Se separó de ella, con la condición de que volvería al día siguiente: y ella prometió de todo corazón.

El Regina, Yo sabía que el éxito de la primera entrevista, Ella comenzó a esperar para siempre. de hecho, fija el día de salida, el Rey fue a tomar en un carro volador, tirato da ranocchi alati, regalo fattogli da un Mago amico suo.

La notte era buia di molto. Trotona uscì misteriosamente da una piccola porta, y el Rey, che la stava attendendo, la prese fra le sue braccia e le giurò cento e cento volte fedeltà eterna!

Ma siccome non si sentiva in vena di seguitare a volare per lungo tempo nel suo cocchio volante, senza sposare la Principessa, che amava tanto, così le chiese dove voleva che si facessero le nozze: ella rispose che aveva per comare una fata chiamata Sussio, molto conosciuta, ed era suo avviso di andare al castello di lei.

Il Re non sapeva la strada, ma bastò che dicesse ai suoi grossi ranocchi: conducetemi là. Essi sapevano la carta geografica dell’Universo, e in pochi minuti portarono lui e la Trotona dalla fata Sussio.

Il castello era così bene illuminato, che il Re, arrivandovi, si sarebbe subito avvisto del suo errore, se la Principessa non avesse avuto la malizia di coprirsi tutta col velo. Chiese della comare: la chiamò a quattr’occhi, e le raccontò il come e il quando avesse ingannato il Principe Grazioso, pregandola a fare in modo di rabbonirlo.

“Ah! mi hija!”, dijo el hada, “la cosa non sarà facile: egli ama troppo Fiorina, e son sicura che ci farà disperare, e dimolto.

Intanto il Re le aspettava in una sala, le cui pareti erano di diamanti, così nitide e così trasparenti, da lasciargli vedere, a traverso di essi, la Sussio e Trotona, che parlavano fra di loro.

Credé di sognare.

“posible”, diceva, “che io sia stato tradito? O sono i diavoli, che hanno portata qui questa nemica della nostra gioia? Vien’ella forse per avvelenare il nostro matrimonio? E la mia diletta Fiorina non si vede venire! Chi sa che il padre suo non l’abbia inseguita fin qui!”

Molte altre cose gli passavano per la testa, che lo mettevano in grande agitazione; ma il peggio fu quando le due donne entrarono nella sala, e che Sussio gli disse con voce di comando:

Re Grazioso, ecco qui la Principessa Trotona, alla quale avete dato la vostra parola, essa è mia figlioccia, e desidero che la sposiate subito”.

“Yo”, Exclamó el Príncipe, “io sposare quel brutto scarabocchio? Si vede proprio che mi avete preso per un uomo di pasta frolla, a farmi certi discorsi. Sappiate intanto che io non le ho fatta nessuna promessa, e se ella dice il contrario, si merita il titolo…”

Non proseguite”, disse Sussio, “e badate bene di non mancarmi di rispetto.

Sia pure”, Él respondió el Rey, “Debería respetarte, ya que puede merecer un hada: pero también quiero que me hagas mi princesa.”

“Y no soy tu princesa, spergiuro?”, Said trotona, que muestra el anillo, “¿A quién le da este anillo como una promesa de fe? ¿A quién le habla con la pequeña ventana, No si conmigo?”

“¿por qué?”, respondió, “Por lo tanto, se me ha traicionado… engañado? No, y mil veces no! No quiero ser la víctima y el hazmerreír de los demás. Su, su, ranas! mis valientes ranas! Voy a salir de inmediato.”

“No es algo que se puede hacer sin mi permiso”, disse Sussio. Ella lo tocó, y sus pies son atacados all'impiantito, como si no hubiera quedado clavado.

“Quand'anco I lapidaste”, la disse que Re, “incluso si vivo scorticaste, Nunca seré el otro el de Fiorina; se toma mi resolución, e fate pure di me quello che più vi piace.

Sussio messe in opera tutto, dolcezze, maniere, promesse, preghiere; Trotona pianse, strillò, singhiozzò, andò in convulsioni, e si calmò. Il Re non aprì più bocca, e guardandole tutte e due con grandissimo disprezzo, non rispose sillaba alle loro cicalate.

E così passarono venti giorni e venti notti, senza che le due donne si chetassero un minuto, e senza che sentissero il bisogno di mangiare, di dormire e di mettersi a sedere.

Alla fine Sussio, stanca morta da non poterne più, disse al Re:

“Bueno, voi siete un ostinataccio, né c’è verso di farvi intendere la ragione: scegliete dunque: o sett’anni di penitenza, per aver dato la vostra parola senza mantenerla, o sposare la mia figlioccia”.

Il Re, che fin allora aveva serbato un profondo silenzio, gridò subito:

Fate di me tutto quel che volete, purché io sia liberato da questa sguaiata”.

Sguaiato voi”, replicò Trotona inviperita. “Ci vuol davvero una bella faccia fresca, cómo su, sovranuccio da un soldo la serqua, a venire con un equipaggio da ranocchiai fino nel mio paese, per dirmi delle insolenze e per mancarmi di parola. Se aveste un brindello d’onore, terreste forse questo contegno?”

I vostri rimproveri mi straziano l’anima” dijo el rey, in atto di canzonatura. “Capisco anch’io che ho un gran torto a non sposare questa bella fanciulla!”

“No, no, non la sposerai mai”, gridò Sussio tutta stizzita. “A te non rimane altre che volare da questa finestra, perché per sett’anni interi tu sarai l’uccello turchino.

A queste parole il Re cominciò a cambiare d’aspetto; le braccia si vestono di penne e formano le due ali: le gambe e i piedi diventano neri e sottili; gli crescono delle unghie appuntate; il corpo si assottiglia e si cuopre tutto di lunghe piume finissime e macchiate di turchino; gli occhi si fanno tondi e brillano come due soli; il naso ha preso il garbo di un becco d’avorio; sul suo capo spunta un ciuffetto bianco, in forma di diadema; canta da innamorare e parla nello stesso modo.

Ridotto in quello stato, manda un grido di dolore nel vedersi così trasfigurato e, pigliando il volo a ali spiegate, fugge dal funesto palazzo di Sussio.

Pieno l’anima di tristezza infinita, va svolazzando di ramo in ramo, scegliendo a preferenza gli alberi consacrati all’amore o alla malinconia; e ora si posa sui mirti, ora sui cipressi: e canta delle arie pietose, colle quali piange sulla sua trista sorte e su quella di Fiorina.

Dove l’avranno nascosta i suoi nemici?”, egli diceva, “che sarà mai accaduto di quella bella infelice? Il cuore spietato della Regina l’avrà lasciata ancora in vita? Dove potrò cercarla? E sarò dunque condannato a passare sette anni senza di lei? Forse in questo tempo le daranno uno sposo, e io perderò per sempre l’unica speranza che mi faccia cara la vita.

Questi pensieri accuoravano così forte l’uccello turchino, che gli venne voglia di lasciarsi morire.

Intanto la Sussio aveva rimandato Trotona dalla Regina madre, la quale stava in gran pensiero sul come fosse andato a finire lo sposalizio.

Ma quando vide la figlia, e che riseppe da lei tutto l’accaduto, Tomó una furia aterradora, retroceda, que fue a caer de nuevo en los pobres Fiorina.

“Quiero”, dijo, “para que se arrepienta más de una vez que había sido capaz de caer en el amor con el rey de Niza.”

Ella subió en la torre junto con trotona, la quale era vestita desuoi abiti più sfarzosi: e portava in capo una corona di brillanti e le reggevano lo strascico del manto reale tre figli depiù ricchi baroni dello Stato.

En el dedo gordo del pie que tenía el anillo del rey con Encanto, el mismo hombre que había dado a los ojos Fiorina, el día en que habló junto.

Estaba aturdido y no sabía qué pensar, ver trotona lo largo de la gala.

“Esa es mi hija”, disse la Regina, “que vino a traer regalos de su boda; que era la esposa del rey con Encanto, il quale ne è innamorato morto: non c’è da figurarsi una coppia più felice di loro!…”

Y así diciendo, furono spiegate davanti alla Principessa le stoffe d’oro e d’argento, le trine, i nastri, le pietre preziose che stavano in una gran cesta di filigrana d’oro. Nel presentarla di tutte queste cose, Trotona s’ingegnò di metterle sott’occhio l’anello del Re; per cui la Principessa Fiorina non poteva ormai più dubitare della sua disgrazia. Ella gridò con l’accento della disperazione che le togliessero davanti agli occhi tutti quei regali tanto funesti; che non voleva più vestire, altro che di nero; o piuttosto morire subito. E cadde svenuta. La crudele Regina, contentissima del tiro fatto, non volle che le fosse prestato alcun soccorso; la lasciò sola in quello stato compassionevole, e corse malignamente a raccontare al Re che sua figlia era talmente invasata dall’amore, fino al segno di commettere delle stravaganze senz’esempio: e che bisognava stare attenti, perché non potesse fuggire dalla torre.

Il Re rispose che era padrona di regolare questa faccenda a modo suo, y que, quanto a lui, non avrebbe avuto nulla da ridire in contrario.

Quando la Principessa si fu riavuta dallo svenimento e poté ripensare al contegno, che tenevano con lei, ai mali trattamenti che riceveva dall’indegna matrigna e alla speranza perduta per sempre di sposare il Re Grazioso, il suo dolore si fece così acuto, che pianse tutta la notte: e affacciatasi alla finestra, si sfogò in lamenti che straziavano il cuore. Quando vide albeggiare, richiuse la finestra e seguitò a piangere.

La notte di poi aprì la finestra, e sospirando e singhiozzando versò un fiume di lagrime; ma appena fatto giorno tornò a nascondersi nella sua stanza.

Intanto il Re Grazioso, o per meglio dire, il bell’uccello turchino, non finiva mai di svolazzare intorno al palazzo: egli pensava che la sua cara Principessa vi era rinchiusa: e se i lamenti di lei erano strazianti, i suoi non lo erano di meno.

Egli si avvicinava alle finestre più che poteva, per metter gli occhi dentro alle stanze: ma la paura che Trotona non lo scorgesse e non le nascesse il sospetto che fosse lui, lo teneva indietro dal fare quanto avrebbe voluto.

Ci va della mia vita”, diceva egli fra sé, “e se quelle due versiere mi scuoprissero, sarebbero capaci di qualunque vendetta; e così bisognerebbe o che io mi allontanassi di qui o che mettessi a repentaglio i miei giorni.

Questi ragionamenti lo persuasero a pigliare tutte le precauzioni immaginabili, y, para la habitual, cantava soltanto di notte.

Rimpetto alla finestra, dove stava Fiorina, c’era un cipresso di una grandezza maravigliosa: l’uccello turchino venne a posarvisi sopra. Appena si fu posato, sentì una voce che si lamentava in questo modo:

Dovrò ancora soffrire per molto tempo? e la morte non verrà a liberarmi da queste pene? Quelli che hanno paura della morte, se la vedono arrivare anche troppo presto: io la desidero, e la crudele mi sfugge. Ah! Regina senza cuore! che t’ho io fatto per tenermi così iniquamente imprigionata? Non puoi inventare altri modi per martoriarmi? Oramai non ti manca altro che farmi vedere coi propri miei occhi, la felicità che gode la sua indegna figlia col Re Grazioso”.

L’uccello turchino non aveva perso una sillaba di questo lamento: ne rimase stupito, e aspettò con una smania indicibile che il sole si levasse, per vedere la donna che si disperava tanto. Ma quando il sole si levò, ella aveva già richiusa la finestra, e s’era ritirata.

L’uccello, curioso, fu puntuale a tornare la sera dopo. Era chiaro di luna. E vide una fanciulla alla finestra della torre, che ricominciava la storia desuoi affanni.

“¡Ay, sorte, sorte!”, diciendo que, “tu che mi cullasti nella speranza d’un trono: tu che mi avevi reso l’amore del padre mio, che t’ho mai fatto, per dovermi sommergere in quest’oceano di grandi amarezze? È proprio scritto che si debba cominciare fin da un’età così giovane, come la mia, a provare la tua incostanza? Ritorna, o barbara, ritorna da me: io non ti domando che una grazia sola; poni fine al mio spietato destino.

L’uccello turchino stava tutto in orecchi, e più ascoltava, più si persuadeva che la donna che lamentavasi a quel modo, doveva essere la sua graziosa Principessa.

E le disse:

Adorata Fiorina, maraviglia denostri giorni, perché volete por fine così repentinamente ai vostri? C’è sempre speranza di trovare un rimedio alle vostre afflizioni”.

“Ven?… chi è che mi volge queste parole di consolazione?” diss'ella.

Un Re infelice”, rispose l’uccello, “il quale vi ama e non amerà che voi sola.

Un Re che mi ama?”, ella soggiunse, “non sarebbe per caso un laccio teso damiei nemici? Pero, después de todo, che cosa ci guadagnerebbe la Regina? Se ella vuol conoscere i miei sentimenti, son pronta a dirglieli colla mia stessa bocca.

“No, Principessa mia”, rispose l’uccello, “l’amante che vi parla non è capace di un tradimento.

Nel dir queste parole, andò a posarsi sulla finestra. Fiorina dapprincipio ebbe una gran paura di un uccello così singolare, che parlava con tant’anima, come se fosse un uomo, sebbene avesse una vocina compagna a quella dell’usignolo; ma la bellezza delle sue penne, e più che altro le cose gentili che le disse, la rassicurarono.

M’è egli dunque concesso di potervi rivedere, Principessa mia?”, esclamò. “Posso io bearmi in tanta contentezza, senza morire di gioia? Pero, ohimè! quanto questa gioia è avvelenata dal vedervi costì in prigione, e dallo stato, nel quale l’iniqua Sussio mi ha trasfigurito per sette anni!”

E voi chi siete, grazioso uccello?”, diseña la Principessa, facendogli delle carezze.

Voi avete pronunziato il mio nome”, soggiunse il Re, “e fate finta di non riconoscermi?”

“Ven!”, diseña la Principessa. “posible, che il più gran Re del mondo!… possibile che il Re Grazioso si sia cambiato in quest’uccellino?”

“¡ay! Pur troppo è così, mia bella Fiorina”, egli riprese a dire, “e l’unica cosa che in tanta disgrazia mi sia di sollievo, gli è di sapere che ho preferito questo martirio a quello di dover rinunziare alla gran passione che ho per voi.

Per me?”, disse Fiorina. “Ah! para la caridad, non cercate di ingannarmi. Lo so, lo so, che avete sposato Trotona: ho riconosciuto il vostro anello nel suo dito: l’ho veduta tutta fiammante dei vostri brillanti. Essa è venuta a insultarmi qui, in questa orribile prigione, carica del peso di una corona e di un manto reale, avuto in dono da voi, mentre io ero carica di catene e di ferri!…”

E voi vedeste Trotona in questo abbigliamento?”, interruppe il Re, “ed essa e sua madre ebbero tanta sfacciataggine da dirvi che tutti quei gioielli erano un regalo mio? Oh cielo! si può essere più sfacciatamente bugiardi di così? E non potermi vendicare come vorrei!… Sappiate dunque che tentarono di mettermi in mezzo: que, valendosi del vostro nome, mi fecero rapire quella brutta megera di Trotona; pero, appena avvistomi dello sbaglio, l’ho piantata lì, e ho preferito piuttosto diventare per sette anni l’uccello turchino, che mancare alla fede che vi ho giurata.

Fiorina provava un piacere così grande, udendo parlare in questo modo il suo caro amante, che non sentiva più i tormenti della sua prigionia. Che cosa mai non gli seppe dire per consolarlo del suo tristo caso e per accertarlo che ella avrebbe fatto per lui, ciò che esso aveva fatto per lei?

Il giorno cominciava a farsi chiaro. Molti ufficiali della corte erano già alzati: e l’uccello turchino e la Principessa parlavano ancora fitto fitto fra loro. Alla fine si separarono con gran dispiacere, dopo essersi scambiata la promessa che tutte le notti si sarebbero riveduti.

La gioia di ritrovarsi insieme fu tanto grande, da non potersi ridire. Ciascuno, per la sua parte, ringraziava l’amore e la fortuna.

Intanto Fiorina stava in pensiero per l’uccello turchino.

Chi me lo assicura dai cacciatori, o dalle grinfie di qualche aquila o di qualche avvoltoio affamato, capace di mangiarselo con tanto gusto, come se non fosse un gran Re? Oh Dio! che sarebbe di me, meschina, se le sue penne fini e leggiere, portate dal vento, giungessero fino nel mio carcere per annunziarmi la sciagura, che io temo sempre?”

Questo tristo pensiero fece sì che la Principessa non poté chiudere un occhio; perché, Cuando realmente amas, le paure pigliano l’aspetto di verità, e quel che prima pareva impossibile diventa possibilissimo; e fu così, che ella passò tutta la giornata a piangere, finché non venne l’ora fissata per andare a mettersi alla finestra.

Il grazioso uccello, nascosto dentro lo spacco d’un albero, in tutto il giorno non aveva fatto altro che pensare alla sua bella Principessa.

Quanto sono contento”, diceva egli, “di averla ritrovata: e com’è premurosa per me! Le gentilezze che mi usa, le sento tutte qui nel cuore!”

L’appassionato amante contava fino al minuto secondo il tempo della sua penitenza, che gli impediva di sposarla; e si struggeva più che mai dal desiderio di veder finita la sua condanna.

E perché voleva usare a Fiorina tutte quelle galanterie, che aveva in poter suo di fare, volò fino alla capitale del suo regno, andò nel suo palazzo, entrò nel suo gabinetto dal buco d’un vetro rotto: prese un paio d’orecchini di diamanti, così belli e così perfetti, da non trovarli eguali, e li portò la sera a Fiorina, pregandola di volerseli mettere.

Me li metterei”, diss'ella, “se voi mi vedeste di giorno; ma siccome non vi parlo che di notte, così non me li metterò.

L’uccello le promise di fare in modo di venire alla Torre nell’ora che ella avesse voluto: allora s’infilò gli orecchini, e passarono tutta la notte in colloqui fra loro, come avevano fatto la sera avanti.

Il giorno dopo l’uccello tornò nel suo regno: andò al palazzo, entrò nel suo gabinetto per il solito vetro rotto, e portò via con sé i più splendidi braccialetti che si fossero mai visti: erano formati di uno smeraldo tutto di un pezzo, sfaccettato e bucato nel mezzo per potervi passare la mano e il braccio.

Credete forse”, gli disse la Principessa, “che il mio amore per voi abbia bisogno di essere coltivato a furia di regali? Ah! si vede proprio che mi conoscete male!”

“No, o signora”, replicò egli, “io non ho mai creduto che i ninnoli che vi offro sieno necessari per conservarmi il bene che mi volete; ma sarei mortificato, se trascurassi la più piccola occasione per mostrarvi l’attenzione che ho per voi: y luego, quando non mi avete dinanzi agli occhi, questi piccoli gioielli saranno buoni a richiamarmi alla vostra memoria.

Fiorina, dal canto suo, gli disse un’infinità di cose gentili, alle quali egli ne rispose mille altre, più gentili che mai.

La notte seguente l’uccello turchino si fece un obbligo di portare alla sua bella un orologio, d’una giusta grandezza, che stava dentro a una perla; eppure la materia era vinta dall’eccellenza del lavoro.

È inutile”, diss’ella con grazia squisita, “di venirmi a regalare un orologio. Quando voi siete lontano da me, le ore mi paiono eterne: quando siete con me, passano come un sogno. Come posso fare a dar loro una misura giusta?”

“¡ay, Principessa mia”, esclamò l’uccello turchino, “io la penso precisamente come voi su questo punto, perché in quanto a sensibilità di cuore son sicuro di non restare indietro a nessuno. de hecho, vedendo quel che soffrite per conservarmi il vostro cuore, sono in grado di giudicare che avete portato l’amicizia e la stima all’estremo limite, dove possono arrivare.

Quando appariva il giorno, l’uccello volava dentro lo spacco del suo albero, e li si nutriva di frutti. Qualche volta cantava delle belle ariette: il suo canto innamorava i passanti, che lo udivano, senza che potessero vedere alcuno. Così si sparse la voce che lì dintorno ci fossero degli spiriti.

E questa credenza si diffuse tanto, che nessuno aveva più coraggio di entrare nel bosco. Si raccontavano mille avventure favolose, accadute in quel luogo: e lo spavento generale fu cagione della maggior sicurezza dell’uccello turchino.

Non passava giorno, senza che egli facesse un regalo a Fiorina: ora un vezzo di perle: ora anelli con brillanti, di finissimo lavoro: ora fermagli di diamanti, spilloni, mazzolini di pietre preziose, colorite a imitazione dei fiori, libri piacevoli e medaglie: para que sea corto, essa aveva messo insieme un ammasso di ricchezze maravigliose. Con queste si adornava soltanto la notte per far piacere al Re: il giorno, non sapendo dove riporle, le nascondeva dentro al saccone del letto.

In questo modo scorsero due anni, senza che Fiorina avesse da lagnarsi una sola volta della sua prigionia. E come poteva lagnarsene? Essa aveva la consolazione di parlare tutte le notti con la persona amata; né c’è ricordanza che fra due innamorati si sieno mai scambiate tante paroline graziose, come accadeva fra loro. Benché ella non vedesse anima viva e l’uccello passasse le giornate rinchiuso dentro lo spacco dell’albero, nondimeno avevano sempre mille cose nuove da raccontarsi; la materia era inesauribile, perché il loro cuore e il loro spirito fornivano abbondantemente il soggetto dei lunghi colloqui.

Intanto la maliziosa Regina, che la teneva così crudelmente imprigionata, si dava un gran da fare per vedere di maritare la figlia. Mandava ambasciatori a proporla a tutti i principi, dei quali sapeva il nome: ma appena gli ambasciatori arrivavano, si trovavano congedati senza tante cerimonie.

“¡Ay! se si trattasse della Principessa Fiorina”, dicevan loro, “sareste ricevuti a braccia aperte: ma in quanto a Trotona, può farsi monaca se vuole; ché nessuno si opporrà dicerto.

A sentire questi discorsi, la madre e la figlia andavano su tutte le furie e se la pigliavano contro la povera Principessa, vittima delle loro persecuzioni.

“Ven!”, dicevano esse, “sebbene chiusa in prigione, quest’insolente sarà dunque per noi un bastone fra i piedi? Come perdonarle i brutti tiri, che ci fa tutti i giorni? Bisogna dire che ell’abbia delle corrispondenze segrete nei paesi stranieri: in questo caso, per lo meno, è rea di Stato: trattiamola dunque come tale, e si faccia di tutto per convincerla del suo delitto.

Il loro conciliabolo finì così tardi, che era già mezzanotte suonata, quando si decisero a salire nella torre per interrogarla. Essa per l’appunto stava alla finestra, coll’uccello turchino, ornata delle sue gemme, e coi suoi belissimi capelli pettinati con tutta quella attenzione, che non è punto naturale nella persona afflitta da un gran dolore. La sua camera e il suo letto erano seminati di fiori, e qualche pasticca di Spagna, che essa aveva bruciato pochi momenti prima, spandeva per la stanza un buonissimo odore.

La Regina messe l’orecchio alla porta, e le parve sentir cantare un’aria a due voci: perché anche Fiorina aveva una voce angelica. Le parole di quest’aria le parvero molto tenere, e dicevano press’a poco così:

Come è trista la nostra sorte: e quanti affanni ci costa il nostro amore!… Ma invano si provano a vincere tanta fermezza: a dispetto dei nostri nemici, i nostri cuori rimarranno uniti per sempre.

Questo piccolo concerto fu chiuso da alcuni sospiri.

“Ah! Trotona mia, siamo tradite!” esclamò la Regina spalancando screanzatamente l’uscio ed entrando nella camera.

Come restò Fiorina a quella vista! Chiuse subito la finestra, per dar tempo al real uccello di volar via. Le stava più a cuore la salvezza di lui, che la propria: ma egli non ebbe la forza di allontanarsi: col suo sguardo penetrantissimo, aveva capito il pericolo al quale si trovava esposta la Principessa. Egli aveva vista la Regina e Trotona: che dolore per lui di non essere in grado di difendere la sua bella!

Le due megere si avventarono su di essa, come se la volessero mangiare.

Si sanno le vostre trame contro lo Stato!”, esclamò la Regina. “Non sperate che il vostro grado basti a salvarvi dal meritato castigo.

E con chi posso aver tramato, o signora?” replicò la Principessa. “Da due anni in qua, non siete forse voi la mia carceriera? Ho mai vedute altre persone, fuor di quelle mandatemi da voi?”

Mentre parlava così la Regina e sua figlia la guardavano con tanto d’occhi. Erano rimaste abbagliate dalla sua bellezza meravigliosa e dalla sua acconciatura veramente straordinaria.

E chi vi ha dato, o signora”, disse la Regina, “tutte codeste pietre preziose, che brillano come il sole? Volete forse darci ad intendere che in questa torre ci sono delle miniere? ”

Ce l’ho trovate”, disse Fiorina, “è tutto quello che io ne so.

La Regina la guardò fissa negli occhi, per iscuoprire ciò che passava nel fondo del suo cuore.

Noi non ci lasceremo infinocchiare da voi”, disse la Regina. “Voi credete di darcela a bere: ma noi sappiamo benissimo, princesa, tutto quello che fate dalla mattina alla sera: e queste gioie vi furono regalate, per mettervi su, e per impegnarvi a vendere il regno di vostro padre.

“realmente, che sono in uno stato da poter vendere i regni!…”, essa rispose, con un sorriso di sdegno. “Una povera Principessa che languisce nei ferri da tanto tempo, è proprio la persona che ci vuole, per macchinare i complotti di Stato.

E come va dunque”, replicò la Regina, “che siete così tutta agghindata, come una civettuola, e che la vostra camera è piena di profumi, e che la vostra persona è così magnifica e risplendente, che a Corte non potreste fare una figura migliore?”

Ho molto tempo da perdere”, diseña la Principessa, “per cui non c’è nulla di strano se ne spendo un poco a farmi bella: ne passo tanto a piangere sulla mia disgrazia, che non c’è ragione di rimproverarmi.

“mente, vía”, disse la Regina, “vediamo un pose questa innocentina, non abbia per caso qualche corrispondenza coi nemici dello Stato.

E da se stessa si mise a frugare dappertutto: e arrivata al saccone, che ella fece vuotare, ci trovò dentro una quantità così sterminata di diamanti, perle, rubini, smeraldi e topazi, che ella non sapeva raccapezzarsi di dove fossero usciti. E perché aveva fissato dentro di sé di mettere in qualche nascondiglio della stanza alcune carte, che potessero compromettere la Principessa, così quando nessuno ci badava, le nascose nel camminetto; ma per buona fortuna l’uccello turchino, dal posto dove s’era posato, ci vedeva meglio di una lince e udiva ogni cosa; per cui gridò:

Guàrdati, Fiorina: ecco la tua nemica che ti prepara un tradimento”.

Questa voce così inattesa spaventò la Regina a tal punto, che non osò fare quanto aveva meditato.

Vedete bene, dama”, diseña la Principessa, “che gli spiriti che volano per l’aria, sono tutti per me.

Io credo piuttosto”, disse la Regina fuori di sé dalla collerache ci sieno dei diavoli, che vi vogliono bene: pero, a loro marcio dispetto, vostro padre saprà farsi giustizia.

“Dios quería”, esclamò Fiorina, “che io non avessi da temere altro che il furore di mio padre: ma quello che mi spaventa, è il vostro, o signora.

La Regina se ne andò via tutta sottosopra per le cose che aveva vedute e sentite, e tenne consiglio sul da farsi contro la Principessa. Alcuni consiglieri le fecero notare, que, nel caso che qualche fata o qualche mago avessero preso la Principessa sotto la loro protezione, il vero segreto per irritarli sarebbe stato quello di tormentare più che mai la Principessa; y que, después de todo, bisognava scuoprire a ogni costo la ragione del suo armeggìo. La Regina dette il benestare a questo consiglio: e mandò a dormire nella camera della Principessa una giovinetta, che pareva l’innocenza in persona, col dire che c’era mandata apposta per servirla.

Ma come restar presi a un chiapperello così grossolano?

La Principessa, fin dal primo giorno, la ritenne per una spia e n’ebbe un grandissimo dispiacere.

“Ven!”, essa diceva, “io dunque non potrò più parlare a questo uccello turchino, che è tutto l’amor mio? Era esso, che mi aiutava a sopportare le mie sciagure: e io lo consolava nelle sue. Il nostro amore ci compensava di tutto. Che avverrà di lui? che cosa sarà di me?” E pensando a tutto questo, piangeva come una vite tagliata.

Non aveva coraggio di affacciarsi alla finestra, sebbene lo sentisse svolazzare lì dintorno; perché si struggeva dalla voglia di aprirgli, ma temeva di mettere in pericolo la vita del suo caro amante. Passò un mese intero, senza che essa si facesse vedere: e intanto l’uccello turchino si dava alla disperazione, e piangeva e si lamentava da far pietà!

Por otra parte, come poteva fare a vivere, de, senza la sua Principessa? Non aveva mai provato, come allora, i tormenti della lontananza e quelli della sua metamorfosi. Invano cercava qualche pretesto per consolarsi: dopo essersi lambiccato il cervello, non trovava nulla che valesse a dargli un podi conforto.

La spia della Principessa, che da un mese non chiudeva occhio né giorno né notte, si sentì alla fine così presa dal sonno che si addormentò profondamente. Quando Fiorina se ne accorse, aprì la sua finestrina, y dijo:

 

Uccello turchino, color del cielo,

Vola e ritorna subito a me.

 

Sono queste le sue precise parole, e non c’è stata cambiata una virgola.

Appena l’uccello la sentì, volò subito sulla finestra. Che gioia quando si rividero! e quante cose avevano da dirsi! Mille e mille volte ripeterono le loro tenerezze e i loro giuramenti di fedeltà! La Principessa non poté trattenere le lacrime; l’amante s’intenerì, e fece di tutto per consolarla.

Venuta finalmente l’ora di lasciarsi, senza che la carceriera sorvegliante si fosse ancora svegliata, si dettero l’addio più tenero e più commovente che possa immaginarsi.

La spia si addormentò anche il giorno dopo, y la princesa, puntuale, andò alla finestra e disse, come la volta avanti:

 

Uccello turchino, color del cielo,

Vola e ritorna subito a me.

 

E subito l’uccello venne, e quella notte passò come l’altra avanti, senza rumori e senza improvvisate, con grandissima soddisfazione dei nostri amanti; i quali si figurarono che la sorvegliante avrebbe preso tanto gusto a dormire, da poter ripetere la medesima storia tutte le sere. de hecho, anche la terza sera passò felicemente: ma alla quarta, la dormigliona avendo sentito un podi rumore, senza dar segno di nulla si pose in orecchio; e guardando bene, vide al chiaro di luna il più bell’uccello dell’universo, che stava a parlare colla Principessa, e la carezzava colle zampine e le dava delle beccatine amorose: e fra le altre, sentì molte di quelle cosine che si dicevano fra loro e ne rimase molto maravigliata, perché l’uccello parlava come se fosse un innamorato, e Fiorina gli rispondeva con grande tenerezza.

Sul far del giorno si dissero addio: e quasi il cuore presagisse loro qualche vicina disgrazia, non trovavano il verso di lasciarsi. La Principessa si gettò sul suo letto tutta piangente, e il Re tornò dentro allo spacco dell’albero. La sorvegliante corse dalla Regina, e le raccontò quanto aveva visto e sentito. La Regina mandò a chiamare Trotona e la sua confidente, e dopo un lungo ciarlare conclusero che l’uccello turchino doveva essere il Re Grazioso.

Che vergogna”, esclamò la Regina, “che vergogna, mi hija! questa Principessa insolente, che io credeva rifinita dai dispiaceri, se ne sta godendo tranquillamente gli amorosi colloqui del vostro ingrato! Ah! voglio vendicarmi, e la vendetta dev’essere di quelle da ricordarsene per un pezzo.

Trotona la pregò di non perdere neppure un minuto, e siccome in questa faccenda le pareva di essere più interessata della stessa Regina, così sentiva andarsi in deliquio dalla contentezza, soltanto a pensare al martirio che avrebbero dovuto patire i due disgraziati amanti.

La Regina rimandò alla torre la spia, con ordine di non dar segni né di sospetto né di curiosità; e anzi, di mostrarsi più addormentata del solito. Infatti andò a letto di prima sera, e russava e russava, tanto che la Principessa, ingannata a quel modo, aprì la finestra e disse:

 

Uccello turchino, color del cielo,

Vola e ritorna subito a me.

 

Ma invano essa lo chiamò, per quanto fu lunga la notte: ei non comparve mai, perché la trista Regina aveva fatto attaccare ai cipressi delle spade, dei coltelli, dei rasoi, dei pugnali: motivo per cui, quando egli venne a buttarsi a volo su quelle piante, si tagliò i piedi e le ali: e tutto ferito, com'era, arrivò a stento all’albero suo, lasciando dietro a sé una lunga striscia di sangue!

¡Ay! perché, bella Principessa, non eravate presente per soccorrere l’uccello reale? Ma ella sarebbe morta se l’avesse veduto in quello stato da far compassione!

Fisso nell’idea che questo brutto scherzo gli venisse fatto per colpa di Fiorina, non volle prendere nessuna cura per la sua vita.

Ah spietata!”, diceva egli dolorosamente, “è così che ricompensi la passione più pura e più tenera, che siasi mai data al mondo? Se volevi la mia morte, perché non domandarmela colla tua bocca? La morte, data da te, mi sarebbe stata cara! Con quanto amore e con quante confidenze io veniva a trovarti! Io soffriva per te, e soffriva senza lamentarmi. Ven! e avesti cuore di sacrificarmi alla più crudele di tutte le donne? Essa era la nostra comune nemica, e tu hai fatto la pace con essa a spese mie? Sei tu, Fiorina, sei tu che mi ferisci di pugnale! Tu hai preso in prestito la mano di Trotona e l’hai portata fino al mio cuore!”

Questi funesti pensieri lo angustiarono tanto, che risolvé di morire.

Ma il Mago, suo amico, avendo veduto tornare a casa i ranocchi volanti, col carro, senza avere nessuna notizia del Re, si mise in così gran pensiero che potesse essergli accaduta qualche disgrazia, che fece otto volte il giro della terra per trovarlo; e non lo trovò. Stava per cominciare il nono giro, allorché traversando il bosco, dov’era l’uccello turchino, suonò a distesa il corno, secondo le regole prescritte: e dopo gridò per cinque volte con quanta ne aveva in gola:

Re Grazioso! Re Grazioso, dove siete voi?”.

Il Re riconobbe la voce del suo migliore amico:

Accostatevi a quest’albero”, dijo “e vedrete lo sventurato Re, al quale volete tanto bene, immerso nel proprio sangue!”.

Il Mago, sbalordito, guardò da tutte le parti, senza che potesse veder nulla.

Io sono l’uccello turchino”, disse il Re con voce sfinita e languente.

A queste parole il Mago lo trovò senza fatica nel suo piccolo nido. Chiunque altro fuori di lui si sarebbe maravigliato molto di più: ma egli conosceva tutti gli artifici della magia. Bastarono poche parole che disse, per far cessare il sangue che grondava ancora: e con alcune erbe trovate nel bosco, e sulle quali mormorò alcune formule magiche, guarì il Re così perbene, che pareva non fosse stato nemmeno graffiato. Quindi lo pregò a volergli raccontare per quale avventura era diventato uccello, e chi l’aveva ferito così crudelmente!

Il Re contentò la sua curiosità, e gli disse che era Fiorina quella che aveva rivelato il mistero amoroso delle visite segrete che ei le faceva, e che per amicarsi la Regina, ella aveva acconsentito a lasciar mettere fra i rami del cipresso i pugnali e i rasoi, che l’avevano tagliato e fatto quasi a pezzetti: si sfogò molte volte sull’infedeltà della Principessa e giurò che avrebbe avuto più caro a morire, piuttosto che conoscere un cuore tanto cattivo. Il Mago, si scatenò contro Fiorina e contro tutte le donne, e consigliò il Re a dimenticarla affatto.

Che disgrazia sarebbe la vostra”, diss'egli, “se vi ostinaste a voler bene a quell’ingrata! Dopo quello che vi ha fatto, c’è da aspettarsene di tutti i colori.

El pájaro azul, su questo punto, non andava d’accordo perché egli era ancora troppo innamorato di Fiorina: e il Mago, che gli leggeva nel cuore, sebbene facesse di tutto per dissimulare i propri sentimenti, gli cantò una canzonetta graziosa che diceva su per giù così:

Quando si ha nell’anima una grande spina, sono inutili i discorsi e i ragionamenti; si dà retta soltanto al nostro dolore e non ai consigli degli altri. Bisogna lasciar fare al tempo, perché per ogni cosa c’è un momento opportuno, e fino a tanto che questo momento non è arrivato, è inutile tormentarsi lo spirito con ingegnosi ripieghi”.

L’uccello turchino se ne persuase, e pregò l’amico di portarlo a casa sua e di metterlo in una gabbia, dove fosse al sicuro dalle unghie del gatto e da ogni arme pericolosa. Ma saltò su a dire il Mago:

Vi rassegnate dunque a restare ancora per cinque anni in uno stato così compassionevole e si poco confacente ai vostri interessi e alla vostra dignità? Perché dovete sapere che avete dei nemici i quali giurano e spergiurano che siete morto e vogliono invadere il vostro regno; e ho una gran paura che questo regno lo dobbiate perdere avanti di aver ripreso le vostre vere sembianze”.

Non potrò andare nel mio palazzo”, egli replicò, “e governare secondo il solito, come facevo prima?”

“¡Ay!”, esclamò l’amico, “è difficile. C’è chi è contento di obbedire a un uomo, ma non intende obbedire a un pappagallo, c’è chi oggi vi teme, perché siete un Re circondato di grandezze e di fasto, e che domani vi strapperebbe le penne, se vi vedesse trasformato in un uccello.

“Ah, umana debolezza! oh, prestigio di un brillante esteriore!…”, exclamó el Rey, “sebbene tu non significhi nulla per il merito e le virtù, non cessi per questo di avere una potenza affascinatrice, dalla quale è difficilissimo difendersi. Bueno”, egli continuò, “mostriamoci filosofi, e disprezziamo quello che non si può avere: la nostra risoluzione non sarà delle peggiori.

Io non mi do per vinto così alla prima”, disse il Mago, “e spero ancora di trovare qualche buon espediente, che faccia al caso nostro.

Intanto Fiorina, la povera Fiorina, desolata di non rivedere il Re, passava le giornate e le nottate alla finestra, ripetendo senza tregua:

 

Uccello turchino, color del cielo,

Vola e ritorna subito a me.

 

La presenza della sorvegliante non le dava più soggezione; la sua disperazione era arrivata a tal punto, che non aveva riguardi per nessuno.

Che n’è stato di voi, Re Grazioso?”, esclamava, “forse i nostri comuni nemici vi hanno fatto provare i tristi effetti della loro rabbia? siete forse stato sacrificato al loro furore? Povera me! me meschina! non siete forse più vivo? non potrò dunque rivedervi mai più? Oppure stanco delle mie tante sciagure, m’avete abbandonata alla dura sorte che mi perseguita?”

E quante lacrime e quanti singhiozzi tenevano dietro a questi pietosi lamenti! E come le ore parevano eterne, per la lontananza del caro amante! La Principessa abbattuta, malata, divenuta magra e tale da non riconoscersi più da quella di prima, aveva appena tanto fiato da reggersi in piedi. Ella era persuasa che al Re fosse capitata ogni maggior disgrazia che possa darsi sulla terra.

La Regina e Trotona gongolavano e il piacere di vedersi vendicate era più forte in loro del dolore provato per l’offesa ricevuta. E alla fin fine, qual era poi questa offesa? Il Re Grazioso non aveva voluto sposare una brutta befana, che doveva essergli antipatica e odiosa per mille ragioni.

In questo frattempo il padre di Fiorina, che era in là cogli anni, si ammalò e morì. La fortuna della Regina e della sua figlia allora cambiò d’aspetto; tutti le riguardavano come due imbroglione che avessero abusato del loro ascendente, e il popolo ammutinato corse al palazzo a domandare la Principessa Fiorina, proclamandola per sua sovrana. La Regina irritata voleva trattare la cosa con grande alterigia; si affacciò al balcone e minacciò i rivoltosi. En ese punto, la sommossa diventa generale: si sfondano le porte del suo quartiere, si saccheggia tutto, e la lasciano morta a sassate. Trotona si rifugiò presso la Sussio, perché correva lo stesso pericolo della madre.

I grandi del regno si radunarono subito, e salirono sulla torre dove era la Principessa molto malata. Ella non sapeva nulla né della morte di suo padre, né della brutta fine toccata alla sua nemica. Quando sentì tutto quel rumore credé in buona fede che venissero a prenderla per condurla alla morte. E non ebbe nessuna paura, perché al giorno che aveva perduto l’uccello turchino, la vita per lei era diventata odiosa. Ma i suoi sudditi, gettandosi ai suoi piedi, le dettero a conoscere il cambiamento che era accaduto nella sua fortuna. Ella non se ne fece né in qua né in là. La portarono nel suo palazzo, e lì la incoronarono. Le grandi attenzioni che le furono usate e la passione che aveva di rivedere l’uccello turchino contribuirono molto a farla rimettere in salute e a darle abbastanza forza per nominare un consiglio che avesse cura del regno durante la sua assenza: quindi prese con sé mille milioni di pietre preziose, e una notte se ne partì, tutta sola, senza che alcuno sapesse per dove s’era incamminata.

Il Mago, che aveva preso a cuore gli affari del Re Grazioso, non avendo tanto potere da distruggere l’incantesimo che la Sussio aveva fatto, pensò bene di andarla a trovare e proporle qualche accomodamento, per vedere se ella avesse voluto rendere al Re la sua sembianza naturale; e senza mettere tempo in mezzo attaccò i suoi ranocchi e volò dalla fata, la quale in quel momento stava discorrendo con Trotona.

Da un mago a una fata non c’è un grande stacco. Essi si conoscevano già da circa seicent’anni, e in questo lasso di tempo erano stati fra loro mille volte amici e mille volte si erano guastati.

Che desidera il mio compare?”, ella dijo. (È questo il nome che si danno tutti, fra di loro.) “Posso esservi utile in qualche cosa che dipenda da me?”

“Sí, comare mia”, disse il Mago. “Voi potete far tutto per rendermi contento. Si tratta del mio migliore amico: di un Re, che voi avete reso infelice.

“Ah! intendo, compare”, disse Sussio, “me ne dispiace proprio nell’anima, ma non c’è da sperar grazia per lui, fin tanto che si ostina a non volere sposare la mia figlioccia: eccola qui bella e fresca, como se ve. Ora tocca a lui a decidersi.

Al Mago gli restò la parola in bocca, tanto la ragazza gli parve brutta: nondimeno non trovava il verso di venirsene via senza aver combinato qualcosa, segnatamente perché il Re, dal giorno che era in gabbia, aveva corso mille pericoli.

Il chiodo, dove la gabbia stava attaccata, s’era rotto: la gabbia era cascata per terra, e sua maestà, colle penne, nella caduta s’era fatto molto male. El gato, che si trovava presente a questo caso, gli dette una graffiata nell’occhio, e ci corse poco non l’accecasse. Un’altra volta s’erano scordati di dargli da bere, ed era già a tocco e non tocco di beccarsi una bella pipita, se per fortuna non giungevano in tempo a salvarlo con alcune gocce d’acqua. Un frugolo di scimmiotto, scappato non si sa di dove, gli pettinò ben bene le penne attraverso i ferri della gabbia, strapazzandolo senza nessun complimento, come se fosse stata una gazza o un merlo.

Ma la cosa più triste di tutte era questa: che egli stava a un pelo per perdere il trono, perché i suoi eredi ne inventavano ogni giorno una delle nuove, pur di provare come e qualmente egli fosse morto e morto davvero.

Alla fine il Mago combinò con la comare Sussio, che ella condurrebbe Trotona nel palazzo del Re Grazioso, che lì vi resterebbe alcuni mesi, durante i quali il Re doveva prendere una risoluzione circa allo sposarla: e intanto la fata renderebbe al Re la sua figura naturale, salvo sempre a farlo tornare uccello, nel caso che si fosse ostinato a non voler sposare la sua figlioccia.

La fata diede a Trotona dei vestiti d’oro e d’argento; quindi la fece montare in groppa, dietro a sé, sopra un drago, e si recarono al regno di Re Grazioso, il quale vi giungeva, anche lui, in quello stesso punto insieme al Mago suo amico. Con tre colpi di bacchetta, egli ritornò quello stesso che era stato prima, bello, amabile, spiritoso, magnifico: ma gli costava salata questa diminuzione di penitenza, perché il solo pensiero di sposare Trotona gli metteva i brividi addosso. Il Mago aveva un bel persuadere colle migliori ragioni di questo mondo: ma tutti i suoi discorsi lasciavano il tempo com’era! Il Re si dava meno pensiero delle cure di Stato, che di trovare ogni ammennicolo per mandare in lungo il termine fissato dalla Sussio per le nozze con Trotona.

Intanto la Regina Fiorina, coi capelli tutti sciolti e arruffati apposta per nascondersi il viso, con un cappello di paglia in capo e con un sacco di tela sulle spalle cominciò il suo viaggio un poa piedi e un poa cavallo, ora per mare, ora per terra. Faceva dappertutto le più minute ricerche: ma non sapendo con certezza che strada prendere, temeva sempre di andare da una parte, mentre il suo Re pigliava da quell’altra.

Un día, essendosi fermata sull’orlo d’una fontana le cui acque cristalline rimbalzavano sopra un letto di sassolini minutissimi, le venne voglia di lavarsi i piedi. Si sedé sull’erba, e raccolti e fermati i capelli con un nastro, tuffò i piedi dentro l’acqua. A vederla, c’era da scambiarla con Diana che si bagna di ritorno dalla caccia. In quel mentre passò di lì una vecchierella, tutta ripiegata, la quale si appoggiava a un grosso bastone: si fermò, y él le dijo:

Che fate costì, mia bella figliuola? Mi fa male a vedervi sola così!”.

Non son sola, Mi buena abuela”, respondió la Reina, “sono invece in numerosa compagnia, perché ho qui con me un mondo di disinganni, d’inquietudini e di dispiaceri.

Y así diciendo, i suoi occhi si empirono di pianto.

“Ven? così giovine, e piangete!”, disse la buona vecchina. “mente, mi hija, non vi date alla disperazione. Raccontatemi sinceramente quello che avete, e spero di consolarvi.

La Regina non se lo fece dire due volte: le raccontò le sue disgrazie, la parte che in tutta questa faccenda vi aveva avuto la Sussio, e finalmente le disse che andava in cerca dell’uccello turchino.

La vecchierella si rizza sulla persona, piglia un altro contegno, cambia improvvisamente di figura e apparisce giovine, bella, magnificamente vestita: poi guardando la Regina con un grazioso sorriso:

Incomparabile Fiorina”, le dice, “il Re che voi cercate non è più uccello: mia sorella Sussio gli ha rese le sue prime sembianze: e ora trovasi nel suo regno. Non state a tormentarvi più: perché voi arriverete a veder coronate le vostre speranze. Eccovi quattro uova: nei grandi bisogni della vita le romperete, e ci troverete dentro delle cose che vi saranno di un grande aiuto”.

porque dicha, desaparecido. Fiorina si sentì rinascere a queste parole; ripose le uova nel sacco, e s’incamminò verso il regno di Grazioso.

Dopo aver camminato otto giorni e otto notti, giunse a piè di una montagna d’un’altezza prodigiosa, tutta quanta d’avorio e così tagliata a picco, che non c’era verso di arrampicarcisi sopra, senza cadere.

Ella fece mille sforzi inutili: sdrucciolava, si affaticava; finché, disperata di vedersi di fronte un ostacolo insormontabile, andò a sdraiarsi appiè della montagna, colla ferma risoluzione di lasciarsi morire; quand’ecco che si ricordò degli uovi avuti dalla fata.

Ne prese uno e disse: “Vediamo un po’, se promettendomi i soccorsi dequali avessi avuto bisogna, si fosse burlata di me”.

Appena rotto l’uovo, vennero fuori alcuni piccoli ganci d’oro, che ella si attaccò ai piedi e alle mani. E con l’aiuto di questi poté salire senza fatica sulla montagna d’avorio; perché i ganci facevano presa, e le impedivano di sdrucciolare in basso.

Quando fu sulla vetta, ecco nuove difficoltà per incominciare a calare al piano: perché tutta la vallata non era altro che un grandissimo specchio di cristallo.

Vi erano lì dintorno più di sessantamila donne, che si miravano in esso con grandissimo diletto, perché bisogna sapere che lo specchio aveva dieci chilometri di larghezza e venti di lunghezza.

Ciascuna vi si vedeva riflessa secondo il suo desiderio: quella di capelli rossi appariva bionda: la vecchia si vedeva giovine: la giovine pareva anche più giovine; en una palabra, questo specchio nascondeva così bene i difetti, che le donne correvano a specchiarvisi dalle cinque parti del mondo. Bisogna aver visto le smorfie e i bocchini tondi, che facevano la maggior parte di quelle civettuole; c’era da scoppiar dalle risa. E non per questo gli uomini ci si affollavano in minor numero: perché lo specchio faceva un gran comodo anche a loro. A chi regalava bellissimi capelli: a chi un personale alto ed elegante, o una cert’aria marziale, o una fisionomia simpatica e bella. Essi ridevano delle donne e le donne non se ne stavano dal ridere alle loro spalle: per cui la montagna veniva chiamata con molti nomi differenti. Nessuno era stato mai capace di toccarne la cima: e quando vi scorsero Fiorina, le donne si messero tutte a strillare come tante calandre:

Dove va mai quella sfacciata?”, dicevano esse. “Quella lì dev’essere tanto imprudente, da mettere i piedi anche sul nostro specchio. Vedrete che dopo pochi passi, ce lo manderà in bricioli.

E così facevano un diavoleto da cavar di cervello.

La Regina non sapeva come fare, perché vedeva un gran pericolo nel dovere scendere da quella altezza: allora ruppe un altr’ovo, dal quale uscirono fuori due piccioni e un cocchio, che tutt’a un tratto diventò tanto grande, da poterci entrar dentro comodamente: e in questo modo i piccioni con molta leggerezza calarono giù al basso la Regina, senza che accadesse nulla di male.

Ella disse ai suoi bravi piccioni:

Miei piccoli amici, se voi sarete tanto cortesi di portarmi fino sul posto dove il Re Grazioso tiene la sua corte, non troverete in me un’ingrata”.

I piccioni, cortesi e obbedienti, volarono giorno e notte finché non furono arrivati alle porte della città. Così Fiorina smontò, e diede a ciascuno di essi un dolcissimo bacio, che costava più di una corona reale.

¡Ay, come le batteva il cuore, mettendo il piede in città!

Per non essere riconosciuta, si insudiciò il viso; e chiese a quelli che passavano per la strada, dove avrebbe potuto vedere il Re. Alcuni si messero a ridere. “Vedere il Re?”, le dicevano, “davvero eh! e che vuoi tu da lui, mio bel Muso-sudicio? Vai, vai piuttosto a lavarti: perché i tuoi occhi non sono degni di vedere un gran monarca a quel modo.La Regina non rispose: si allontanò pian piano: e tornò daccapo a domandare a quelli che incontrava, dove avrebbe potuto mettersi per vedere il Re.

Domani deve venire al tempio con la Principessa Trotona”, le risposero, “perché finalmente ha consentito di sposarla.

Cielo, quale notizia! Trotona, l’indegna Trotona sul punto di sposare il Re!”, Fiorina credette di morire e non aveva più fiato né per parlare né per andare avanti. Entrò sotto una porta, e sedutasi sopra una pietra, col viso coperto dai capelli e dal suo cappello di paglia, cominciò a dire:

Sfortunata che io sono! Eccomi venuta qui per far più bello il trionfo della mia rivale e per vedere coi miei occhi la sua contentezza! Fu dunque a cagione di lei, che l’uccello turchino non venne più a vedermi? Era dunque per quella brutta strega, che mi faceva la più nera di tutte le infedeltà, mentre io, rifinita dal dolore, mi logorava dalla passione per la conservazione dei suoi giorni? Il traditore s’era cambiatoRicordandosi di me, come se non m’avesse visto mai, lasciava che io mi struggessi per la sua lontananza, senza darsi punto pensiero della mia!…”.

Quando si ha il cuore grosso dai dispiaceri, è raro che si senta il bisogno di mangiare. La Regina cercò un podi albergo: e si coricò, senza prendere un boccone. Si alzò col sole e corse al tempio; ma prima di poterci entrare dové subire molte manieracce dalle guardie e dai soldati. Vide il trono del Re e quello di Trotona, che era già considerata come Regina. Che dolore per un’anima sensibile e appassionata, come quella di Fiorina! Si avvicinò al trono della sua rivale, e lì stette in piedi, appoggiata a una colonna di marmo. Il Re arrivò il primo, più bello e più amabile di quello che fosse stato mai in tutta la vita. Trotona venne dopo, vestita con gran magnificenza, ma brutta da far paura. Ella guardò la Regina con un certo cipiglioE chi sei tu”, le estas, “che ardisci di avvicinarti alla mia augusta persona e al mio trono d’oro?”

Io mi chiamo Viso-sudicio”, diss'ella, “son venuta di lontano per vendervi delle cose rare.

E cominciò a frugare nel suo sacco di tela, e tirò fuori i braccialetti di smeraldo che il Re Grazioso le aveva regalati.

“¡Ay! oh!”, esclamò Trotona, “carini codesti pezzi di bicchiere; me li vendi per cinque soldi?”

Fateli prima vedere a chi se ne intende, o signora, e poi sul prezzo ci accomoderemo.

Trotona, che amava il Re con maggior tenerezza di quel che poteva attendersi da quella foca, e non le pareva vero di trovare delle occasioni per parlargli, si avanzò fino al trono di lui e gli mostrò i braccialetti, pregandolo a dire il suo sentimento. Alla vista di quei braccialetti, egli si ricordò di quelli che aveva dato a Fiorina: diventò bianco, sospirò, e stette per un podi tempo senza rispondere: alla fine, temendo di far vedere il turbamento dell’animo, fece su di sé un grande sforzo e rispose:

Questi braccialetti, Creo, valgono quanto tutto il mio regno: credevo che nel nondo ve ne fosse un paio solo; ma ora vedo che ce ne sono degli altri”.

Trotona tornò sul suo trono, dove ci faceva la figura di un’ostrica attaccata al suo guscio; e chiese alla Regina quanto, senza rubare, avrebbe preteso desuoi braccialetti.

Se doveste pagarmeli, o signora, vi sarebbe d’un grande scomodo: vi propongo piuttosto un altro patto. Ottenetemi il favore di dormire una notte nella sala degli Echi, che è nel palazzo del Re, e io vi cedo gli smeraldi.

Magari, Viso-sudicio!”, Said trotona, buttandosi via dalle risate come una sguaiata, e mostrando certi denti più lunghi di quelli d’un cinghiale.

Il Re non si dette pensiero di sapere di dove venivano quei braccialetti, un po’ perché gli era indifferente la venditrice (che non destava davvero nessuna curiosità), ma segnatamente per il disgusto invincibile che provava a discorrere con Trotona. Ora bisogna sapere, che in quel tempo che egli era sempre uccello turchino, una tal volta gli era venuto fatto di raccontare alla Principessa come proprio sotto al suo quartiere reale c’era una piccola sala che si chiamava la sala degli Echi; costruita in un modo così ingegnoso, che tutto ciò che vi si diceva sottovoce, era sentito benissimo dal Re quando si trovava a letto nella sua camera; per cui Fiorina non poteva immaginare un miglior mezzo di questo, per potergli rimproverare la sua infedeltà.

Per ordine di Trotona la condussero nella sala degli Echi, dov’ella dette principio ai suoi lamenti e ai suoi rimproveri così:

La sciagura, alla quale non voleva credere, pur troppo è certa, barbaro uccello turchino! tu ti sei scordato di me: tu ami la mia indegna rivale. I braccialetti, che ebbi dalla tua mano reale, non furono capaci di richiamarmi alla tua memoria: tanto io sono lontana dal tuo pensiero!”.

E qui i singhiozzi le tolsero la parola: quand’essa riebbe fiato da parlare, ricominciò daccapo e continuò fino alla mattina. I camerieri, avendola sentita piangere e sospirare tutta la notte, andarono a raccontarlo a Trotona: la quale le domandò la ragione di tutto il lamentìo che aveva fatto. La Regina rispose che aveva dormito profondamente e che dormendo le accadeva per il solito di sognare e di parlare a voce alta.

Quanto al Re, per una strana fatalità non aveva sentito nulla: e questo derivava, perché dal giorno che incominciò la sua passione per Fiorina, aveva perduti i sonni; e quando la sera andava a letto, gli davano dell’oppio per farlo riposare.

La Regina passò una gran parte del giorno così inquieta, no pueden decir lo. “Se mi ha sentito”, diceva fra sé, “come si può dare al mondo un’indifferenza più atroce della sua? Se poi non mi ha sentito, in qual altro modo potrò far giungere la mia voce fino a lui?” Gioielli e cose d’arte veramente rare e straordinarie non ne aveva più: perché le pietre preziose sono sempre belle, ma ci bisognava qualcosa che sapesse stuzzicare il gusto di Trotona. Allora ricorse ai suoi uovi e ne ruppe uno. Ecco che scappò subito fuori una carrozzina d’acciaio lustro, tutta ornata di fregi d’oro in rilievo; alla carrozzina erano attaccati sei sorci verdi, guidati da un grosso topo color di rosa, mentre il battistrada, anch’esso della famiglia topesca, era d’una bella tinta grigio-perla. Dentro alla carrozza c’erano quattro marionette più vispe e più graziose di quelle che si vedono sui teatrini alle grandi fiere di Padova e di Sinigaglia, e facevano delle cose molto sorprendenti, in specie due piccole egiziane, le quali ballavano la sarabanda e il minuetto meglio di tutte le ballerine della Pergola e della Scala.

La Regina rimase a bocca aperta a vedere questo capolavoro dell’arte negromantica: ma non fece motto fino alla sera, che era l’ora che Trotona andava alla passeggiata. Allora si mise in un viale a far galoppare i suoi sorci che tiravano la carrozza, gli altri topi e le marionette. Questa novità fece tanta meraviglia a Trotona, che cominciò a gridare:

Viso-sudicio! ehi, Viso-sudicio! li vuoi cinque soldi per la tua carrozza e per il tuo equipaggio topinesco?”.

Domandate ai letterati e ai sapienti di questo regno”, disse Fiorinache cosa può valere una meraviglia simile, e io me ne starò al parere del più capace fra loro.

Trotona, prepotente in ogni cosa, respuesta:

Non mi star più a stomacare colla tua sudicia presenza; dimmi il prezzo, e finiscila”.

Dormire ancora un’altra volta nella sala degli Echi”, disse Fiorina, “ecco tutto quello che vi domando.

Va’, povera bestia”, replicò Trotona, “non ti sarà negato.E voltandosi alle sue dame, dicho: “Questa stupida creatura non sa ricavare nessun guadagno dalla vendita di tante belle rarità!”.

Venne la notte.

Fiorina disse tutto quello che si può immaginare di più tenero e di appassionato, ma fu lo stesso che dirlo al muro, come la notte avanti, perché il Re non lasciava mai di prendere la sua solita bevanda coll’oppio. I camerieri dicevano fra loro:

Questa campagnola, non c’è caso, dev’esser grulla: che cos’è tutto questo cicalìo che fa la notte?”.

“Por otra parte”, osservavano alcuni, “nelle cose che dice, c’è del buon senso e della passione.

Fiorina aspettò colla febbre addosso che venisse il giorno, per vedere l’effetto prodotto dasuoi discorsi.

“mientras demasiado”, essa diceva, “questo spietato è diventato sordo alla mia voce! Non riconosce più la voce della sua cara Fiorina? Ah! che vergogna, ostinarsi ancora a volergli bene! Egli mi disprezza, e me lo merito. Sí, mi sta bene.

Però tutti questi ragionamenti tornavano inutili. Ella non poteva guarire della sua passione.

Nel sacco non le rimaneva che un solo uovo, dal quale potesse sperare qualche soccorso. Lo ruppe e ne uscì fuori un pasticcio di sei uccelli lardellati, cotti e benissimo rosolati; y todavía, con tutto questo, cantavano da innamorare, predicavano la buona ventura e sapevano di medicina meglio di Esculapio. La Regina restò stupita di una cosa tanto meravigliosa, e se ne andò col suo pasticcio parlante nell’anticamera di Trotona.

Mentr’essa aspettava di poter passare, uno decamerieri le si avvicinò e le disse:

Ma non sapete, mio bel Viso-sudicio, che se il Re non pigliasse l’oppio per dormire, voi lo cavereste di cervello con tutto il chiacchierio che fate nella notte?”.

Fiorina allora capì subito la ragione perché il Re non l’aveva udita, e disse al cameriere:

Sono tanto sicura di non disturbare i sonni del Re, che stasera, nel caso che io dorma nella sala degli Echi, se non gli darete nemmeno una goccia d’oppio, tutte queste perle e diamanti saranno per voi”.

Il cameriere accettò e dette la sua parola.

Dopo pochi minuti arrivò Trotona e vide la Regina che faceva finta di voler mangiare il suo pasticcio.

Che cosa fai costì, Viso-sudicio?” le estas.

“Señora”, rispose Fiorina, “son qui che mangio astrologhi, musici e dottori di medicina.

In quello stesso momento gli uccelli cominciarono a cantare dolcemente, come tante sirene; poi gridavano: “Buttateci una piccola moneta d’argento e vi diremo la buona ventura”, Un anatrotto, che torreggiava sugli altri, disse più forte di tutti: “Qua, a través, a través, a través; io sono medico, io guarisco la gente da tutti i mali e da tutte le pazzie, fuori che da quella d’amore”.

Trotona sbalordita da questo portento non veduto mai in vita sua, llorado, sagrando come un vetturino:

Affeddìo, che bel pasticcio! Lo voglio per me. Qua, Visosudicio: quanto ne chiedi?”.

Il solito prezzo”, dijo, “dormire nella sala degli Echi, e nient’altro.

“Él está bien, e ti voglio dar per giunta anche questa moneta”, Said trotona, fuor di sé dall’allegrezza di avere avuto il pasticcio. Fiorina se ne va via ringraziando, tutta contenta per la speranza che questa volta il Re avrebbe sentita la sua voce.

Appena venne la notte, ella si fece condurre nella sala degli Echi, colla passione che la struggeva che il cameriere mantenesse la parola e che, invece di dare al Re il solito oppio, gli mettesse innanzi qualche altra bevanda da tenerlo desto; quando poté figurarsi che tutti dormissero, ella ricominciò i suoi pietosi lamenti:

A quanto pericolo non sono io andata incontro”, ella diceva, “per venirti a cercare, mentre tu mi fuggi e vuoi sposare Trotona! Che t’ho io fatto, crudele, per scordarti così i tuoi giuramenti? Rammentati almeno qualche volta della tua metamorfosi, del mio amore e dei nostri teneri colloqui!”.

Ella ripeté questi colloqui a uno a uno, e con tanta fedeltà di memoria, da far vedere che per lei non c’era altra cosa al mondo che le fosse più cara di questi ricordi.

Il Re non dormiva punto, e sentiva così distintamente la voce di Fiorina e tutte le sue parole, che non sapeva raccapezzarsi da dove venissero: ma il suo cuore, teneramente commosso, gli fece ricordare così al vivo l’immagine della sua incomparabile Principessa, che nel trovarsi ora diviso da lei sentì il medesimo dolore di quando i coltelli lo ferirono fra i rami del cipresso. E anch’esso si mise a parlare sullo stesso tono della Regina, y dijo:

“Ah! Principessa troppo crudele per un amante che vi adorava! com’è egli mai possibile che mi abbiate sacrificato ai nostri comuni nemici?…”.

Fiorina udì le cose che il Re diceva, e non si stette dal rispondergli e dal fargli sapere che s’egli avesse voluto degnarsi di chiamare presso di sé Viso-sudicio, avrebbe potuto aver la spiegazione di tanti misteri, fin allora inesplicabili per lui.

A queste parole il Re, impaziente, chiamò uno dei suoi camerieri, e gli disse se fosse stato possibile di trovargli subito Viso-sudicio e di condurgliela lì. Il cameriere rispose che la cosa poteva farsi in un batter d’occhio, perché Viso-sudicio era a dormire nella sala degli Echi.

Il Re non sapeva che cosa si pensare. Come poteva mai figurarsi che una sì gran Regina, come Fiorina, potesse trovarsi trasfigurata a quel modo? E come credere che Viso-sudicio avesse la voce della Regina e conoscesse tutti i suoi segreti più intimi, se ella non fosse stata la Regina stessa? Tormentato da questi sospetti si alzò dal letto, si vestì in fretta e furia, e per una scaletta segreta scese nella sala degli Echi. La Regina aveva levata la chiave: ma il Re ne aveva una che apriva tutte le porte del palazzo.

La trovò vestita con una veste leggerissima di seta bianca, che essa era solita portare sotto i suoi panni sudici e strappati; i suoi bellissimi capelli le scendevano per le spalle; era distesa sopra un canapè, e una lampada, in lontananza, mandava all’intorno un pallido sbattimento di luce. Il Re entrò dentro all’improvviso; e la passione dell’amore vincendo tutti i suoi risentimenti, appena l’ebbe riconosciuta, andò a gettarsi asuoi piedi, le bagnò le mani del suo pianto e credette di morire di gioia, di dolore e di mille pensieri diversi che, tutti in una volta, gli si affollarono alla memoria.

La Regina non fu meno commossa di lui; ed ebbe una tal serratura al cuore, che sentiva mancarsi il respiro. Ella guardava fisso fisso il Re, senza dir parola; e quand’ebbe la forza di poter parlare, non ebbe quella per fargli dei rimproveri. La gran contentezza di rivederlo le fece dimenticare per un momento tutte le ragioni, che essa credeva fondatissime, di lagnarsi di lui. Alla fine ogni cosa venne in chiaro, tutti e due a vicenda si trovarono giustificati; il loro amore riprese al disopra, e l’unica spina, che ormai li tormentasse, era la fata Sussio. Ma in questo frattempo giunse il Mago, grande amico del Re, in compagnia d’una famosa fata, la quale era appunto quella che aveva dato le quattro uova a Fiorina. Scambiati i primi complimenti d’uso, il mago e la fata dissero chiaro e tondo che essendosi trovati d’accordo a riunire i loro poteri in favore del Re e della Regina, la fata Sussio non poteva far altro che un bel nulla contro di essi; e che per conseguenza non c’erano più ostacoli per mandare in lungo le loro nozze.

Ci vuol poco a figurarsi l’allegrezza dei due giovani amanti. Appena si fece giorno, la voce si sparse per il palazzo, e tutti furono contenti di vedere la bella Fiorina. Il rumore di questa notizia essendo arrivato fino agli orecchi di Trotona, questa corse subito dal Re: e come rimase brutta, quando gli vide al fianco la sua odiata rivale! Mentre stava per aprir bocca e per dir loro un sacco di vituperi, il mago e la fata la trasformarono in una maiala, perché così le rimanesse un poco della sua fisionomia e del suo brutto vizio di grugnire. Ella fuggì via, grugnendo sempre fin giù nel cortile, dove fu accolta da uno scoppio di risate, che la messero all’ultima disperazione.

Il Re Grazioso e la Regina Fiorina, liberati finalmente dalla presenza di una così odiosa persona, non pensarono più che a festeggiare le loro nozze: le quali spiccarono per buon gusto e magnificenza: e c’è da immaginarsi facilmente la felicità dei due sposi, dopo tanti dispiaceri e tante traversie.

 

Domandatelo al Re Grazioso, ed egli vi risponderà: meglio diventare uccelli turchini, corvi e anche anatre palustri, piuttosto che sposare una Trotona, alla quale non si voglia bene.

Peccato che non si trovi sempre un mago o una fata per mandare a monte tanti matrimoni, dove l’amore non c’entra per nulla!

 

 

 

La Gatta Bianca

 

Había una vez un rey que tenía tres hijos: tres piezas de los hombres jóvenes fuertes y valientes; ed egli si era messo paura che volessero salire sul trono prima della sua morte: tanto più, che stando a certe voci che correvano, i suoi figli cercavano dappertutto di farsi dei partigiani per impadronirsi del regno.

Il Re cominciava a essere un poin là cogli anni, ma essendo ancora verde di spirito e sano di mente, non se la sentiva punto di cedere loro un posto, occupato da lui con tanta dignità. Pensò, por lo tanto,, che il miglior partito per vivere tranquillo fosse quello di tenerli a bocca dolce a furia di promesse, che egli avrebbe saputo sempre deludere e mandare in fumo.

Li chiamò nel suo gabinetto, e dopo aver parlato alla buona di varie cose, saltò fuori col dire:

Miei cari figli, voi converrete meco che la mia età avanzata non mi permette più di accudire agli affari di Stato con lo stesso impegno d’una volta; temo che i miei sudditi ne abbiano a risentire i danni, ed è per questo che ho deciso di mettere la corona sul capo a uno di voi tre. Peraltro è ben giusto che in compenso di un regalo simile, voi dobbiate cercare di compiacermi nel disegno, che oramai ho fatto, di ritirarmi in campagna. Mi pare che un canino vispo, fido, grazioso potrebbe tenermi un’ottima compagnia: così, senza stare a scegliere il figlio maggiore piuttosto del minore, io vi dichiaro che quello che di voi tre mi porterà il canino più bello, quello sarà il mio erede”.

I principi restarono sorpresi del capriccio del loro padre per un canino, ma i due minori vi trovarono il loro tornaconto ed accettarono con piacere la commissione di andare in cerca di un cane. Quanto al figlio maggiore, era troppo timido e troppo rispettoso per far valere i suoi diritti. Presero quindi congedo dal Re, il quale li fornì d’oro e di pietre preziose, soggiungendo che fra un anno, né più né meno, in quello stesso giorno e alla medesima ora, dovessero tornare a portargli ciascuno il suo canino.

Prima di mettersi in viaggio i tre fratelli andarono a un castello, discosto appena un miglio dalla città. Menarono seco gli amici e fecero gran baldoria, giurandosi tutti e tre amicizia eterna, e restando intesi che in questa faccenda avrebbero ciascuno tirato avanti per il fatto suo, senza gelosie e rancori, y que en cualquier caso el más afortunado siempre habría mantenido separados de los otros dos de su fortuna.

Y así se fueron, Después de instalarla en la parte posterior que se encontrarían en el mismo castillo, a continuación, todos ellos fueron juntos al Rey.

No querían con él ninguno, y cambiaron el nombre para evitar ser reconocido.

Cada uno tomó un camino diferente. Los dos tenían muchas más aventuras; pero yo sólo digo los del niño. El cual fue bastante, el estado de ánimo alegre y agradable, una hermosa cabeza, fisonomía Signorile, características regulares, unos dientes bonitos y una gran cantidad de destreza en todos esos ejercicios, que complementan la educación de un caballero. Cantó con gusto, Jugó el laúd y la guitarra de encantar, Él manejó la paleta, era insomma un cavaliere compitissimo e di un coraggio che rasentava la temerità.

Non passava giorno che non comprasse cani grandi, piccoli, levrieri, bull-dogs, da caccia, spagnuoli, barboni. Se ne aveva uno bello e ne trovava un altro più bello, lasciava il primo per tenersi l’altro: perché gli sarebbe stato impossibile, solo com’era, di menarsi dietro trenta o quarantamila cani; ed egli non voleva con sé nessuno strascico di gentiluomini o di servitori o di paggi.

Camminava e camminava, senza sapere neanche lui dove andasse, quand’ecco che una volta si trovò sorpreso dalla notte, dai tuoni e da un gran rovescio d’acqua nel mezzo d’una foresta, dove non raccapezzava più nemmeno la strada che doveva fare.

Prese il primo viottolo che gli capitò fra i piedi, e dopo aver camminato un pezzo, poté scorgere un podi luce; e da questa si figurò che, non molto lontano, ci dovesse essere qualche casa, dove avrebbe potuto mettersi al coperto fino al giorno.

Guidato così da quella podi luce che vedeva, giunse alla porta di un castello, il più magnifico che si possa immaginare. La porta era d’oro, coperta di carbonchi, il cui bagliore limpido e smagliante illuminava tutti i dintorni.

E questa era la luce che il Principe aveva veduto di lontano. I muri erano di porcellana trasparente sulla quale, dipinta in colori, si vedeva la storia di tutte le fate dalla creazione del mondo in poi; né vi erano dimenticate le famose avventure di Pelle d’Asino, di Finetta, del Melarancio, di Graziosa, della Bella addormentata nel bosco, di Serpentino Verde e di cent’altri.

Gli fece grandissimo piacere di riconoscervi anche il Principe Folletto, perché era suo zio all’uso di Brettagna.

La pioggia e la stagione indiavolata gli levarono la voglia di trattenersi più a lungo in un luogo, dove si bagnava tutto fino all’ossa, senza contare che dove non giungeva il riflesso luminoso dei carbonchi, non ci si vedeva proprio di qui a lì.

Tornò alla porta d’oro, e vide uno zampetto di capriolo attaccato in fondo a una piccola catena tutta di diamanti: e non poté di meno di restare a bocca aperta, non tanto per la magnificenza di quel cordone da campanello, quanto per la gran sicurezza colla quale vivevano in quel palazzo.

“Porqué Es Eso”, Qué dijo, “che ci vorrebbe per i ladri a staccare la catenella e portar via i carbonchi? Sarebbe il vero modo di diventar ricchi una volta per tutte.

Tirò lo zampetto di capriolo: subito sentì suonare una campanella, che allo squillo gli parve d’oro o d’argento. Di lì a un minuto la porta si aprì, senza che egli potesse veder altro che una dozzina di mani per aria, ciascuna delle quali teneva una fiaccola accesa. A quella vista restò così intontito, che non sapeva risolversi a entrare, quando sentì altre mani, che lo spingevano per dietro, e anche con una certa tal qual violenza. Egli entrò là dentro a malincuore, e per ogni buon fine e rispetto portò la mano all’impugnatura della spada: quand’ecco, che traversando un vestibolo, tutto incrostato di porfido e di lapislazzuli, sentì due voci angeliche che cantavano così:

 

Delle man.,che vedete

Non vi prenda sospetto:

Ché sotto questo tetto

Non c’é da temer nulla.

Se non le seducenti

Grazie di un bel visino;

Caso che il vostro cuore

Non voglia rimaner schiavo d’amore.

 

Egli non poté immaginarsi che lo invitassero con tanta buona grazia, per fargli poi un brutto tiro: por lo cual, sentendosi sospinto verso una gran porta di corallo, che si aprì al suo avvicinarsi, entrò in una gran sala, tutta di madreperla; e quindi passò in altre sale ornate in mille maniere differenti e così ricche di pitture e di marmi preziosi, da farlo restare sbalordito.

Migliaia e migliaia di lumi, che dal soffitto arrivavano fino a terra, illuminavano altri quartieri; anche questi pieni di lampadari, di luci a riflesso e di ventole gremite di candele. Per farla corta, era una tal maraviglia da crederla un sogno.

Dopo aver traversato una fila di sessanta stanze, le mani che lo guidavano lo fecero fermare, ed esso vide una poltrona grande e molto comoda, che si accostò da sé sola al camminetto. In quel mentre il fuoco si accese: e le mani che gli sembravano bellissime, bianche, piccole, bofficette e ben proporzionate, cominciarono a spogliarlo: perché, com’ho detto poco fa, era tutto fradicio mézzo e c’era il caso di fargli prendere un’infreddatura. Gli fu presentato senza che egli vedesse alcuno, una camicia così bella, che era proprio una camicia da sposi, insieme a una veste da camera, di stoffa trapunta d’oro e ricamata di piccoli smeraldi, che formavano degli arabeschi e delle cifre. Le mani, senza corpo, gli avvicinarono una toeletta, che era una vera maraviglia: e lo pettinarono con tanta leggerezza e con tanta maestria, che rimase contentissimo. Poi lo rivestirono tutto, non coi panni di lui, ma con gli altri abiti molto più belli. Egli stava ammirando, senza fiatare, tutto quello che accadeva sotto i suoi occhi, e di tanto in tanto aveva qualche brivido di paura, che non poteva vincere a nessun costo.

Quando l’ebbero incipriato, pettinato, profumato, vestito in gala, e fatto più bello d’un amore, le solite mani lo condussero in una sala magnifica per i mobili e per le dorature. In giro alle pareti si vedeva la storia dei gatti più famosi. Rodilardo appiccato pei piedi, nel Consiglio dei Topi: il Gatto cogli stivali, marchese di Carabà: il Gatto scrivano: il Gatto cambiato in donna, i Sorci mutati in gatti: il Sabbato e tutte le sue stregherie; insomma non c’era cosa più originale di questi quadri.

La tavola era apparecchiata, con sopra due posate e due tovagliolini, ciascuno dei quali col suo laccetto d’oro: la dispensa faceva restare a bocca aperta per la quantità di vasi di cristallo di monte e di altre pietre preziose. Il Principe non sapeva per chi fossero quelle due posate, quando vide alcuni gatti che andavano a pigliar posto in una piccola orchestra fatta apposta per loro: uno portava un libro pieno di capperi e di note le più strane del mondo: un altro teneva in mano un quaderno arrotolato, per battere il tempo: gli altri avevano delle piccole chitarre.

Tutt’a un tratto, ciascuno di essi cominciò a miagolare in diversi toni e a grattare coll’unghie le corde della chitarra. Il Principe avrebbe quasi creduto di esser capitato all’inferno, se non gli fosse parso che il palazzo fosse troppo meraviglioso per dar motivo a simili sospetti: e non potendo far altro, si tappava gli orecchi e si buttava via dalle risate, a vedere i gesti e le boccacce di quei musicanti di una razza nuova.

Mentre stava pensando alle tante cose che gli erano accadute in questo castello, vide entrare una figurina non più alta di mezzo braccio. Questa specie di bambolina era coperta dalla testa ai piedi da un lungo velo di crespo nero. L’accompagnavano due gatti, anch’essi abbrunati, col mantello e la spada al fianco. E dietro a loro, un numeroso corteggio di gatti, che portavano trappole e gabbie piene di sorci e di topi.

Il Principe era fuori di sé dallo stupore, e non sapeva che cosa pensare. Intanto la bambolina si avvicinò e si tolse il velo: sicché egli poté vedere la più bella gattina, fra quante ce ne furono e ce ne saranno mai. Ella appariva molto giovine e molto afflitta: e faceva un miagolìo così dolce e così carino, che andava proprio al cuore. Ella disse al Principe:

Figlio di Re, tu sei il benvenuto. La mia miagolante maestà ti vede con piacere”.

Signora Gatta”, disse il principevoi siete molto buona a farmi sì cortese accoglienza; ma voi non mi avete l’aria di essere una bestiolina come tutte le altre: il dono della parola e il bel castello che possedete, ne sono una prova lampante.

Figlio di Re”, riprese la Gatta, “por favor, non mi dire dei complimenti. Io sono semplice di modi e di parole: ma ho un buon cuore. mente!” continuò ellasi serva subito in tavola; e i musicanti tacciano, perché tanto il Principe non intende nulla di quello che dicono.

Dicono forse qualche cosa?”, domandò egli.

Ma sicuro”, ella soggiunse, “perché qui ci sono dei letterati, che hanno moltissimo spirito: e se resterete un poco fra noi, ve ne persuaderete facilmente.

Basta sentirvi discorrere, per crederlo subito”, disse il Principe con molta galanteria, “ed è per questo, o signora, che io vi stimo una gatta veramente singolare.

Fu portata la cena: la quale era servita da quelle stesse mani, appartenenti a corpi invisibili. Si rifecero dal mettere in tavola due pasticci: uno di piccioncini e l’altro di sorci grassi come ortolani. La vista di quest’ultimo pasticcio fece perdere al Principe la voglia di assaggiare il primo; per il sospetto che tutti e due fossero stati cucinati dallo stesso cuoco, e con le medesime rigaglie: ma la gattina, vedendogli far boccuccia, indovinò la sua idea e lo accertò che la sua cucina era fatta a parte, e che poteva mangiare tranquillamente le pietanze, che gli avessero messo dinanzi, senza scrupolo di trovarci dentro o topi o sorci.

Il Principe non se lo fece dire due volte, persuaso che la bella Gattina non poteva avere nessun motivo per dargli ad intendere una cosa per un’altra. E mentre mangiava gli venne fatto notare che ella aveva un piccolo ritratto in avorio, attaccato a una zampa, e gli fece specie. La pregò se avesse voluto mostrarglielo, credendo che fosse il ritratto di padron Buricchio. Ma rimase oltremodo stupito nel vedere che era un giovine così bello, da non credere che la natura n’avesse formato un altro compagno: e il ritratto somigliava tanto a lui, che se gliel’avessero dipinto apposta, non poteva esser più vero e più parlante. Ella sospirò: e facendosi anche più trista, serbò un profondo silenzio. Il Principe capì che ci doveva esser sotto qualche cosa di misterioso e di straordinario, ma non ebbe cuore di chiedere spiegazioni, per paura di far dispiacere alla Gatta e di affliggerla più che mai. Egli le parlò di tutte le novità che sapeva, e la trovò istruttissima degl’interessi delle case principesche e di tutti i fatti che accadevano nel mondo.

Alzati da cena, la Gatta Bianca invitò il suo ospite a voler passare in una gran sala, dove c’era un teatro sul quale davano un balletto dodici gatti e dodici scimmie. Gli uni erano vestiti da mori, le altre da chinesi. È facile immaginarsi i salti e le capriole che facevano, e i graffi e le zampate che di tanto in tanto si scambiavano fra loro.

La serata finì così. Gatta Bianca dette la buona notte al suo ospite: e le mani, che l’avevano condotto fin lì, lo ripresero e lo menarono in un quartiere, che era tutto differente da quello che aveva visto. Poteva dirsi più elegante che magnifico: ed era tappezzato, di cima in fondo, di ali di farfalle, i cui variati colori formavano mille fiori diversi. Vi erano pure delle penne di uccelli rarissimi, e che forse non si sono veduti altro che in quel luogo. I letti erano di velo, e ornati con bellissimi fiocchi di nastro; e dappertutto grandi specchi, che andavano dall’impiantito al soffitto, e messi dentro a cornici cesellate d’oro e che rappresentavano migliaia e migliaia di piccoli amorini.

Il Principe entrò a letto senza fare una parola, perché era impossibile attaccare un podi conversazione colle mani che lo servivano. Dormì poco e fu svegliato da un rumore confuso. Le mani, lì pronte, lo tirarono subito fuori del letto e gli messero addosso un vestito da caccia. Dette un’occhiata giù, nella corte del castello, e vide più di cinquecento gatti, dei quali alcuni tenevano i levrieri al guinzaglio, e gli altri suonavano il corno. Era una gran festa: Gatta Bianca andava alla caccia, e voleva che il Principe fosse della partita. Le solite mani, addette al suo servizio, gli presentarono un cavallo di legno, che correva a briglia sciolta e che sapeva andare al passo, che era uno stupore. Egli stintignava un poco a montarci sopra, dicendo che era quasi lo stesso che fargli fare la figura di cavaliere errante come Don Chisciotte: ma la sua mala voglia gli giovò poco: si trovò messo di peso sul cavallo di legno, il quale aveva una gualdrappa e una sella a ricami d’oro e di diamanti. Gatta Bianca cavalcava uno scimmiotto, il più bello e il più fiero che si potesse mai vedere; essa aveva lasciato il suo gran velo e portava in testa un berretto da amazzone, che le dava una cert’aria di spavalderia, che metteva paura a tutti i sorci del vicinato. Non c’è stata mai un’altra caccia divertente come quella: i gatti correvano più dei conigli e delle lepri: e così, quando chiappavano qualche animale, Gatta Bianca voleva che lo mangiassero dinanzi a lei, e questa cosa dava luogo a mille giuochi piacevolissimi di agilità e di destrezza. E nemmeno gli uccelli, dal canto loro, erano sicuri: perché i gattini s’arrampicavano su per gli alberi: e il bravo scimmiotto portava Gatta Bianca fin dentro ai nidi dell’Aquile, perché disponesse a piacer suo delle piccole Altezze aquiline.

Finita la caccia, ella prese un corno lungo un dito, ma che mandava un suono così chiaro e sfogato, da farsi sentire benissimo alla distanza di cento miglia. Quand’ebbe fatti due o tre squilli di corno, si vide circondata da tutti i gatti del paese: alcuni arrivarono per aria, portati in cocchio: altri venivano per acqua, dentro le barche: insomma era uno spettacolo non mai veduto. Quasi tutti erano vestiti in diversi modi. Gatta Bianca, accompagnata da questo pomposo corteggio, ritornò al palazzo e pregò il Principe a venirvi anche lui. Egli gradì l’invito, sebbene tutto questo gattaio gli sapesse un potroppo di sabbato e di stregheria, e la Gatta parlante gli paresse più strana e più inconcepibile di tutto il resto.

Appena entrata nel palazzo, le portarono il suo velo nero. Cenò col Principe, il quale aveva una fame che parevano due, e mangiò per quattro. Furono portati dei liquori, che egli gustò volentieri, ma che gli fecero dimenticare, lì per lì, il canino che doveva portare al Re. Da quel momento in poi non aveva altro pensiero che stare a miagolare con Gatta Bianca: o, come chi dicesse, a tenerle buona e fidata compagnia: tutti i giorni passarono in feste piacevoli, ora alla pesca, ora alla caccia: eppoi balli, tornei e altri spassi, che lo divertivano moltissimo. Spesso e volentieri la bella Gatta faceva dei versi e delle canzonette in uno stile così appassionato, da far capire che aveva il cuore sensibile e che certe cose non si sanno dire, senza essere innamorati: ma il suo segretario, che era un vecchio soriano, aveva una mano di scritto così brutta, che sebbene le opere di lei sieno state conservate, oggi è impossibile leggerle e raccapezzarvi dentro qualche cosa.

Il Principe si era scordato di tutto, perfino del suo paese. Le solite mani, rammentate tante volte, continuavano a servirlo. Qualche volta si pentiva di non essere un gatto, per poter passare tutta la vita in così amabile compagniaPovero me!”, diceva egli a Gatta Bianca, “come sarei disperato se dovessi lasciarvi; vi amo tanto! o diventate donna, o fatemi diventare un gatto!” Ella pigliava in chiasso queste parole, e gli dava delle risposte così ambigue e sibilline, da non ricavarci un numero.

Un anno passa presto, in ispecie quando non si hanno né seccature né pensieri: e quando si sta bene di salute e ci manca il tempo per potersi annoiare. Gatta Bianca sapeva il giorno in cui egli doveva tornare a casa, e perché egli non ci pensava più, credé ben fatto ricordarglielo.

Sai tu”, ella dijo, “che ti restano tre giorni solamente, per cercare il canino tanto desiderato da tuo padre, e che i tuoi fratelli ne hanno trovati dei bellissimi?”

Il Principe ritornò in sé, e maravigliandosi della sua negligenza: “Per quale incantesimo piacevole” dicho “ho potuto scordarmi di una cosa, che mi stava a cuore al disopra di tutte le altre? Ce ne va della mia gloria e della mia fortuna. Dove troverò un canino, proprio come ci vuole, per guadagnare un Regno, e un cavallo così scappatore da arrivare in tempo?”.

E incominciò a inquietarsi e a mettersi di cattivo umore.

Gatta Bianca, con una vocina carezzevole, Dijo: “Figlio di Re, non ti dare alla disperazione: io sono fra i tuoi buoni amici: puoi trattenerti qui ancora un giorno, perché sebbene da qui al tuo paese ci sieno più di duemila miglia, il bravo cavallo di legno ti ci porterà in meno di dodici ore”.

“gracias, mia bella Gatta”, dijo el Príncipe, “peraltro non mi basta di tornare da mio padre, ma bisogna che gli porti anche un canino.

Tieni”, gli disse Gatta Bianca, “eccoti una ghianda, dove ce ne troverai dentro uno assai più bello della stessa canicola.

“Via, vía, signora Gatta”, dijo el Príncipe, “Vostra Maestà si piglia giuoco di me.

Avvicina la ghianda all’orecchio”, ella soggiunse, “e lo sentirai abbaiare.

Esso obbedì; e sentì subito il canino che faceva: bu! bu! Il Principe saltava dalla contentezza: perché un canino, che può entrare in una ghianda, bisogna che sia piccino davvero. Egli voleva aprirla, perché si struggeva di vederlo; ma Gatta Bianca gli disse che per la strada avrebbe potuto sentir freddo e che era meglio aspettare che fosse dinanzi al Re suo padre. Il Principe la ringraziò mille volte e poi dell’altro: e gli dette un addio che veniva proprio dal cuore. “Vi giuro”, egli soggiunseche i giorni mi son passati come un lampo; volere o non volere, sento che mi dispiace a lasciarvi; e sebbene voi siate qui la sovrana, e i gatti che vi corteggiano sieno più spiritosi e galanti dei nostri, io non mi perito a invitarvi a venir via con me.

La Gatta, a questa proposta, rispose con un profondo sospiro. Si lasciarono. Il Principe arrivò il primo nel luogo, dove cosuoi fratelli era stato fissato il ritrovo. Dopo poco arrivarono anche gli altri e rimasero maravigliati nel vedere un cavallo di legno, che caracollava meglio di quelli delle scuole d’equitazione.

Il Principe andò loro incontro: si abbracciarono ripetutamente e si raccontarono le avventure dei loro viaggi: ma il nostro Principe non disse tutta la verità circa a quanto gli era accaduto, e mostrò ai fratelli un canucciaccio mezzo spelacchiato, dicendo che gli era parso così grazioso, che aveva pensato di portarlo a suo padre.

Per quanto si volessero bene tra fratelli e fratelli, nondimeno i due maggiori sentirono un gran piacere della cattiva scelta fatta dal minore; e perché erano a tavola, si davano di nascosto nel piede, come per dire che da lui non avevano nulla da temere.

Il giorno dopo partirono tutti e tre insieme, nella medesima carrozza. I due figli maggiori del Re avevano in alcuni panieri dei canini così belli e così delicati, che pareva non si dovessero toccare, per paura di sciuparli. Il minore aveva il suo cane spelacchiato, così inzaccherato di mota, che nessuno lo voleva accosto. Appena arrivati al palazzo, tutti furono loro dintorno per dargli il ben tornato: quindi passarono nelle stanze del Re. Esso non sapeva in favore di chi decidersi, perché i due cani presentati dai suoi figli maggiori erano pari a bellezza: e già i due fratelli si disputavano il vantaggio della successione al trono, quando ecco che il Principe trovò il mezzo di metterli d’accordo, cavando fuori di tasca la ghianda, che Gatta Bianca gli aveva dato. Apertala in presenza di tutti, ciascuno poté vedere un canino, accovacciato nel cotone, il quale sarebbe passato attraverso a un anello da dito, senza nemmeno toccarlo. Il Principe lo posò in terra, ed egli si mise a ballare la sarabanda con accompagnamento di nacchere e con tanta grazia e leggerezza, come non avrebbe saputo far meglio, la più celebre ballerina spagnuola. Esso era di mille colori, tutti diversi, e il pellame e gli orecchi gli toccavano terra.

Il Re rimase un po’ masculino, perché era proprio impossibile trovar da ridire qualche cosa sulla bellezza di quel cagnolino. A ogni modo egli non aveva punta voglia di disfarsi della sua corona: ogni rosone di essa gli era mille volte più caro di tutti i cani dell’universo. Disse dunque ai suoi figliuoli di essere arcicontento di tutto quello che avevano fatto: ma siccome eran riusciti così bene nella prima prova, voleva avere un altro saggio della loro abilità, prima di mantenere la parola data; per cui dava loro tempo un anno a cercargli una pezza di tela così fine e sottile, da passar tutta dalla cruna di un ago, di quelli da ricamo. Tutti e tre sentirono male la cosa di doversi rifar da capo a cercare. I due principi, i cui cani erano meno belli di quello del fratello minore, si rassegnarono. Ognuno se n’andò per il suo viaggio e senza perdersi in tante tenerezze come la prima volta, perché il bel cagnolino era stato cagione di un certo raffreddamento fra loro.

Il nostro Principe rimontò sul suo cavallo, e senza curarsi di altri aiuti, all’infuori di quelli che poteva attendere dalla Gatta Bianca, partì alla gran carriera e ritornò al castello, dov’ella gli aveva fatto così buon viso e lieta accoglienza.

Trovò che tutte le porte erano spalancate e le mura risplendenti per centomila fiaccole accese, che facevano un effetto meraviglioso. Le solite mani, che l’avevano servito sempre con tanta puntualità, gli si fecero incontro: e presa la briglia del bravo cavallo di legno, lo portarono alla scuderia, mentre il Principe si avviava verso la camera di Gatta Bianca.

Ella stava coricata dentro a una piccola cestina sopra un guanciale di seta, bianca come la neve. La sua pettinatura era un potrascurata e la fisonomia abbattuta e trista: ma appena visto il Principe, fece mille salti e mille sgambetti, per fargli intendere la gioia che provava.

Per quante ragioni avessi per credere al tuo ritorno”, diss'ella, “ti confesso, o figlio di Re, che ci contavo assai poco: per il solito sono così disgraziata nemiei desideri, che questa volta mi par proprio di aver avuto una vera fortuna.

El Príncipe, in ricambio, le fece mille carezze: e le raccontò l’esito del suo viaggio, che forse ella già sapeva meglio di lui; e venne a dire come qualmente il Re voleva una pezza di tela che potesse passare dalla cruna d’un ago; che questa cosa a lui gli pareva impossibile, ma che a ogni modo voleva tentarla, ripromettendosi miracoli dalla buona amicizia e dall’aiuto di lei. Gatta Bianca, pigliando una cert’aria di serietà, rispose che non era una faccenda da darsene pensiero: que, para la buena suerte, aveva nel suo castello delle Gatte che filavano benissimo: che essa pure vi avrebbe messo lo zampino, per mandare avanti il lavoro; in una parola che egli poteva starsene tranquillo, e che avrebbe trovato lì quello che cercava, senza bisogno di andare a girellone per il mondo.

In quel punto apparirono le mani, le quali portavano delle fiaccole: e il Principe andando dietro a esse, insieme con Gatta Bianca, entrò in una magnifica terrazza coperta, che dava lungo un gran fiume, sul quale furono incendiati bellissimi fuochi d’artifizio. Vi si dovevano bruciare quattro gatti, ai quali era stato fatto un processo in tutte le regole. Erano accusati di aver mangiato l’arrosto preparato per la cena di Gatta Bianca, il suo formaggio e il suo latte: e di aver cospirato contro la sua real persona insieme con Martafaccio e l’Eremita, famosi topi di quella contrada e tenuti per tali anche da La-Fontaine, scrittore degnissimo di fede; pero, con tutto questo, si sapeva che nel processo c’erano stati molti pasticci, e che quasi tutti i testimoni avevano preso il boccone. El hecho es, che il Principe ottenne per loro la grazia: e i fuochi d’artifizio non bruciarono nessuno: e dei razzi e delle girandole a quel modo, non se ne sono mai più vedute.

Dopo i fuochi fu imbandita una cena, che il Principe gustò assai più delle girandole e dei razzi, perché aveva una fame da lupi, per la ragione che il suo cavallo di legno l’aveva fatto correr tanto, come se fosse stato in strada ferrata, e anche più. I giorni passavano e si somigliavano: feste dalla mattina alla sera, e sempre differenti, colle quali l’ingegnosa Gatta Bianca teneva allegro il suo ospite: e forse non c’è stato un altro mortale, che si sia tanto divertito, non avendo con sé altra compagnia che quella dei gatti.

Gli è vero che Gatta Bianca aveva uno spirito grazioso, seducente e adattato a ogni cosa; ella ne sapeva più di quel che è lecito saperne a un gatto: e il Principe molte volte ne rimaneva stupito.

“No”, esso le diceva, “le meraviglie che mi vien fatto di notare in voi, non sono punto naturali: se voi mi amate davvero, carissima Micina, ditemi per quale miracolo pensate e parlate con tanta finezza di buon senso, da rendervi degna di sedere fra i begl’ingegni delle più celebrate Accademie.

Finiscila con queste domande, figlio di Re”, ella dijo, “a me non è lecito risponderti: tu puoi almanaccare quanto ti pare e piace: padronissimo! Ti basti soltanto sapere che avrò sempre per te una zampina col guanto di velluto: e che ogni cosa che ti riguarda sarà come se fosse una cosa mia.

Questo second’anno passò, sin addarsene, come il primo. Il Principe non aveva tempo di desiderare un oggetto, che le solite mani, sempre pronte, glielo portavano subito: sia che si trattasse di libri, di gemme, di quadri, di medaglie antiche: insomma egli non doveva far altro che dire: “voglio il tal bigiù, che è nel gabinetto intimo del Mogol o del Re di Persia, o la tale statua di Corinto o di Greciache subito vedeva comparirsi davanti ciò che desiderava, senza sapere né chi gliel’avesse portata, né di dove venisse. Ecco una virtù magica, che ha le sue attrattive e che, non foss’altro per passatempo, ci farebbe nascere la voglia di diventare i padroni dei più bei tesori della terra.

Gatta Bianca, che non perdeva mai d’occhio gl’interessi del Principe, lo avvertì che il tempo della sua partenza si avvicinava e che poteva stare tranquillo in quanto alla pezza di tela tanto desiderata, perché essa gliene aveva tessuta una maravigliosa: aggiungendo che questa volta voleva regalargli un equipaggio degno di lui. E senza dargli tempo di rispondere, l’obbligò a guardar giù nel cortile del castello. Y allí, infatti, vi era una carrozza scoperta, tutta d’oro smaltato, color fuoco, con mille imprese galanti dipinte sopra, che facevano piacere agli occhi e alla mente. V’erano attaccati quattro per quattro, dodici cavalli bianchi come la neve, carichi di gualdrappe di velluto rosso fiammante, ricamate a diamanti e guarnite di fibbie e di piastrelle d’oro. La carrozza era foderata dentro colla stessa magnificenza ed aveva un seguito d’altre cento carrozze a otto cavalli, tutte piene di signori di grande apparenza e splendidamente vestiti. V’era di scorta un reggimento di mille guardie del corpo, le cui uniformi erano così coperte di ricami e di alamari, che il panno non si distingueva più: e la cosa singolare era questa: che il ritratto della Gatta Bianca si vedeva da per tutto, sugli stemmi della carrozza, sull’uniforme delle guardie, e perfino attaccato con un nastro all’occhiello dell’abito dei cortigiani, come la insegna di un nuovo ordine cavalleresco, di cui essa gli avesse onorati.

Ora parti pure”, diss’ella al Principe, “e presentati al Re tuo padre in codest’arnese abbagliante; e che la tua magnificenza da gran signore lo metta in suggezione tanto da non aver cuore di ricusarti il trono che ti sei meritato. Eccoti una noce: guarda bene di non schiacciarla, finché non sarai alla presenza di lui: dentro ci troverai la pezza di tela, che m’hai domandata.

Graziosa Bianchina”, respondió, “vi giuro che sono talmente preso dalle vostre gentilezze per me, que, se foste contenta, preferirei di passar la mia vita con voi, a tutte le grandezzate che mi aspettano fuori di qui.

Figlio di Re”, ella soggiunse, “io credo alla bontà del tuo cuore, merce rara fra i Principi: perché essi vogliono essere amati da tutti, e non amar nessuno. Ma tu sei l’eccezione della regola. Io ti tengo conto del bene che dimostri di volere a una Gattina Bianca, la quale in fondo in fondo, non è buona ad altro che a prender topi.

Il Principe le baciò la zampetta e partì.

Se già non si sapesse come il cavallo di legno gli avesse fatto fare duemila miglia in meno di quarantott’ore, ora si stenterebbe a credere la gran furia che messe per arrivare in tempo. Se non che la stessa potenza che animava il cavallo di legno, spronò talmente anche gli altri, che non restarono per la strada più di ventiquattr’ore. Non fecero neppure una fermata, finché non furono giunti dal Re, dove già i due fratelli maggiori si trovavano: que, non vedendo arrivare il fratello minore, gongolavano del suo ritardo e bisbigliavano fra loro sottovoce: “Questa è una bazza per noi: o è morto o è malato: e così avremo un rivale di meno, nella successione al trono”.

Senza perder tempo spiegarono le loro tele, le quali, a dir la verità, erano tanto fini, da passar dalla cruna di un ago grosso: ma per in quanto alla cruna di un ago sottile, era inutile parlarne; y el Rey, tutto contento di aver trovato questo attaccagnolo, mostrò loro l’ago che egli aveva prescelto e che per ordine suo i magistrati avevano recato dal Tesoro della città, dov’era stato gelosamente custodito. Nacque un gran diverbio: e tutti vollero dire la sua.

Gli amici dePrincipi, e segnatamente quelli del maggiore, la cui tela senza dubbio era la più bella, sostenevano che il Re aveva messo fuori una gretola, dove c’era mescolata molta dose di furberia e di malafede. finalmente, per troncare ogni pettegolezzo, si sentì per la città il rumore allegro e cadenzato di una fanfara di trombe, timballi e clarinetti: era il nostro Principe, che arrivava col suo splendido corteggio. Il Re e i suoi due figli fecero tanto d’occhio alla vista di uno spettacolo così sorprendente.

Appena ebbe salutato rispettosamente il padre suo e abbracciati i fratelli, cavò fuori da una scatola, tutta incrostata di rubini, la noce: e la schiacciò. Egli si aspettava di trovarci la pezza di tela, tanto decantata: ma invece c’era una nocciuola; schiacciò anche questa, e rimase stupito di trovarci dentro un nocciolo di ciliegia. Tutti si guardarono in viso: il Re se la rideva sotto i baffi e si divertiva alle spalle del figlio, il quale era stato tanto baccello da credere di poter portare una pezza di tela dentro a una noce; ma perché non ci doveva credere, quando già gli era stato dato un canino che entrava tutto in una ghianda? Egli schiacciò anche il nocciolo di ciliegia, il quale era tutto pieno della sua mandorlina. Allora cominciò per la sala un gran bisbiglìo: e non si sentiva altro che questo ritornello: “Il Principe cadetto l’hanno preso a godere!…”. Egli non rispose nulla alle insolenti freddure dei cortigiani. Aprì in mezzo la mandorlina, e ci trovò un chicco di miglio. ¡Ay! allora poi, per dir la verità, cominciò anch’esso a dubitare e masticò fra i denti, “Ah! Gatta Bianca, Gatta Bianca, tu me l’hai fatta!…” In questo punto sentì sulla mano un’unghiata di gatto, che lo graffiò così bene da fargli uscire il sangue. Egli non sapeva se quell’unghiata fosse per dargli coraggio o per consigliarlo a smettere: a ogni modo aprì il chicco di miglio, e lo stupore di tutti non fu piccolo davvero quando ne tirò fuori una pezza di tela di mille metri così meravigliosa, che c’erano dipinti sopra ogni maniera d’uccelli, di pesci, di animali, con gli alberi, i frutti e le piante della terra, gli scogli, le rarità e le conchiglie del mare, il sole, la luna, le stelle, gli astri e i pianeti del cielo. E c’erano anche i ritratti dei Re e dei Sovrani che regnavano allora nel mondo: e quelli delle loro mogli, dei figliuoli e di tutti i loro sudditi, senza che vi fossero dimenticati i più infimi, fra gli straccioni e gli sbarazzini di strada. Ciascuno, nel suo stato, rappresentava il personaggio che doveva rappresentare, ed era vestito alla foggia del suo paese.

Quando il Re ebbe visto questa pezza di tela, si fece bianco in viso, come s’era fatto rosso il Principe, nel mentre che la cercava. Tanto il Re che i due Principi maggiori serbavano un cupo silenzio, sebbene a più riprese si trovassero forzati a dire che in tutto quanto il mondo non c’era un’altra cosa, che potesse agguagliarsi alla bellezza e alla rarità di questa tela.

Il Re lasciò andare un gran sospiro e voltandosi asuoi figli, disse loro: “Non potete figurarvi la mia consolazione, nel vedere la deferenza che avete per me: io desidero dunque che vi mettiate a una novella prova. Andate a viaggiare ancora un anno, e colui che in capo all’anno menerà seco la più bella fanciulla, quello la sposerà e sarà incoronato Re il giorno stesso delle sue nozze; perché, después de todo, è una necessità che il mio successore abbia moglie: e faccio giuro e prometto che questa volta sarà l’ultima e non manderò più per le lunghe la ricompensa promessa”.

Questa qui, a guardarla bene, era una ingiustizia bella e buona a carico del nostro Principe. Il cagnolino e la pezza di tela, invece di un regno, ne meritavano dieci; ma il Principe aveva un carattere così ben fatto, che non volle mettersi in urto col padre suo: e senza rifiatare, rimontò in carrozza e via. Il suo corteggio lo seguì, ed egli tornò dalla sua cara Gatta Bianca. Ella sapeva il giorno e il minuto che doveva arrivare; per tutta la strada c’era la fiorita e mille bracieri con sostanze odorose fumavano fuori e dentro al castello. Essa se ne stava seduta sopra un tappeto di Persia, sotto un baldacchino di broccato d’oro in una galleria, dalla quale poteva vederlo ritornare. Fu ricevuto dalle solite mani, che l’avevano sempre servito. Tutti i gatti si arrampicarono su per le grondaie, per dargli il ben tornato, con un miagolio da straziare gli orecchi.

“Bueno, figlio di Re”, ella dijo, “eccoti tornato qui, e senza corona.

“Señora”, respondió, “la vostra buona grazia mi aveva messo in caso di guadagnarmela: ma ho capito che il Re avrebbe più dispiacere a disfarsene di quello che io avessi gusto a possederla.

“No importa”, ella soggiunse, “non bisogna trascurar nulla per meritarla; io ti aiuterò anche questa volta, e poiché bisogna che tu meni alla corte di tuo padre una bella fanciulla, penserò io a cercartene una che ti faccia vincere il premio: intanto divertiamoci, ed è per questo che ho ordinato un combattimento navale fra i miei gatti e i terribili topi del paese. I miei gatti si troveranno un poimpappinati nei loro movimenti, perché hanno paura dell’acqua; ma senza di questo, essi avrebbero troppo il disopra: y, per quanto si può, bisogna cercare di bilanciare le forze.

Il Principe ammirò la prudenza della signora Micina: le fece i suoi mirallegri e andò con essa sopra una gran terrazza che dava sul mare,

I vascelli dei gatti consistevano in grandi pezzi di sughero, sui quali vogavano abbastanza comodamente. I topi avevan riuniti e legati insieme molti gusci d’ovo e questi erano le loro navi. Il combattimento fu accanito e crudele: i topi si buttavano nell’acqua e nuotavano con più maestria dei gatti: e così ben più di venti volte si trovarono a essere vincitori e vinti: ma Minagorbio, ammiraglio della flotta gattesca, ridusse l’armata topina all’ultima disperazione, e si mangiò con molto gusto il generale della flotta nemica, che era un vecchio topo di grande esperienza, il quale aveva fatto per tre volte il giro del mondo sopra grossi vascelli dove egli non era né capitano, né marinaio, ma semplice leccalardo.

Gatta Bianca non volle che quei poveri disgraziati fossero interamente distrutti. Essa aveva politica e pensava che se in paese non ci fossero più stati né topi né sorci, i suoi sudditi sarebbero vissuti in un ozio, che poteva alla lunga diventare pericoloso,

Il Principe passò anche quest’anno, come i due precedenti, andando a caccia, alla pesca e giuocando: perché bisogna sapere che Gatta Bianca era bravissima al giuoco degli scacchi. Egli, di tanto in tanto, non poteva stare dal farle delle domande incalzanti, per arrivare a scuoprire per qual miracolo ella avesse il dono di poter parlare. E avrebbe voluto sapere se era una fata, e se fosse stata cambiata in gatta, al seguito di una metamorfosi: ma siccome non c’era caso che ella dicesse mai quello che non voleva dire, così rispondeva sempre quel tanto che voleva rispondere, e dava delle risposte tronche e senza significato, ragione per cui egli dové persuadersi che Gatta Bianca non voleva metterlo a parte del suo segreto.

Non c’è una cosa che passi tanto presto, quanto i giorni felici: e se la Gatta Bianca non fosse stata lei a darsi il pensiero di tenere a mente il tempo preciso di far ritorno alla Corte, non c’è dubbio che il Principe se lo sarebbe dimenticato bene e meglio. Alla vigilia della partenza ella lo avvertì che dipendeva da lui, se avesse voluto menar seco una delle più belle principesse del mondo; che era giunta finalmente l’ora di distruggere il fatale incantesimo ordito dalle fate e che per questo bisognava che egli si risolvesse a tagliar a lei la testa e la coda, e a gettarle subito sul fuoco.

“Yo?”, esclamò, “Bianchina! mi amor! e sarò io tanto spietato da uccidervi? Ah! vedo bene che volete mettere il mio cuore alla prova: ma siate pur certa che esso non è capace di mancare alla amicizia e alla riconoscenza che vi deve,”

“No, figlio di Re”, ella riprese, “io non sospetto in te nemmeno l’ombra dell’ingratitudine; ti conosco troppo: ma non sta né a me né a te a regolare in questo caso i nostri destini: fai quello che ti dico e saremo felici. Sulla mia parola di gatta onorata e perbene, ti farò vedere che ti sono amica…”

Al solo pensiero di dover tagliare la testa alla sua Gattina, tanto carina e graziosa, il giovane Principe sentì venirsi per due o tre volte le lacrime agli occhi. Disse tutto quel più che seppe dire di affettuoso, per essere dispensato, ma essa, intestata, rispondeva che voleva morire per le sue mani; e che questo era l’unico mezzo per impedire ai fratelli di lui d’impadronirsi della corona: en breve, insisté tanto e poi tanto, che alla fine egli tirò fuori la spada e con mano tremante tagliò la testa e la coda della sua buona amica. In quel punto stesso si trovò presente alla più bella metamorfosi che si possa immaginare. Il corpo di Gatta Bianca cominciò a ingrandire e tutt’a un tratto diventò una fanciulla: meraviglia da non potersi descrivere a parole, e unica forse al mondo. I suoi occhi rubavano i cuori, e la sua dolcezza li teneva legati: la sua figura era maestosa, l’aspetto nobile e modesto, lo spirito seducente, le maniere cortesi: e per dir tutto in una parola, ell’era al disopra di tutto ciò che vi può essere di amabile e di grazioso sulla terra.

El Príncipe, a vederla, rimase preso da un grande stupore: ma da uno stupore così piacevole, che credette di essere incantato. Non poteva spiccar parola: pareva che gli occhi non gli bastassero per guardarla, e la lingua legata non trovava il verso di esprimere la sua meraviglia; la quale si accrebbe di mille doppi, quand’egli vide entrare una folla straordinaria di dame e di cavalieri, colla loro brava pelle di gatto o di gatta, gettata sulle spalle, che andavano a prosternarsi ai piedi della Regina, e a darle segno della loro gioia per vederla tornata nel suo primo stato naturale.

Essa li ricevé con tutta quella bontà, che rivelava l’eccellente pasta del suo cuore e del suo carattere, e dopo essersi trattenuta un poco con essi, ordinò che la lasciassero sola col Principe, al quale parlò così:

Non vi mettete in capo, o signore, che io sia stata sempre gatta: e che la mia nascita sia oscura fra gli uomini. Mio padre era Re e padrone di sei regni. Egli amava teneramente mia madre, e la lasciava liberissima di fare tutto ciò che le passava per la mente, La passione dominante di mia madre era quella di viaggiare: por lo cual, sebbene incinta di me, intraprese una gita per andare a vedere una montagna, della quale aveva sentito dire cose dell’altro mondo. E mentr’era per via, le fu detto che lì in quepressi c’era un castello di fate, il più bello fra quanti se ne conoscevano; o almeno creduto tale per una antichissima tradizione; perché non essendovi mai entrato nessuno, non potevasi giudicarne che dal di fuori: ma la cosa che si sapeva per certo era questa, che le fate avevano nel loro giardino certe frutta così delicate e saporite, come non se ne sono mangiate mai. Ecco subito che alla Regina mia madre nacque una gran voglia di assaggiarle, e si avviò verso quella parte. Giunse alla porta di questo magnifico palazzo, tutto risplendente d’oro e di azzurro: ma bussò inutilmente. Non comparve anima viva: si sarebbe detto che erano tutti morti. Quest’indugi servivano a farle crescere la voglia; sicché mandò in cerca di scale per iscavalcare i muri del giardino; e la cosa sarebbe riuscita bene, se i muri non si fossero alzati lì per lì, e senza vedere una mano che ci lavorasse. Si prese allora il ripiego di mettere le scale le une sulle altre! ma finirono di fracassarsi sotto il peso di quelli che ci salivano sopra, que, cadendo giù, rimanevano morti o stroppiati.

La Regina era disperata.

Vedeva i grandi alberi carichi di frutta, che essa credeva deliziose, e voleva cavarsene la voglia, o morire: y por qué, fece rizzare dinanzi al castello parecchie tende signorili e di gran lusso, e vi si trattenne sei settimane con tutta la sua Corte. Non dormiva né mangiava più: non faceva altro che sospirare, parlando sempre della frutta del giardino inaccessibile, finché si ammalò, senza trovare chi potesse sollevarla del suo male, perché le inesorabili fate non si fecero mai vedere, dopo che ella si era attendata in vicinanza del loro castello. Tutti i suoi uffiziali si affliggevano dimolto: non si sentivano che pianti e sospiri da tutte le parti, mentre la Regina moribonda chiedeva delle frutta a quelli che la servivano, ma non ne voleva di altra specie, all’infuori di quelle che le venivano negate. Una notte, mentre era in un mezzo dormiveglia, aprì gli occhi e svegliandosi vide una vecchiettina decrepita e brutta più del peccato, seduta in una poltrona accanto al capezzale del suo letto. Si maravigliò che le sue dame avessero lasciata passare una sconosciuta nella sua camera; quando questa le disse:

A noi ci pare che la tua Maestà sia molto indiscreta, a incaponirsi a voler mangiare per forza le nostre frutta; ma perché ci va di mezzo la tua vita preziosa, le mie sorelle e io acconsentiremo a dartene tante, quante ne potrai portare, finché starai qui: ma a un patto: al patto che tu ci faccia un regalo”.

“Ah! Mi buena abuela”, gridò la Regina, “chiedete e domandate! io son pronta a darvi il mio regno, il mio cuore, l’anima mia, purché mi cavi la voglia delle vostre frutta: a nessun prezzo mi parranno care.

Noi vogliamo”, diss'ella, “che tua Maestà ci dia la figlia che porti nel seno. Quando sarà nata, verremo a pigliarla e l’alleveremo noi: non c’è virtù, bellezza o sapienza, che essa non possa avere per mezzo nostro, in una parola sarà nostra figlia e noi la faremo felice: ma intendiamoci bene: la tua Maestà non potrà rivederla fino al giorno che non si sarà maritata. Se il patto ti garba, io ti guarisco subito, menandoti qui nei pomari del nostro giardino: non badare che sia notte; ci vedrai abbastanza, per iscegliere le frutta che vorrai. Se il patto non ti va, buona notte, signora Regina e scappo a letto.

Per quanto sia dura la legge che m’imponete”, respondió la Reina, “l’accetto piuttosto che morire, perché è più che certo che mi rimane appena un giorno di vita, e morendo io, la figlia mia morirebbe con me. Guaritemi, sapiente fata”, ella seguitò a diree non mi fate perdere nemmeno un minuto per arrivare al godimento della grazia che mi avete fatta.

La fata la toccò con una bacchettina d’oro, diciendo: “Che la tua Maestà sia libera da tutti i mali, che la tengono inchiodata nel letto”. A queste parole le parve di trovarsi alleggerita da una veste di piombo, pesante e dura, che le toglieva il respiro, e che in certi punti sentiva pesarla anche di più, perché forse era lì la sede del male. Fece chiamare tutte le sue dame e disse loro, con viso sorridente, che stava benissimo, che si voleva levar subito, che finalmente le porte del castello, serrate a chiavistello, e a doppia mandata, si sarebbero aperte per lei, perché potesse mangiare le belle frutta del giardino e portarne via con sé, quante ne avesse volute.

Fra tutte quelle dame, non ce ne fu una sola la quale non sospettasse che la Regina fosse caduta in delirio, e che in quel momento sognasse a occhi aperti le frutta tanto desiderate: por lo cual, invece di risponderle a tono, si misero a piangere e fecero svegliare tutti i medici, perché venissero a vederla. Quest’indugio faceva inquietare la Regina, la quale domandava i suoi vestiti, e nessuno si muoveva; e la cosa andò tanto in là che finì col lasciarsi pigliare dalla bizza e diventò rossa come una ciliegia. Alcuni badavano a dire che era effetto della febbre: ma i medici, essendo finalmente arrivati, e dopo averle tastato il polso e fatte le solite cerimonie di uso, non poterono far di meno di dichiarare che era tornata in perfettissima salute. Le sue donne accortesi del granchio a secco che avevano preso per troppo zelo, cercarono di riparare al mal fatto, vestendola da capo a piedi in quattro e quattr’otto. Le chiesero perdono: tutto fu accomodato: ed essa si affrettò a seguire la vecchia fata che l’aveva aspettata fin allora.

Entrò nel palazzo, dove non ci mancava nulla per essere il più bel palazzo del mondo: “y usted, o signore, non penerete a crederlo”, soggiunse Gatta Bianca, “quando vi avrò detto che è quello stesso, dove oggi io e voi ci troviamo”.

Due altre fate, un po’ meno vecchie di quella che conduceva mia madre, vennero a riceverla alla porta e le fecero un’accoglienza, che pareva proprio una festa. Essa le pregò di menarla subito nel giardino e precisamente a quelle spalliere, dove avrebbe potuto trovare i frutti migliori. “Sono tutti buoni nello stesso modo”, risposero le fate, “e se non fosse che tu vuoi cavarti il gusto di coglierli colle tue mani, noi non avremmo da fare altro che chiamarli e farteli venire fin qui!” “¡Ay! ve ne supplico, signore mie”, esclamò la Reginafate che io abbia la contentezza di vedere una cosa così meravigliosa e fuori dell’usuale.La più vecchia delle due fate si pose un dito in bocca e fece tre fischi: poi gridòalbicocche, pesche, noci, prugnole, pere, poponi, uva mascadella, mele, arance, limoni, uva spina, fragole, lamponi, correte tutti al mio comando!”. “Pero”, osservò la Regina, “tutte codeste frutta vengono in diverse stagioni dell’anno!” “Nei nostri orti non è così”, esse risposero, “noi abbiamo sempre ogni sorta di frutta della terra: sempre buone, sempre mature, e non vanno mai a male.

In quel frattempo le frutta arrivarono, rotolandosi, arrampicandosi le une sulle altre, senza mescolarsi e senza insudiciarsi; sicché la Regina, che si struggeva di levarsene la voglia, vi si buttò sopra, e prese le prime che le capitarono sotto mano. Non le mangiò: ma le divorò.

Quando fu piena fino alla gola, pregò le fate di lasciarla andare alla spalliera, per poterle scegliere coll’occhio prima di coglierle. “de buena gana”, risposero le fate, “ma rammentate la promessa che avete fatta: ormai non c’è più tempo per tornare indietro.” “Io son così persuasa”, ella riprese a dire, “che qui da voi si faccia una vita d’oro e mi pare che questo palazzo sia tanto bello, che se non fosse per il gran bene che voglio al Re mio marito, mi metterei d’accordo per restarci anch’io: vedete dunque se è mai possibile che io possa pentirmi di quel che ho detto.

Le destino, tutte contente da non si credere, le apersero i loro giardini e i recinti più appartati; e tanto essa ci si trovò bene, che vi si trattenne tre giorni e tre notti, senza allontanarsi di lì un minuto. Fece una gran provvista di frutta e ne colse quante ne poté cogliere: e perché sapeva che non andavano a male, ne fece caricare quattromila muli che condusse seco. Al dono delle frutta le fate vollero aggiungere quello dei corbelli e delle ceste d’oro, d’un lavoro finissimo che pareva fatto col fiato: le promisero che mi avrebbero allevata da Principessa, come io era, che mi avrebbero data un’educazione perfetta, e a suo tempo scelto uno sposo. Le dissero di più che ella sarebbe stata avvertita del giorno delle nozze, e che contavano sul sicuro che non sarebbe mancata.

Il Re fu lieto del ritorno della Regina e tutta la Corte le dimostrò la sua gioia. Ogni giorno erano balli, mascherate, tornei e feste, dove le frutta portate dalla Regina venivano distribuite, come un regalo prelibato. Il Re stesso le preferiva a ogni altra cosa. Esso non sapeva nulla del patto che la Regina aveva combinato colle fate, e le domandava in quali paesi era stata per trovare di quelle delizie. Essa ora rispondeva che le aveva trovate sopra un’alta montagna, quasi inaccessibile: ora che nascevano in vallate: e qualche volta inventava che crescevano in un giardino o in mezzo a una gran foresta. Il Re non sapeva spiegarsi tante contraddizioni. Interrogava coloro che l’avevano accompagnata, ma questi non osavano fiatare per avere avuto la proibizione di dire una sola mezza parola su questa avventura. Alla fine la Regina, inquieta della promessa fatta alle fate e vedendo avvicinarsi il tempo del parto, fu presa da un gran mal umore: non faceva altro che sospirare e si struggeva a vista, come una candela. Il Re se ne impensierì, e incominciò a insistere colla Regina, per sapere la cagione della sua gran tristezza: e batti oggi, batti domani, finalmente essa gli raccontò tutto quello che era passato fra lei e le fate e com’essa avesse promesso loro la figlia che stava per mettere alla luce.

“Ven!”, exclamó el Rey, “noi non abbiamo figliuoli: voi sapete quanto io li desideri, e per la gola di mangiare due o tre mele, siete stata capace di promettere vostra figlia? Bisogna proprio dire che non mi volete un filo di bene.E lì cominciò a farle dei rimproveri e ne disse tante e tante, che la mia povera madre fu quasi per morir di dolore. E come se questo fosse poco, la fece chiudere in una torre e messe delle guardie dappertutto perché non potesser barattar parola con anima viva, all’infuori degli uffiziali destinati a servirla: e volle che fossero cambiate tutte quelle persone del servizio che l’avevano accompagnata al castello delle fate.

Quest’urto fra il Re e la Regina gettò in Corte una gran costernazione. Ciascuno riponeva i suoi abiti di gala per vestirne dei più adattati all’afflizione generale. Dal canto suo il Re si mostrava inesorabile: non volle più vedere sua moglie: e appena fui nata, mi fece portare nel suo palazzo per esservi allevata, mentre mia madre era sempre in prigione e nel massimo squallore. Peraltro le fate non ignoravano quello che accadeva: e se la presero molto a male e volevano avermi a tutti i costi, perché mi riguardavano come cosa loro, e stimavano che il ritenermi in Corte fosse lo stesso che commettere un furto a loro danno. Prima di pigliarsi una vendetta coi fiocchi e proporzionata al loro dispetto, esse mandarono al Re una celebre ambasceria per ammonirlo a ridare la libertà alla Regina e a riammetterla nelle sue buone grazie, e per pregarlo al tempo stesso di consegnar me ai loro ambasciatori. E questi ambasciatori erano nani schifosi e di una figura così stronca e piccina, che non ebbero nemmeno la sorte di poter capacitare il Re delle loro ragioni. Egli li messe fuori dell’uscio senza tanti complimenti, e se non facevano presto a scappare, chi lo sa come sarebbe finita.

Quando le fate seppero il contegno di mio padre, presero una bizza da non si credere: e dopo aver mandato nei sei regni tutti i malanni immaginabili, vi scatenarono un drago orribile, il quale sputava veleno per tutto dove passava; mangiava bestie e cristiani, e soltanto col fiato faceva seccare tutti gli alberi e tutte le piante.

Il Re era disperato. Si consultò con tutti i savi dello Stato per trovare il modo di liberare i suoi sudditi da tante sciagure, dalle quali erano tribolati. Chi gli suggerì di mandare a cercare per tutto il mondo i migliori medici e i rimedi più accreditati: altri invece lo consigliava a promettere la grazia della vita a tutti i condannati a morte, a patto che andassero a combattere il drago. Al Re piacque il consiglio, e lo accettò: ma non ne ricavò nessun vantaggio, perché la mortalità infieriva di bene in meglio, e quanti andavano contro il drago, erano tutti divorati vivi: sicché non gli rimase altro ripiego, che ricorrere a una fata, che lo aveva avuto sempre sotto la sua protezione fin da ragazzo. Essa era vecchia decrepita e non si levava quasi più dal letto: andò a casa di lei e le fece mille rimproveri perché lo lasciava tartassare a quel modo dal destino, senza venire in suo aiuto.

Come volete voi che io faccia?”, gli diss’ella, “voi avete inasprite le mie sorelle; esse hanno tanto potere, como yo, e non c’è caso che fra noi ci si dia addosso. Pensate piuttosto a rabbonirle, dando loro la vostra figlia: questa Principessina è cosa loro. Voi avete chiuso la Regina in un buco di prigione: che vi ha ella fatto quella donna così amabile, per essere trattata tanto male? mente, da bravo: mantenete la promessa di vostra moglie, e allora vi pioverà addosso ogni felicità.

Il Re, mio padre, mi voleva un gran bene: ma non vedendo altro verso per salvare i suoi regni e per liberarsi dal drago fatale, finì col dire alla sua amica che s’era convinto delle buone ragioni e che non aveva più difficoltà a darmi in mano alle fate, tanto più che essa lo assicurava che sarei stata accarezzata e allevata da Principessa, par mio; che avrebbe ripresa con sé la Regina e che la fata non aveva da far altro che dirgli a chi doveva consegnarmi, perché io fossi portata al castello delle fate.

Bisogna portarla”, Ella le respondió:, “sulla montagna dei fiori: e voi potete trattenervi lì, a una cierta distancia, para asistir a las festividades que se realizarán.”

El Rey dice que el plazo de ocho días que iba a ir junto con la Reina; y ella puede ser que también le avise a sus hermanas, para la preparación de lo que querían hacer.

Volviendo al palacio que fuera, Él envió a tomar la reina con tanto cuidado y tanta pompa, cuánto fue la rabia con la que había hecho prisionero. Era tan abatido y golpeado, que el Rey hubiera trabajado para reconocer, si su corazón no había dicho que era la misma persona en otros tiempos tan querido por él. Las lágrimas en los ojos pidieron que se olvide de los grandes dolores que habían causado, diciendo que iban a ser la primera y la última. Ella respondió que si era merecido, per l’imprudenza di aver promesso la figlia alle fate: e che in quel tempo non aveva altra scusa, se non lo stato interessante in cui si trovava. Alla fine il Re le palesò la sua intenzione, che era quella di consegnarmi in mano alle fate; ma la Regina, per la sua parte, si oppose. Era proprio il caso di dire che il diavolo ci aveva messo le corna, e che io doveva essere il pomo della discordia fra mio padre e mia madre. Quando ebbe pianto e singhiozzato ben bene senza ottener nulla (perché mio padre ne vedeva le funeste conseguenze e i nostri sudditi continuavano a morire a branchi, come se fossero responsabili degli errori della nostra famiglia), diceva dunque che quando mia madre ebbe pianto e singhiozzato ben bene, Renunció y estuvo de acuerdo en todo y que prepara los preparativos para la ceremonia de la entrega.

Me colocaron en una cuna de nácar, adornado con toda la galantería que el arte puede imaginar. Eran guirnaldas de flores y guirnaldas, vuelve: y las flores eran piedras preciosas, cuya varios colores, el reflejo del sol, Ellos brillaron por lo que le hacía daño a los ojos. La magnificencia de mi ropa superado, si se puede decir, la cuna: todos los cordones de mis bandas se hicieron de grandes perlas. Veinticuatro princesas me llevaron en una especie de camilla liviana; su peinado toda la ordinaria, pero no se le había permitido usar colores distintos del blanco, como para aludir a mi inocencia. Todo el pueblo de la Corte, alineado a la orden y poder, acompañé.

Mientras subía la montaña se escuchó una sinfonía melodiosa, que se acercaban; hasta que apareció a las hadas en el número de treinta y seis; Ore que tenían sus buenos amigos que podrían participar en la fiesta. Cada estaba sentado en una concha mayor que el de Venus, cuando salió del mar; y pares de caballitos de mar, que no estaban acostumbrados a caminar sobre el suelo, Ellos los están reuniendo esos desagradables edad con tanta pompa, como si fueran los más grandes reinas del universo.

Trajeron una rama de olivo, para significar al Rey que su presentación había hallado gracia delante de ellos: y cuando yo había tomado en el cuello, eran tantos y su toque, que parecía no tener otra pasión, pero para ser feliz.

el dragón, che aveva servito a vendicarle contro mio padre, veniva dietro di loro, attaccato con una catena tutta di diamanti. Esse mi abballottarono fra le loro braccia, mi fecero mille carezze, mi dotarono d’ogni ben di Dio: e quindi incominciarono la ridda delle streghe. È un ballo molto allegro: né c’è da figurarsi i salti e gli sgambetti che fecero quelle vecchie zittellone: dopo di che il drago, che aveva mangiato tanta gente, si avvicinò strisciando per terra. Le tre fate, alle quali mia madre mi aveva promesso, vi si sedettero sopra, misero la mia culla fra di loro, e toccato il drago con una bacchetta, questo spiegò le sue grand’ali fatte a scaglia, più sottili del crespo finissimo e variopinte di mille bizzarri colori.

Fu in questo modo che le fate tornarono al loro castello. Mia madre vedendomi per aria sulla groppa del drago, non poté trattenersi dal mandare altissime grida. Il Re la consolò col dire che dalla fata sua amica era stato assicurato che non mi sarebbe accaduto nulla di male, e che anzi si sarebbe avuto di me la stessa cura, come se fossi rimasta nel mio proprio palazzo. Ella si dette pace, sebbene fosse per lei una grande afflizione quella di dovermi perdere per sì lungo tempo e per cagion sua: tanto è vero che, se non fosse stata presa dalla voglia di assaggiare i frutti del giardino, io sarei cresciuta nel regno di mio padre e non avrei avuto tutti i dispiaceri, che mi resta ancora da raccontarvi.

Sappiate dunque, figlio di Re, che le mie custodi avevano fabbricata apposta una torre, nella quale vi erano molti begli appartamenti per tutte le stagioni; mobili magnifici, libri piacevolissimi, ma nemmeno una porta; sicché bisognava entrare dalle finestre, le quali erano a tanta altezza da far venire il capogiro. Sopra la torre si trovava un bel giardino ornato di fiori, di fontane e di pergolati di verzura, che riparavano dai bollori della canicola. In questo luogo le fate mi allevavano con tali cure, da sorpassare quanto avevano promesso alla Regina. I miei vestiti erano tagliati secondo il gusto della moda: e tanto ricchi e magnifici che, vedendomi, si sarebbe creduto che io fossi in giorno di nozze.

Le fate m’insegnarono tutte quelle cose, che si addicevano alla mia età e alla mia nascita; né io davo loro molto da fare, perché avevo la facilità d’imparare alla prima. La dolcezza del mio carattere le aveva innamorate: e perché io non aveva mai veduto nessun altro, intendo benissimo che sarei rimasta tranquillamente in quello stato per tutto il rimanente della vita.

Esse venivano sempre a trovarmi, montate sul famoso drago che sapete: non mi rammentavano mai né il Re né la Regina; e siccome mi chiamavano la loro figlia, io credeva di esserlo davvero. Per potermi divertire mi avevano dato un cane e un pappagallo, i quali avevano il dono della parola e parlavano come due avvocati. Nella torre non c’era con me nessun altro.

Un lato di questa torre era fabbricato sopra una strada molto avvallata e tutta coperta di alberi; di modo che dal giorno che vi fui rinchiusa non avevo mai veduto passarvi anima viva. Ma un giorno, essendo alla finestra a ciarlare col cane e col pappagallo, mi parve di sentire qualche rumore: guardai da tutte le parti e finalmente mi venne fatto di vedere un giovine cavaliere, che si era fermato per ascoltare la nostra conversazione. Io non avevo veduto altri uomini, altro che dipinti, sicché non mi dispiaceva punto quest’occasione altrettanto propizia quanto inaspettata. Senza pensare alle mille miglia al pericolo che andava unito alla soddisfazione di ammirare un oggetto così piacevole, mi spenzolai in fuori per vederlo meglio; e più lo guardavo e più ci pigliavo gusto. Egli mi fece una gran riverenza, fissò i suoi occhi su me e mi parve che si stillasse il cervello per trovare il modo di potermi parlare; perché la mia finestra era altissima ed egli aveva paura di essere scoperto, sapendo bene che io mi trovavo nel giardino delle fate.

Il sole calò tutt’a un tratto: o per dir la cosa come sta, si fece notte senza che ce ne avvedessimo; per due o tre volte egli si portò il corno alla bocca e mi rallegrò con qualche suonatina; poi se ne andò, senza che io potessi vedere nemmeno che strada pigliasse, tanto la notte era buia. Io rimasi come estatica, e non provai più il solito piacere a far conversazione col mio cane e col mio pappagallo. Essi mi dicevano le cose più carine del mondo, perché le bestie fatate sono piene di spirito, ma io avevo la testa chi sa dove, né conoscevo punto l’arte di simulare. Il pappagallo se ne accorse: ma furbo com’era, non fece trapelar nulla di quello che rimuginava per il capo.

Fui puntuale a levarmi col sole: corsi alla finestra e fu per me una gratissima sorpresa quella di vedere il giovine cavaliere a piè della torre. Egli vestiva un abito magnifico: e in questo suo lusso mi lusingai di averci un podi merito anch’io, e colsi nel segno. Egli mi parlò con una specie di tromba, o, come chi dicesse, con un portavoce, e mi disse che essendo stato fin allora indifferente a tutte le bellezze che aveva vedute, ora si sentiva tutt’a un tratto ferito talmente dalla mia, da non sapere quel che sarebbe di lui, se non potesse vedermi tutti i giorni. Questo complimento mi fece un gran piacere, e fui dolentissima di non potergli rispondere, perché mi sarebbe toccato a gridar forte e col rischio di essere sentita prima dalle fate, che da lui. Avevo in mano dei fiori: e glieli gettai; egli gradì il picciol dono come un favore insigne: li baciò più volte e mi ringraziò. Mi chiese quindi se sarei contenta che egli venisse tutti i giorni e alla stess’ora sotto la mia finestra, e se io volessi essere tanto cortese da gettargli qualche cosa. Io aveva un anello di turchine: me lo levai lesta lesta dal dito e glielo buttai con molta fretta, facendogli segno di andarsene come il vento. E la ragione era che dall’altra parte avevo sentito la fata Violenta che, a cavallo al drago, veniva a portarmi la colazione.

El primero que dijo de entrar en mi habitación, Estas palabras fueron: “Puedo oler la voz de un hombre: búsqueda, drago!”. Imagínese si yo era la sangre en las venas! Estaba más muerto que vivo por temor a que el dragón, a través de la otra ventana, no comenzaría a seguir después de que el piloto para los que ya sentía una media pasión. “realmente”, diss'io, “Mi buena madre (porque la vieja hada quería así que llamé su nombre), Realmente creo que parece que disculparse por celiare, diciendo que huele a la voz de un hombre: tal vez que la voz tiene un olor? Y a pesar de que tenían, los que queremos que sea la erupción de arrisicarsi para subir en la parte superior de esta torre?”

“bien dicho, mi hija, así decirlo”, ella respondió, “y estoy contento de oír usted piensa tan pálido. Capisco anch’io che dev’essere l’odio che sento per tutti gli uomini, quello che mi fa crederli vicini anche quando sono lontani.

Mi diede la colazione e la rocca; poi soggiunse:

Quando avrai finito di mangiare, mettiti lì e fila; ieri non facesti nulla: e le mie sorelle se l’hanno per male”. Difatto il giorno innanzi ero stata tanto occupata col cavaliere sconosciuto, che non toccai né la rocca né il fuso.

Appena se ne fu ita, gettai via la rocca con una specie di dispetto e montai su in cima alla torre, per vedere più lontano che fosse possibile. Avevo con me un eccellente canocchiale: nulla all’intorno m’impediva la vista: ero padrona di voltarmi e di guardare da tutte le parti, quand’ecco che mi venne fatto di scoprire il mio cavaliere in vetta a una montagna. Egli si riposava sotto un ricco padiglione di broccato d’oro ed era circondato da una numerosissima Corte. Pensai subito che dovesse essere il figlio di qualche Re, vicino al palazzo delle fate. E perché avevo paura che tornando egli sotto la torre potesse essere scoperto dal terribile drago, così andai a prendere il mio pappagallo e gli ordinai di volare in cima a quella montagna, dove avrebbe trovato quel cavaliere che aveva parlato con me, al quale doveva dire da parte mia di non tornare sotto le finestre a motivo che, da quanto m’ero accorta, le fate stavano con tanto d’occhi e gli potevano fare un brutto scherzo.

Il pappagallo compì la sua commissione da vero pappagallo di spirito. Rimasero tutti stupiti di vederlo venire ad ali spiegate e posarsi sulla spalla del Principe per parlargli sotto voce all’orecchio. Il Principe gradì per un verso l’ambasciata: e per un altro verso gli dispiacque. La cura che mi pigliavo di lui, faceva bene al suo cuore; ma tutte le difficoltà che incontrava per potermi parlare lo disanimavano, senza distoglierlo peraltro dal disegno che egli aveva fatto di piacermi. Rivolse cento domande al pappagallo: e il pappagallo, curioso di sua natura, ne fece altrettante a lui. Il Re gli dette per me un anello in cambio di quello colla turchina: e anche il suo era una turchina, ma molto più bella della mia: era tagliata a cuore e contornata di brillanti. “È giusto”, egli soggiunse, “Yo te trato como un embajador. Aquí está un regalo mi retrato; pero no le hizo ver a nadie, de que su querida ama.” Y que lo diga, Atacó el retrato bajo el ala del loro, que trajo en sus picos el anillo que tenía para mí.

Yo estaba esperando el regreso de mi mensajería verde, con una impaciencia que nunca había intentado. Me dijo que la persona, de la que había enviado, Fue un gran Rey; lo que un golpe de bienvenida habían hecho: que no podía vivir sin mí: y aunque había un gran peligro para venir bajo mi torre, Podría estar seguro de que estaba preparado para cualquier cosa, en lugar de renunciar a verme. Estas cosas messero en mí un gran malestar; y empecé a llorar como un bebé. Pappagallo e il canino Titì s’ingegnavano di farmi coraggio, perché mi volevano un gran bene. Quindi Pappagallo mi presentò l’anello del Principe, e mi fece vedere il ritratto. Confesso che non ho sentito mai tanta consolazione, quanta n’ebbi nel considerare da vicino e sotto gli occhi colui che non avevo veduto altro che da lontano. Mi parve anche più grazioso che non mi fosse parso dapprima; e cento pensieri, parte piacevoli e parte tristi, mi si affollarono nel capo e m’entrò nel sangue un’irrequietezza straordinaria. Le fate vennero a trovarmi e se ne accorsero. Esse dissero fra loro che senza dubbio io doveva annoiarmi e che bisognava cercarmi uno sposo della loro razza. Ne nominarono diversi: ma si fermarono sul piccolo Re Migonetto, il cui regno era cinquecentomila miglia distante di lì, ma questo non era un ostacolo serio. Pappagallo sentì questo bel fissato, e venendo subito a rifischiarmelo, mi disse: “Mi fareste proprio pietà, cara padrona, se vi toccasse per marito il Re Migonetto: egli è un fagotto di panni sudici da far paura: il Re, che voi amate, non lo piglierebbe nemmeno per suo Tira-stivali”. “Di ', Pappagallo, e tu l’hai visto?” “Se l’ho visto?”, egli soggiunse, “figuratevi che sono stato allevato sopra un ramo insieme a lui.” “Come sopra un ramo?”, domandai io. “Sissignora! perché bisogna sapere che egli ha i piedi di Aquilotto.

Quei discorsi mi fecero un gran male. Guardavo il bel ritratto del Re, e pensavo che egli non lo aveva regalato a Pappagallo se non perché io lo potessi vedere: y cuando la he comparado con el de Migonetto me caer los brazos y en lugar de casarse con el mono sentía como si me deje morir.

No cierre un ojo en toda la noche. Loro y Titi me mantuvieron un poco’ compañía. Un día me quedé dormido: pero el canino, que tenía una buena nariz, oyó que el rey estaba abajo en la parte inferior de la torre. Se despertó y dijo loro: “Apuesto a que ya existe bajo es el rey”. loro respondió: “Chetati, mouthy! ¿Por qué siempre con los ojos abiertos y los oídos a agarrar aire? Siento que el otro una pequeña siesta?”. “todavía”, Insistió en el buen perro, “Apuesto a que hay.” “Y te digo que No existe”, Él respondió el loro, “¿No soy yo quien estaba prohibido venir aquí por la princesa?” “Una bella proibizione davvero!”, gridò il canino, “un uomo che ama non consulta che il suo cuore.E nel dir così cominciò a strapazzargli con tanta poca grazia le ali, che Pappagallo perse i cocci sul serio. Gli urli di tutti e due mi svegliarono: e saputo il motivo del battibecco non corsi, no, ma volai alla finestra: e vidi il Re che mi stendeva le braccia e col mezzo del portavoce mi disse non poter più vivere senza di me, e mi scongiurava per ora a fare in modo o di venir via dalla torre o di farci entrare anche lui, chiamando in testimonio tutti gli Dei dell’Olimpo che mi avrebbe sposata subito, e che io sarei diventata una delle più grandi Regine dell’Universo.

Ordinai a Pappagallo di andargli a dire che quello che mi chiedeva era impossibile: pero sin embargo, detrás de la palabra y de los juramentos, Me gustaría ser ingeniero para hacerlo feliz: Sin embargo, yo mismo recomendé por qué no vienen bajo la torre cada día: en el largo plazo, habría sido conocido, y luego no tendrían piedad o misericordia.

Se fue con el corazón lleno de alegría y esperanza, y me encontré en una gran aflicción de espíritu, Vi lo que prometí. Cómo escapar de la torre, tenía ni siquiera el signo de una puerta, sin duda ayudará loro y Titi, y como soy tan joven, tan poca experiencia y por lo tanto miedo?… mi resolución, por lo tanto,, era probar mi mano buscó una oportunidad, de la que no podía ponerse de pie piernas, y yo he enviado por el Rey, mediante loro. Egli, di prim’impeto, voleva uccidersi dinanzi ai suoi occhi: ma poi lo incaricò di persuadermi e di andarlo a veder morire o di consolarlo nella sua passione.

“Sire!”, esclamò l’ambasciatore colle penne, “la mia padrona è più che persuasa delle vostre paroleNon è che manchi di buona volontà! Se potesse!…”

Quando tornò a ridirmi quel che era accaduto, mi afflissi più che mai. Entrò la fata Violenta e mi trovò cogli occhi rossi: allora cominciò a dire che io aveva pianto e che se non confessavo il motivo, mi avrebbe bruciata viva; perché tutte le sue minacce erano sempre spaventose. Risposi, tremando come una foglia, che m’ero annoiata a filare e che avrei preso volentieri un podi spago, per far delle reti e chiappare gli uccellini che venivano a beccare la frutta del mio giardino. “È questo, mi hija”, dijo “tutto quello che desideri? allora non piangerai più: ti porterò tanto spago da non sapere dove metterlo.E detto fatto, me lo portò la sera stessa: e intanto mi avvertì di pensare a farmi bella e a non piangere, perché il Re Migonetto stava per arrivare da un momento all’altro. A questa notizia mi vennero i brividi per le spalle, ma non rifiatai. Appena fu fuori della stanza cominciai a fare qualche lacciuolo; ma l’intenzione mia era di fare una scala di corda, la quale mi riuscì benissimo senza che ne avessi mai vedute. Peraltro la fata non mi portava mai tanto spago, quant’era il bisogno, e mi badava a dire:

“Pero, mi hija, il tuo lavoro è come la tela di Penelope: non va avanti di una maglia e sei sempre a chiedermi dell’altro spago”.

O mia buona mammina”, rispondevo io, “voi discorrete bene: ma non vedete che io non so proprio che cosa annaspo e che butto sul fuoco il mio lavoro? Avete paura che vi faccia fallire per un podi spago?” Il mio modo ingenuo di fare la metteva di buon umore, sebbene fosse di un carattere insoffribile e veramente crudele.

Col mezzo di Pappagallo mandai a dire al Re di venire una tal sera sotto le finestre della torre; che ci troverebbe la scala e che il resto l’avrebbe saputo lì sul posto.

Infatti attaccai per bene la scala, risoluta com’ero a fuggirmene con lui; ma appena egli la vide, senza darmi tempo di scendere, salì su in un batter d’occhio, mentr’io stavo mettendo in ordine ogni cosa per la fuga.

La vista di lui mi fece provare tanta gioia, che non pensai più al pericolo che ci stava sul capo. Mi rinnuovò i suoi giuramenti e mi scongiurò di non differire più in là ad accettarlo per mio sposo. Pappagallo e Titì, pregati da me, ci fecero da testimoni. Non c’è esempio di una festa di nozze celebrata con tanta semplicità fra due persone di grado così elevato, né c’è ricordanza di due cuori più soddisfatti e contenti dei nostri. Non era ancora spuntata l’alba, quando il Re mi lasciò: io gli avevo raccontato l’orribile disegno delle fate di volermi maritata al Re Migonetto; gliene feci il ritratto e n’ebbe più ribrezzo di me. Tan pronto como empezó, Le mineral de mi parvero anni. Corrí a la ventana y se lo llevaron con los ojos, a pesar de que todavía estaba oscuro. Pero cual fue mi sorpresa, en ver el aire en un carro tirado por salamandras alados, funcionando a una velocidad de vértigo, por lo que el ojo apenas podía seguirles! Este carro es acompañado por una nube de guardias, montado sobre muchos avestruces. No he tenido tiempo para realizar razón para aquellos que corrige el viento como los que se, pero una vez que pensé que tenía que ser un mago o un hada.

Pronto, Violenta el hada entró en mi habitación. “Tengo que darle las buenas noticias”, Ella mi disse, “su amante, llegó unas horas: preparado para recibir; he aquí la ropa y piedras preciosas arnés.” “¿Y quién te dijo”, Dije un poco’ con resentimiento “Me quiero casar? Non è davvero la mia intenzione. Il Re Migonetto può tornarsene di dove è venuto, ché per me è padronissimo: fra me e lui non ci pigliamo di certo.

“sentir! escuchar!”, dijo el hada, “o che non mi si mette a far la difficile? Me gustaría tener un poco’ sapere che cosa armeggi con quel cervellino! Alle corte, con me non si scherza; o tu lo sposi, o io…”

O voi?… sentiamo un poche cosa voi mi farete?”, soggiunsi, diventando rossa scarlatta fino alla punta dei capelli per l’impertinenze che mi aveva dette, “che mai mi può accader di peggio che esser tenuta in una torre, in compagnia di un cane e di un pappagallo e coll’obbligo di vedere sette o otto volte il giorno la figura di un drago spaventoso?”

“¡Ay? sconoscente, che non sei altro!”, dijo el hada, “vai là, che meritavi proprio tutti i pensieri e le pene, que hemos dado a usted! ya, Yo hubiera dicho hace mucho tiempo mis hermanas: vamos a tener una buena recompensa!…”

Ella fue a buscar a ellos y les dijo lo que había pasado entre nosotros, y se sorprendieron.

Loro y me dijeron Titi, un montón de cartas, que si continuaba a golpear la carretera, Me encontraba en una mala problemas. Pero en ese momento me sentí tan orgulloso de poseer el corazón de un gran Rey, que no me asombre, ya mí que el consejo de mis pequeños amigos vino a mí en un oído y pasado de ese otro. vestita permanecido, com'era, ni quería poner una cinta en la; más bien, por coincidencia, Me spettinai opinión entera a Migonetto una bruja de verdad. La reunión tuvo lugar en la terraza. Llegó allí en su carro de fuego. Dei nani piccini ne ho veduti, ma un nanerucolo a quel modo lì, más! Per camminare si serviva nello stesso tempo delle zampe d’aquila e dei ginocchi, perché non aveva ossa nelle gambe; e si teneva ritto sopra due grucce, tutte di diamanti. Aveva un manto reale di circa un metro di lunghezza: eppure ne strascicava per terra almeno due buoni terzi. Invece di testa, un grande zuccone che pareva uno staio e un naso così screanzato, che ci stavano sopra una dozzina d’uccelli: ed egli si divertiva a sentirli cantare. La barba pareva un bosco e i canarini ci facevano dentro il nido; gli orecchi gli passavano di un metro al disopra del capo; cosa peraltro di cui nessuno si avvedeva, a cagione della smisurata corona a punta che portava in testa, per comparire più alto. Le fiamme che mandava il carro arrostivano le frutte, seccavano i fiori e inaridivano le fontane del mio giardino. Egli mi venne incontro a braccia aperte; ma io non mi mossi né punto né poco; per cui bisognò che il suo scudiere gli desse di braccio. E quando si provò ad avvicinarsi scappai in camera e chiusi la porta e le finestre: sicché Migonetto dové andarsene colle fate, le quali mi avrebbero cavato gli occhi dalla bile.

Esse gli chiesero mille e mille scuse della mia ruvidezza; e per abbonirlo, perché era un arnese da far paura, pensarono di condurlo la notte in camera mia, mentr’io dormivo: di legarmi i piedi e le mani e di mettermi così nel carro infuocato, perché potesse menarmi seco. Quando ebbero tutto fissato e combinato, tornarono da me; y recuperé un poco de mi conducta, contentándose sólo para decirme que de alguna manera había que deshacer el delito. Todos estos reproches giulebbati y Cuero, Dieron la nariz loro y Titi. “¿Quieres que hable a cabo, amante?”, dicho mi perro, “el corazón no me dice nada bueno. Estas mujeres no son algunas personas… Dios puede salvarnos a todos, y en particular por los violentos.”

Me reí de todo este miedo y fui empujado en espera de mi marido, que es demasiado anhelaba a verme por no llegar a tiempo para establecer. Tiré la escalera de cuerda con la firme resolución de fuggirmene con él. montó, ligero como una pluma, y él me dijo tantas cosas y tantos amable y apasionada, que aún hoy no tengo el corazón a la memoria richiamarmele.

Mientras hablaba juntos, tranquila y segura, como si estábamos en el palacio de él, Vimos romper con un ruido fuerte de la ventana de la habitación. El vino en las hadas montado en su dragón: Migonetto los siguió en su carro habitual de fuego, arrastrando todos sus guardias a caballo avestruces. Il Re, sin enanismo, poner la espada, y no tenía otro pensamiento que defenderme en la más terrible aventura que podría pasar a mí. Bueno… Debo decirle, querido señor? estas bestias carnívoras él, envían el dragón, que si usted vive devorado vivo delante de mis ojos.

Fuera de mí para su desgracia y mi, Me tiré en la boca horrible monstruo, porque m'inghiottisse, como lo había tragado la persona que era todo mi amor: e l’avrebbe fatto volentieri: ma le fate, più crudeli di lui, glielo proibirono.

Esse gridarono insieme:

Bisogna serbarla a tormenti più lunghi: una morte sollecita e pronta è quasi uno zuccherino per una creatura così indegna e scellerata”. Mi toccarono, e mi vidi trasformata in Gatta Bianca: quindi mi condussero in questo palazzo, che era di mio padre, cambiarono in gatti e in gatte tutti i signori e tutte le dame del Regno, e a parecchi lasciarono soltanto le mani: e così mi ridussero nello stato lacrimevole in cui mi trovaste, facendomi sapere il segreto della mia nascita, la morte di mio padre, quella di mia madre, e come io non avrei potuto essere liberata dalla mia figura di gatta, se non da un Principe che somigliasse come due gocce d’acqua a quello che mi era stato rapito. y usted, o signore, siete il suo ritratto vivo e parlante: le stesse fattezze, la stessa fisonomia, perfino lo stesso suono di voce. Appena vi vidi per la prima volta, ne rimasi colpita: io sapevo tutto quello che doveva accadere, come so quello che accadrà, e però vi dico che le mie pene stanno per finire.

E le mie, bella Regina, dovranno ancora durare un pezzo?”, domandò il Principe, gettandosi ai suoi piedi,

Io vi amo, o signore, più della mia vita, E questo è il momento di partire per andare da vostro padre: vedremo quali sono i suoi sentimenti verso di me, e se è disposto a rendervi contento.

Ella uscì: il Principe le dette la mano: e insieme con lui montò in una carrozza molto più bella e magnifica di tutte quelle che aveva avuto fin allora. Il resto dell’equipaggio non ci scompariva: basti dire che tutti i ferri dei cavalli erano di smeraldi e i chiodi di diamanti. Da quella volta in poi non s’è visto più nulla di simile. Inutile star qui a ripetere i colloqui, che ebbero insieme il Principe e la Regina. Ella era di una bontà singolare e di uno spirito finissimo: e il giovane Principe valeva quanto lei: sicché non potevano pensare e dire altro che un monte di bellissime cose.

Giunti in vicinanza del castello, dove dovevano trovarsi i due fratelli maggiori del Principe, la Regina entrò in un piccolo blocco di cristallo di monte, di cui tutte le sfaccettature erano guarnite d’oro e di rubini. Tutt’all’intorno era circondato di tendine per impedire ai curiosi di guardar dentro, ed era portato a barella da giovinotti di bellissimo aspetto e vestiti splendidamente. Il Principe rimase nella sua bella carrozza; e di lì poté vedere i suoi fratelli che se la passeggiavano a braccetto di due Principesse d’una bellezza da sbalordire. Appena lo riconobbero, gli andarono incontro per fargli festa e domandarono se anche esso aveva condotto la sua dama. Al che rispose che era stato così disgraziato, che in tutto il viaggio non si era imbattuto altro che in donne bruttissime; e tutto ciò che gli era capitato di meglio da portar seco, era una gatta bianca. Se rieron de su sencillez. “Un gato!” dijeron que “por qué un gato? que tal vez miedo de que los ratones que come el palacio?” El príncipe añadió que sabía que no era prudente llevar un regalo como a su padre. y entonces, entre una palabra y la otra, Se dirigieron hacia la ciudad.

Los dos hermanos mayores se fueron colina en dos princesas todos los vagones de oro y lapislazzoli: caballos llevaban en jefe de las plumas y otros adornos: para que sea corto, Nada más bello este paseo. Detrás de ellos era nuestro joven príncipe: y entonces el bloque de cristal aguas arriba, que todo el mundo observó con gran admiración.

Los cortesanos acudieron de inmediato para informar al rey de la llegada de los Principios.

Hanno con sé delle belle donne?”, domandò il Re.

Non s’è veduto mai nulla d’eguale!…”

aparentemente, questa risposta non garbò troppo al Re. I due Principi si affrettarono a salire le scale colle loro Principesse, che erano due occhi di sole. Il Re li ricevette benissimo, e non sapeva a quale delle due dovesse dare la preferenza. Voltatosi al minore dei figli, gli domandò: “Come va che questa volta siete tornato solo?”.

Vostra Maestà vedrà dentro questo cristallo una gattina bianca, che miagola con tanta grazia e che ha le zampine più morbide del velluto, e son sicuro che le piacerà”, Él respondió el Príncipe.

Il Re sorrise e si mosse per aprire da se stesso il blocco di cristallo. Ma appena si fu accostato, la Regina toccò una molla, de manera que el bloque fue todo en pequeños pedazos y ella apareció como el sol después de estar un poco’ secreto tiempo entre Nuvoli: su pelo rubio se extendió a los hombros y en grandes rizos que caían hasta los pies. En la cabeza tenía todas las flores: y su vestido se alinea velo blanco de seda de color rosa claro. Se levantó e hizo una profunda reverencia al Rey, que a la altura de la admiración que no podía contenerse de exclamando:

“Eso es realmente la mujer sin comparación, y que realmente merece mi corona”.

“señor”, dijo, “No estoy viniendo aquí para llevar un trono que sí es digno ocupada: Nací con seis reinos: de hecho me permite ofrezco uno a usted y uno por uno a sus hijos. In ricompensa non vi domando altro che la vostra amicizia e questo giovine Principe per mio sposo. I tre regni, che avanzano, sono più che sufficienti per noi.

Il Re e tutta la Corte fecero un baccano con urli di ammirazione e di allegrezza incredibile. Le nozze si celebrarono subito, e quelle dei due fratelli ugualmente: motivo per cui per diversi mesi furono feste, baldorie, divertimenti e corte bandita. Poscia ciascuno partì per andare a governare i propri Stati: e la bella Gatta Bianca si immortalò non tanto per la bontà e per la generosità del suo cuore quanto per il suo raro merito e per la sua gran bellezza.

La cronaca di quel tempo racconta che Gatta Bianca diventò il modello delle buone mogli e delle madri sagge e perbene. E io ci credo.

Dal trist’esempio avuto in casa, essa aveva imparato a sue spese che le follie e i capricci delle mamme spesse volte sono cagione di grandi dispiaceri per i figliuoli.

 

 

 

La Cervia nel bosco

 

Había una vez un rey y una reina que estaba entre ellos a lo largo como dos almas en un pozo: se amaban mucho, y fueron adorados por sus temas; pero la felicidad completa de uno y el otro le faltaba una cosa: un heredero al trono.

El Regina, que sabía que el rey la amaría dos veces si ella tenía un hijo, Nunca salió en primavera para ir a beber un poco de agua, que se dice que tiene hijos milagrosos. En estas aguas nos encontramos con la gente en las multitudes de todo; y el número de extranjeros fue tan abrumadora, que existían en todos los países del mundo.

En un gran bosque, donde fue a beverle, hubo varias fuentes: que eran de mármol o pórfido, porque todos ellos compitieron a quién era la más bella. Un día la reina estaba sentada en el borde de una fuente, Él ordenó a sus damas de dejar la compañía y que la dejara sola y luego comenzó su lloriqueo habitual.

“¿Cómo horrible”, diciendo que, “no tener hijos! Se hace cinco años piden la gracia de tener una; y sin embargo no podía tenerlo. Así que voy a tener que morir sin experimentar este consuelo?”

Mientras hablaba así, Se observó que el agua de la fuente se mueven todos; entonces él salió y dijo que un gran camarones:

“O gran Regina! finalmente tendrá la gracia deseada. Usted debe saber que en la zona Hay un magnífico edificio del palacio de hadas: pero es imposible encontrar, ya que está rodeado por nubes muy gruesas por las que pasa ningún ojo mortal: de todos modos, ya que soy su humilde servidor, eccomi qui pronto a menarvici se volete fidarvi alla guida di un povero gambero”.

La Regina lo stette a sentire senza interromperlo, perché la cosa di vedere un gambero che discorreva, l’aveva sbalordita dalla meraviglia: quindi gli disse che avrebbe gradita volentieri la sua offerta, ma che non sapeva, come lui, camminare all’indietro.

Il gambero sorrise e prese subito l’aspetto di una bella vecchietta.

“eso es todo, o signora”, le estas, “così non cammineremo più all’indietro. Ma vi domando una grazia: tenetemi sempre per una delle vostre amiche, perché io non desidero altro che di esservi utile a qualche cosa.

Uscì dalla fontana senza avere una goccia di acqua addosso: il suo vestito era bianco, foderato di seta cremisi, e i capelli grigi annodati dietro con nastri verdi. Nunca se había visto galante antigua como la! Saludó a la reina, que quería abrazarla; y sin poner el tiempo en el medio, La hizo tomar un poco de camino en el bosque, con gran asombro de la propia reina: el cual a pesar de que venía en la madera miles de veces, Nunca se le había ocurrido a la pequeña carretera que hay. Y ¿cómo iba a ser capaz de pasar? Esa era la forma de las hadas, para ir a la fuente, y el conjunto se cierra generalmente por Ronchi y zarzas: pero tan pronto como la reina y su guía se pusieron allí pies, las rosas florecían repentinamente por los rosales, jazmines y naranjos se entrelazaron sus ramas para formar una pérgola cubierta con hojas y flores, y miles de aves de diversas especies, colocado en ramas de los árboles, sfringuellarono alegremente.

Aún no se había recuperado de la sorpresa, que la reina se vio deslumbrado los ojos del deslumbrante esplendor de un edificio al otro lado del diamante; las paredes, los techos, techos, los pisos, los jardines, las ventanas e incluso las mismas terrazas eran todas de diamantes. En el delirio de su admiración, ella no podía dejar de enviar un grito sorpresa, y le preguntó a la señora elegante de edad, que acompañados, si lo que tenía ante sus ojos era el sueño o la verdad.

“No hay nada más cierto, o signora”, ella respondió.

Y al instante se abrieron las puertas del palacio, y salieron seis hadas: y qué hacer! Más bella y magnífica si no se ve en todo su reino.

Todos llegaron a hacer una inclinación profunda a la reina: e ciascuna le presentò un fiore di pietre preziose, per poter formare un mazzo: c’era una rosa, un tulipano, un anemone, un’aquilegia, un garofano e un melagrano.

“Señora”, le dissero, “noi non possiamo darvi un maggior segno della nostra venerazione, che permettendovi di venirci qui a visitare: noi siamo molto liete di farvi sapere che avrete una bella Principessa, alla quale metterete il nome di Desiderata, perché bisogna pur convenire che è un gran pezzo che la desiderate. Quando verrà alla luce, ricordatevi di chiamarci, perché vogliamo arricchirla di tutte le più belle doti; e per invitarci a venire, non dovete far altro che prendere in mano il mazzo, che ora vi diamo, e nominare a uno a uno tutti i fiori, pensando a noi. State sicura che in un batter d’occhio saremo tutte nella vostra camera.

El Regina, fuori di sé dall’allegrezza, si gettò al collo alle fate; e gli abbracciamenti durarono una mezz’ora buona.

Quand’ebbero finito, pregarono la Regina a passare nel loro palazzo, del quale non si possono ridire a parole tutte le meraviglie. Figuratevi che per fabbricarlo avevano preso l’architetto del palazzo del sole, il quale aveva rifatto in piccolo quello che era in grande il palazzo del sole. El Regina, non potendo reggere a così vivo bagliore, era costretta ogni tantino a chiudere gli occhi. La condussero nel loro giardino, e frutta più belle non se n’erano mai sognate! Albicocche più grosse della testa di un ragazzo, e certe ciliegie, che per mangiarne una, bisognava farla in quattro pezzi; y tan exquisito sabor, la Reina, después de haberlo probado, Él no quiere comer las otras especies en su tiempo de vida.

Entre las muchas maravillas, había un bosque de árboles falsos y artificiales, que crecieron y poner las hojas a la par con todos los demás.

No puede quejarse todas las exclamaciones de asombro de la Reina, los discursos que hizo sobre la princesa para ti y gracias a las buenas personas que habían querido darle una noticia tan agradable: esto es suficiente, que no quedó en el olvido ni una palabra de agradecimiento y ninguna expresión de la ternura. El hada de la fuente fue trasladada con su parte, como una paliza tocó. La reina se llevó a cabo en el palacio hasta la tarde: y profundamente en el amor de la música, la hacía escuchar las voces angelicales. Fue casi ahogado por los dones y agradeció mil veces superiores a las grandes damas, Se quedó con la fuente de hadas del pegamento.

Todo el pueblo de la Corte, sobre problemático, la trataron aquí y allá: y nadie podía averiguar dónde encontrarlo. Incluso hubo alguien que sospechaba que había sido secuestrada por un desconocido en negrita, especialmente en lo que todavía era joven y en la flor de la belleza.

Cuando la vieron de nuevo, ya que es por figurarselo era todos los aplausos y gritos: y porque también se sentía en el corazón de un inmenso consuelo para las buenas esperanzas tenido, por lo que en su conversación que había algo de un gioiale alegre y que se enamoró.

El hada de la fuente dejó que era casi cerca de casa; e nell’atto di dirsi addio, raddoppiarono le carezze e i complimenti.

El Regina, trattenutasi ancora per una settimana a bevere le acque, non lasciò un giorno senza ritornare al palazzo delle fate colla sua elegante vecchietta, la quale tutte le volte si mostrava da principio in forma di gambero, e finiva poi col prendere la sua figura naturale.

El Regina, partita che fu, divenne incinta, e mise alla luce una Principessa, alla quale dette il nome di Desiderata: e preso subito il mazzo, che aveva avuto in regalo, nominò a uno a uno tutti i fiori che lo componevano, ed ecco che sul momento si videro arrivare le fate. Ciascuna di esse aveva un cocchio differente dall’altro: uno era d’ebano, tirato da colombi bianchi; alcuni erano d’avorio, attaccati a piccoli cervi, e altri di cedro, e altri di legno-rosa. Questo era l’equipaggio che solevano usare in segno d’alleanza e di pace; perché, quand’erano in collera, si servivano soltanto di draghi volanti, di serpenti che buttavano fiamme dalla gola e dagli occhi, di leoni, di leopardi e di pantere, in groppa alle quali si facevano portare da un capo all’altro del mondo in meno tempo che non ci voglia a dire buon giorno o buon anno. Ma questa volta esse erano in pace e di buonissimo umore.

La Regina le vide entrare nella sua camera, che avevano una cera molto lieta e maestosa: e dietro di loro, le nane e i nani del corteggio, tutti carichi di regali. Dopo abbracciata la Regina e baciata la Principessina, spiegarono il corredino, fatto di una tela così fine e così resistente da bastare cent’anni, senza pericolo che diventasse lisa; le fate la filavano da sé nelle ore d’ozio. Quanto alle trine erano di maggior valore della tela stessa: vi si vedeva in essa raffigurata, o coll’ago o col fuso, tutta la storia del mondo; dopo di questa messero in mostra le fasce e le coperte, ricamate apposta con le loro proprie mani: e in queste erano rappresentati mille di quei giuochetti svariatissimi, che servono per baloccare i ragazzi. Dacché al mondo ci sono ricamatori e ricamatrici, non s’era mai veduta una cosa meravigliosa come quella tela. Ma quando fu messa fuori la culla, allora la Regina non poté frenarsi dal cacciare un grido di stupore, tanto quella culla sorpassava, per magnificenza, tutto il rimanente. Era fatta d’un legno che costava centomila scudi la libbra. La sorreggevano quattro amorini: quattro veri capolavori, dove l’arte aveva vinto la materia, sebbene fossero tutti rubini e diamanti, da non potersi dire quanto valevano. Questi amorini erano stati animati dalle fate; per cui quando la bambina strillava, la cullavano dolcemente e l’addormentavano, e ciò faceva un grandissimo comodo anche alla balia.

Le fate presero la Principessina e se la messero sui ginocchi: la fasciarono e la baciarono più di cento volte, perché era di già tanto bella, che bastava vederla, per mangiarla dai baci. Quando si accorsero che aveva bisogno di poppare, batterono la loro bacchetta in terra, e comparve subito una balia, quale ci voleva per una così graziosa lattante. Restava oramai soltanto da dotarla: e le fate si spicciarono a fare anche questo; chi le diede la virtù, chi la grazia; la tercera, una bellezza maravigliosa; la quarta, le augurò ogni fortuna; la quinta, buona salute; e l’ultima, la facilità di riuscir bene in tutte quelle cose che avesse preso a fare.

El Regina, contentissima, non rifiniva dal ringraziarle di tanti favori prodigati alla Principessina; quand’ecco che videro entrare in camera un gambero così grosso, che passava appena dalla porta.

“¡Ay! ingratissima Regina”, disse il gambero, “com’è egli possibile che vi siate dimenticata così presto della fata della fontana e del gran servizio che vi ho reso, menandovi dalle mie sorelle? Ven! voi le avete invitate tutte, e me sola avete lasciata da parte? Pur troppo ne aveva un presentimento, y fue la razón por la que me vi obligado a tomar la forma de una gamba la primera vez que hablé con usted, precisamente para que usted notará que su amistad, en lugar de progresar, Él sería caminar hacia atrás.”

El Regina, desesperado por smemoraggine cometido, interrumpió y le pidió perdón. Ella dijo que había pensado en nombrar a su flor, como las de los demás; quien había sido el manojo de flores de piedras preciosas que había engañado: y que no era capaz de olvidar los grandes favores recibidos; y que, por consiguiente, Él rogó e imploró no privarla de su amistad, y en particular a aparecer benévola a la princesa.

Todas las hadas, por temor a que él quería que le proporcione la miseria y la desgracia, Dijeron a coro la Reina para ver abbonirla.

“querida hermana”, le dissero, “Vostra Altezza non si mostri sdegnata contro una Regina, che non ebbe mai in mente di farvi il più piccolo sgarbo; lasciate, di grazia, codesta buccia di gambero e fatevi vedere in tutta la vostra bellezza.

Come è stato detto, la fata della fontana era un pocivetta, e a sentirsi lodare dalle sorelle si ammansì un poco e diventò più agevole.

“Bueno”, dicho, “non farò a Desiderata tutto il male che avrei voluto: perché vi giuro che era mia intenzione di rovinarla affatto, e nessuno avrebbe potuto impedirmelo; nondimeno voglio annunziarvi una cosa: se ella vedrà la luce del sole, prima che abbia compiti quindici anni, dovrà pentirsene amaramente e forse ci rimetterà la vita.

El grito de la Reina y las oraciones de la ilustre no se acogió a temblar un pelo de su juicio.

Ella se retiró caminando hacia atrás, porque él no había querido dejar su overdress camarones.

Cuando se retira de la habitación, la pobre reina pidió que hiciera si había de salvar a su hija de las desgracias que habían sido amenazadas. Después de consultar con los demás, y después de varias partes aporten, finalmente conforme con esta: que, a saber, Tuvo que fabricar un gran edificio sin puertas y sin ventanas; con una puerta de entrada subterránea, y guardará allí a la princesa hasta que había llegado a la edad fatal, para estar fuera de peligro.

Tre colpi di bacchetta bastarono per cominciare e finire questo vasto edifizio. All’esterno era tutto di marmo bianco e verde: e i soffitti e gl’impiantiti tutti di diamanti e di smeraldi, che raffiguravano fiori, uccelli e mille altre cose graziose. Le pareti erano tappezzate di velluto di vari colori, ricamato dalle fate colle loro mani: e perché esse sapevano di storia, s’erano prese il gusto di rappresentarvi i fatti storici più belli e più notevoli: c’era dipinto il passato e l’avvenire, e in parecchi arazzi si vedevano effigiate le gesta dei più grandi Re della terra.

Le brave fate avevano immaginato questo modo ingegnoso per insegnare più facilmente alla giovine Principessa i vari casi della vita degli eroi e degli altri mortali.

Tutta la casa, nell’interno, era rischiarata soltanto a forza di lampade: ma ce n’erano tante e poi tante, che pareva fosse giorno chiaro da un anno all’altro. Vi furono introdotti tutti i maestri, dei quali ella poteva aver bisogno per istruirsi e perfezionarsi; e il suo spirito, la sua svegliatezza e il suo buon senso arrivavano a intendere molte cose, anche prima che le fossero insegnate: ragion per cui i maestri rimanevano strasecolati per le cose bellissime che essa sapeva dire in una età, nella quale gli altri ragazzi sanno appena chiamare babbo e mamma. E questa è una prova che le fate non accordano la loro protezione, per tirar su degli stupidi e degl’ignoranti!

Se la vivacità del suo spirito innamorava tutti coloro che l’avvicinavano, su belleza no era menos, y sabía amicarsi personas más entumecida y los corazones más duros. La reina madre no permitiría que un solo minuto, Si su deber no se había celebrado en el rey. De vez en cuando las hadas buenas vinieron a ver a la princesa y su traje un regalo ropas cosas muy raras y lujosas y elegantes, que parecían hechos para la boda de una princesa, no menos hermoso para usted.

Pero entre todas las hadas que la querían, el que más deseaba era que Tulipano, que nunca salió a buscar la piedra recomendar a la reina que no deja ver la luz del día antes de haber tocado los quince años.

“nuestra hermana, la fuente, es vengativa”, Said Tulipano, “avremo un bel pigliarci tutte le cure per questa fanciulla; ma se ella può, state certa che le farà del male; e per questa ragione bisogna, o signora, che voi siate vigilante, e di molto.

La Regina dal canto suo prometteva di vegliare continuamente sopra una cosa di tanto rilievo: ma avvicinandosi il tempo nel quale la sua cara figlia doveva uscire dal castello, le fece fare il ritratto, e il ritratto fu portato a mostra nelle più grandi Corti dell’universo. Sólo de verlo, non vi fu Principe che non si mostrasse preso di ammirazione: ma fra gli altri ve ne fu uno che ne rimase talmente invaghito, da non sapersene più distaccare. Lo portò nel suo gabinetto, e si chiuse dentro insieme col ritratto, e parlandogli come se fosse vivo e potesse intenderlo, gli diceva le cose più appassionate di questo mondo.

Il Re, non vedendo più il figliuolo, domandò che cosa facesse e come passasse il suo tempo, e perché non fosse più del suo solito buon umore. Qualche cortigiano, di quelli che chiacchierano volentieri, e ve ne sono parecchi con questo vizio, gli fece intendere che c’era il caso che al Principe desse volta il cervello, perché passava le giornate intere chiuso nel suo gabinetto, e lì discorreva da sé solo, come se vi fosse stato qualcuno insieme con lui.

Il Re sentì questa cosa con dispiacere:

Com’è egli possibile”, diceva ai suoi confidenti, “che mio figlio perda così il giudizio? de, che ne ha avuto sempre tanto! Voi sapete che finora esso è stato l’ammirazione di tutti, e io non vedo nesuoi occhi alcun segno di pazzia o di aberrazione mentale: Creo que sólo llegan a ser más reflexivo. Le debo interrogar de mí: así que tal vez voy a llegar a descubrir lo que es la fijación que se ha establecido para el jefe”.

decirlo que hacerlo, mandó por ella, y luego ordenó a todos a salir de la sala. Después de varios discursos, que el príncipe no tenía cuidado o se ha respondido a la inversa, el rey le preguntó por qué había traído tanto cambio en sus hábitos y en su carácter. El Príncipe, le parecía que había pasado al carro, Él se echó a sus pies, y dijo::

“Tienes que establecer para casarse con la princesa Negro: en esta relación familiar encontrará las ventajas, No puedo prometer con la de la princesa Desiderata; pero, o signore, io trovo in questa fanciulla tante grazie e tante attrattive, quante l’altra non ne possiede davvero”.

E dove le avete vedute?”, chiese il Re.

Tanto dell’una che dell’altra, mi sono stati portati i ritratti”, rispose il Principe Guerriero (Ese era su nombre, dacché aveva vinto tre grandi battaglie), “e vi confesso che la mia passione per la principessa Desiderata è così forte, che se voi non ritirate la parola data alla Principessa Nera, non mi rimane altro che morire: felice sempre di perdere la vita, una volta perduta la speranza di essere lo sposo di quella che amo.

È dunque con un ritratto”, riprese gravemente il Re, “che passate il vostro tempo a fare certi colloqui, che vi rendono ridicolo agli occhi di tutti i cortigiani? Essi vi credono svanito il cervello, y si sabía lo que se dice de ti, que no tendría cara para hablar con esta forma de bromas similares!”

“No tengo ninguna razón para reprocharme una hermosa llama Sí”, Él respondió el Príncipe, “cuando se ha visto el retrato de esta princesa, ¿Estás seguro de compatirete la pasión que siento por ella.”

“Ir a buscar ahora” exclamó el Rey, con tanto resentimiento, que llevó a dividir la rabieta que corroía por dentro.

Si el príncipe no había tenido la certeza de que hay belleza en el mundo podría ser comparada con la de Desiderata, sarebbe rimasto un po’ masculino. En su lugar, inmediatamente entró en su gabinete, y luego regresó al Rey. El rey se sorprendió de cómo su hijo.

“Ah!”, diss'egli, “querida Guerrero, Estoy de acuerdo con su elección; cuando a mi Corte habrá una princesa tan bonito, Me siento rejuvenecido. A partir de este momento inmediatamente envié embajadores a la princesa Negro isciogliermi la palabra: e incluso si yo me fuera a mí en la guerra de los brazos a la muerte, Prefiero acabar de una vez por todas.”

Príncipe besó respetuosamente la mano de su padre y se abrazó las rodillas. Su alegría era tan grande, que parecía ser otro. Oró y ripregò su padre para enviar embajadores no sólo a la princesa Negro, sino también a querer, Se recomienda que se había elegido el hombre más capaz y más rica que los Estados, porque en esta gran oportunidad que tuvo que hacer una bella figura, y obtener lo que quería. El rey puso sus ojos en Beccafico. Era un gran signore, eloquente quanto Cicerone, e con centomila lire di rendita. Beccafico voleva un gran bene al principe Guerriero, e per andargli a genio, si fece fare il più splendido equipaggio e le più belle livree che si possa immaginare. La sua fretta per allestire i preparativi del viaggio fu grandissima, perché l’amore del Principe cresceva a occhio di giorno in giorno, ed esso era sempre lì a punzecchiarlo perché partisse.

Ricordatevi”, gli diceva in tutta confidenza, “che c’è di mezzo la vita mia, e che io perdo il lume della ragione tutte le volte che penso al caso che il padre di questa Principessa potrebbe impegnarsi con qualcun altro, senza aver modo di tornare indietro: e che allora io dovrei perderla per sempre.

Beccafico lo rassicurava, non foss’altro per pigliar tempo; perché dopo le grandi spese alle quali era andato incontro, voleva almeno farsene onore. Menò seco ottanta carrozze tutte risplendenti d’oro e di brillanti, e dipinte con certe miniature, da fare scomparire le miniature più finite che si sieno vedute mai: c’erano, per di più, altre cinquecento carrozze: ventiquattromila paggi a cavallo, vestiti come tanti principi: e il resto del corteggio non era da sfigurare in mezzo a quella magnificenza.

Quando l’ambasciatore ebbe dal Principe l’udienza di congedo, questo l’abbracciò come un suo fratello, y dijo::

Pensate, mio caro Beccafico, che la mia vita dipende dal matrimonio che andate a combinare: dite tutto quel che più sapete, e conducete con voi la Principessa, che è l’anima dell’anima mia”.

E gli consegnò mille regali da offrirle, nei quali spiccavano in egual modo l’eleganza e la ricchezza; erano tutte allegorie amorose, incise su gemme e diamanti: orologi incrostati di carbonchi, con sopra le cifre di Desiderata: braccialetti di rubini modellati in forma di cuori: en breve, non c’era cosa alla quale non avesse pensato, per trovare il modo di piacerle.

L’ambasciatore portava seco il ritratto del Principe, dipinto con tanta bravura e maestria, che non gli mancava nemmeno la parola, e faceva dei complimenti pieni di grazia e di brio. È vero che non sapeva rispondere a tutto quello che gli si domandava: ma di questo non ce n’era un gran bisogno. Beccafico, per la parte sua, El prometió al príncipe que iba a hacer lo imposible verlo feliz, y agregó que tenía con él un montón de dinero: y si alguna vez se les había negado la princesa, Él encontraría los medios para comprar una de sus criadas y sería secuestrado. “Ah!”, Exclamó el Príncipe, “no se lo digas ni en broma: Estoy seguro de que iba a llamar ofendido por una forma de hacer una falta de respeto!”

Beccafico no se quedó a decir más, y difuntos.

El gran rumor de su viaje llegó delante de él: el Rey y la Reina estaban encantados, porque gran parte valoraban su soberano y sabían que los actos del valor del príncipe guerrero, y, especialmente, su mérito personal; por qué no podían encontrar un partido más digno para su hija, neanche a cercarlo apposta nelle cinque parti del mondo. Fu apprestato un palazzo per alloggiarvi Beccafico, e vennero dati gli ordini perché tutta la Corte si mostrasse in abito di gran gala.

Il Re e la Regina avevano pensato di far vedere all’ambasciatore la Principessa Desiderata: ma la fata Tulipano venne a trovare la Regina e le disse:

Guardatevi bene, Regina, da menare Beccafico dalla nostra figliuola”, era solita di chiamarla così, “non conviene che egli la veda tanto presto e non bisogna mandarla al Re, che l’ha domandata in sposa, finché non abbia compiti i quindici anni! perché, badate bene a quello che vi dico, se ella esce fuori prima del tempo, si troverà a sentirsi cascare addosso qualche grosso malanno”.

La Regina abbracciò la buona Tulipano: le promise di darle retta, e senza perder tempo andarono insieme dalla Principessa.

Intanto arrivò l’ambasciatore. Il suo seguito durò ventitré ore a passare, perché egli aveva seicentomila muli, colle sonagliere e i ferri d’oro e gualdrappe di velluto e di broccato ricamate in perle. Lungo la strada c’era un pigia-pigia da non farsene idea, e tutti correvano per vederlo. Il Re e la Regina gli andarono incontro, tanto erano contenti della sua venuta.

Salteremo a pié pari le cose che egli disse, i complimenti che si scambiarono, perché ci vuol poco a figurarseli: ma quando egli domandò di presentare i suoi omaggi alla Principessa, rimase molto male nel sentirsi negata la grazia.

Signor Beccafico”, dijo el rey, “se vi ricusiamo una cosa che pare così giusta, credetelo, non è un capriccio: y por qué usted está convencido, que debe informarle acerca de la extraña aventura de nuestra hija. Una piel, desde el día en que nació, La llevó al aburrimiento y amenazado de mil males, si había visto la luz del sol antes de que lleguen los quince años: ¿Luego que lo mantienen cerrado en un edificio, la cual tiene sus barrios más bonitos en la planta. Fue nuestra idea de menarvici pero el hada del tulipán nos ha mandado a hacer nada.”

“¿por qué, Sire!”, Él respondió el embajador, “y luego voy a tener el disgusto que regresar sin ella? Usted accordaste al Rey mi señor para su hijo: Se espera que con viva impaciencia: y es posible que usted a sí mismos para estar seguro de infantilismo, como son las predicciones de las hadas? Aquí está el retrato del príncipe guerrero aquí, che ho l’ordine di presentarvi: e il ritratto è così somigliante, che quando lo guardo mi par di vedere le stesso Principe in persona.

E cosi dicendo, lo scoprì. Il ritratto, che era stato ammaestrato soltanto per parlare alla Principessa, dicho:

Bella Desiderata, non potete figurarvi con quanto ardore io vi attenda! venite subito alla nostra Corte, e abbellitela con quelle grazie che vi fanno unica al mondo!”.

Il ritratto non disse altro: e il Re e la Regina rimasero tanto meravigliati, che pregarono Beccafico a darglielo, per portarlo a far vedere alla Principessa. A lui non gli parve vero, e consegnò subito il ritratto nelle loro mani.

La Regina non aveva mai fatto cenno alla figlia di ciò che accadeva in Corte; ed anzi aveva proibito alle dame che le stavano intorno di dirle la più piccola cosa sull’arrivo dell’ambasciatore: ma esse non l’avevano ubbidita, e la Principessa sapeva già che si stava combinando un gran matrimonio; peraltro era tanto prudente, da fare in modo che la madre non si avvedesse di nulla. Quando questa le ebbe mostrato il ritratto del Principe, che parlava, e che le fece un complimento non so se più tenero o più grazioso, ella rimase molto sorpresa, perché non aveva mai veduto nulla di simile; e la bella fisonomia del Principe, l’aspetto sveglio e la regolarità delle fattezze non la stupivano meno delle cose che aveva dette il ritratto parlante.

Vi dispiacerebbe”, le disse la Regina, “di avere uno sposo che somigliasse a questo Principe?”

“Señora”, ella respondió, “No depende de mí para elegir: Siempre voy a ser feliz con la que le encanta destinarmi.”

“pero bien”, insistió el Regina, “si el lote se echó sobre él, no vi el bajío reste Felice?”

ella se sonrojó, Miró hacia abajo y no dijo nada. La reina tomó en sus brazos y la besó una y otra vez, ni podía abstenerse de derramar algunas lágrimas, Él está pensando que estaba a punto de tener que perder, para que no le faltaba ahora que tan sólo tres meses para completar los quince: y ocultar su disgusto, Ella la pone a hacer cualquier cosa que la embajada de los interesados ​​en Beccafico: y entre otras cosas, dijo que incluso los regalos que habían traído para ella. Ella les admiró: Elogió con un gusto refinado las cosas más insólitas; ma ogni pochino i suoi occhi si divagavano, per andare a posarsi sul ritratto del Principe, con un diletto fin’allora non provato mai.

L’ambasciatore, vedendo che perdeva il suo tempo a insistere perché gli dessero la Principessa, e che si contentavano soltanto di promettergliela, ma in modo solenne da non poterne dubitare, si trattenne pochi giorni presso il Re, e tornò per la posta a render conto al padrone del suo operato.

Quando il Principe venne a sapere che la sua Desiderata non poteva averla prima di tre mesi, dette in tali sfoghi di dolore, che rattristarono tutta la Corte: non dormiva più: non mangiava nulla e diventò tristo e pensieroso: perse il suo bel colore: passava le giornate intere sdraiato su un canapè, nel suo gabinetto, a contemplare il ritratto della Principessa: le scriveva ogni cinque minuti e porgeva le lettere al ritratto, come se questo le sapesse leggere. Alla fine le sue forze s’indebolirono a poco a poco, e cadde gravemente malato: né ci fu bisogno di medico o di chirurgo per indovinare la cagione del male.

Il Re si disperava; egli amava teneramente suo figlio, e si trovava sul punto di perderlo. Che afflizione per lui! Né vedeva rimedio alcuno che valesse a salvargli il Principe, il quale non domandava altro che la sua Desiderata: senza di essa non gli restava che morire. In faccia alla gravità del caso egli prese la risoluzione di andare a trovare il Re e la Regina, che gli avevano promesso la figlia, afín de evitar que se muevan al estado en el que la compasión se había reducido el Príncipe, y no enviar más en el largo de la boda; lo que no habría hecho más, Así, cuando se habían alejado de la clavija quieren esperar a que la princesa tenía la tarea de quince.

Este paso fue extraordinario para un rey, pero habría sido algo aún más extraordinario si él había dejado morir a su hijo, que era más costosa de las pupilas de los ojos.

Sin embargo, él cae en una dificultad insuperable: y esta fue la edad muy avanzada del Rey, Lo cual no consintieron si no se viaja en un sedán: y esto se combina mal la impaciencia de su hijo: per cui egli mandò per la posta il suo fido Beccafico e scrisse delle lettere commoventissime per impegnare il Re e la Regina a contentarlo nei suoi desideri.

Intanto Desiderata non provava minor piacere a contemplare il ritratto del Re, che questi non provasse a guardare quello di lei. Ogni tantino ella andava nella stanza dove era stato messo, e sebbene s’ingegnasse di celare i sentimenti del suo cuore, c’era chi sapeva indovinarli; y, entre otros, Viola-a-ciocche e Spinalunga, che erano le sue damigelle d’onore, si accorsero di quella specie d’irrequietezza che cominciava a tormentarla.

Viola-a-ciocche l’amava di sincero amore e l’era fidatissima; siempre mientras spinalonga había albergado un celo secreto de la hermosa virtud y la condición fantástica de la princesa. La madre de spinalonga había llevado a la princesa, y después de que ella era su ama de llaves, Se había convertido en su dama de honor. Así que tendría que amarla, como la cosa más querida en el mundo: pero idolatrando a su propia hija, y al ver el odio de esto para la bella princesa, no podía, aquí de nuevo una, ámala.

L’ambasciatore, que había sido enviado a la Corte de la princesa Negro, se encontró alegre recepción, una vez que se supo la parte buena que tenía que hacer. Este negro era la criatura más reivindicativo que pueda imaginar; y pensó que no podía tratarse también caballerosamente que se les diga en la cara, después de las promesas y los compromisos adquiridos, Le dio las gracias y se quedó en libertad. Había visto el retrato del príncipe, y se le había pegado en la cabeza a querer él a cualquier precio: porque las mujeres negras, cuando se piensa en el amor, convertirse en la mujer más terca en el mundo.

“Ven, El señor embajador”, dijo, “tal vez su rey no cree en mí lo suficiente rico o lo suficientemente bonita? Girate per i miei Stati e difficilmente ne troverete depiù vasti; entrar en mi verdadero tesoro y verá tanto oro, Como nunca se extrae de todas las minas del Perú; fechas, finalmente mirar el color de mi cara Morato, a los labios hinchados, a mi nariz pegada, y fuera de mí decir si una mujer, para ser bella, No es necesario que hacerse de manera!”

“Señora”, rispose l’ambasciatore, il quale aveva una gran paura d’essere bastonato, peggio che in Turchia, “io biasimo il procedere del mio Sovrano, per quanto è lecito di farlo a un suddito: e se il cielo mi avesse dato il più bel trono dell’universo, saprei ben io la persona alla quale offrirlo!”

Queste parole vi salvano la vita”, dijo, “avevo fissato di cominciare da voi la mia vendetta; ma mi sarebbe parsa un’ingiustizia, perché in fin deconti non siete voi la cagione dello sleale procedere del vostro Principe: andate, e ditegli da parte mia che mi fa un vero regalo a sciogliersi con me, perché io non me la sono mai detta con le persone poco di buono.

L’ambasciatore, che non vedeva l’ora di essere congedato, prese queste parole a volo; e via a gambe.

Pero Negra era demasiado enojo contra el Príncipe Guerrero, potergli perdonar. Se subió sobre un carro tirado por seis marfil avestruces, que eran diez millas por hora. Él fue al palacio de la fuente de hadas, que era su madrina y el mejor amigo que he tenido: y después de haber contado su aventura, Le rogó a sus brazos en la cruz para ayudar a su pigliarsi una venganza. El hada se arrepintió del dolor de la ahijada; Miró en el libro, donde dice todo, y por lo pronto se supo que el príncipe dejó la princesa guerrera Negro para la razón Desiderata, a la que amaba con locura, y que incluso había estado enfermo de la gran pasión que no podía ver. Bastò questa cosa per riaccendere nel cuore alla fata quella collera, che oramai era quasi spenta; tanto che si poteva sperare, che non avendo più veduto la Principessa dal giorno che nacque, non avrebbe più pensato a farle del male, senza gl’incitamenti di quella brutta moraccia.

“Ven!”, gridò la fata, “dunque questa sciaguratissima Desiderata s’è messa in capo di farmi sempre dei dispetti? No, no, vezzosa Principessa: no, carina mia; non soffrirò mai che ti si faccia un affronto. Il cielo e tutti gli elementi piglieranno parte in questa cosa. Torna pure a casa e fidati alla parola della tua buona comare.

La Principessa la ringraziò e le fece dei doni di frutte e di fiori, che furono moltissimo graditi.

Intanto l’ambasciatore Beccafico si avanzava a spron battuto verso la città, dove stava il padre di Desiderata: e appena giunto andò a gettarsi ai piedi del Re e della Regina; versò un torrente di lacrime e disse con un linguaggio da intenerire i sassi, che il Principe Guerriero sarebbe morto, se gl’indugiavano il piacere di vedere la Principessa: che oramai non mancavano più che tre soli mesi per compire i quindici anni; che non c’era pericolo che in un tempo così corto potesse accadere qualche disgrazia: che si prendeva la libertà di rammentare che questa eccessiva credulità per certe fandonie faceva torto alla maestà reale: en una palabra, tanto seppe dire e tanto seppe fare, che finì col persuaderli tutti e due.

Prova ne sia che anche essi s’intenerirono e piansero, ripensando al pietoso stato in cui s’era ridotto il Principe: e finirono col dire che pigliavano qualche giorno di tempo prima di dargli una risposta di benestare. Esso allora replicò che non poteva concedere che poche ore, perché il suo padrone era oramai ridotto al lumicino, e s’era fitto in capo che la Principessa non lo potesse soffrire e fosse essa medesima che studiasse tutti gli ammennicoli per rimandare la partenza dall’oggi al domani.

Allora gli fu detto che nella serata avrebbe saputo quello che si poteva fare.

La Regina corse subito al palazzo della sua cara figlia, e le raccontò ogni cosa. Desiderata sentì un gran dolore: ebbe una stretta al cuore e svenne. Così la Regina poté conoscere tutta la passione del suo amore per il Principe.

Non ti dar tanto alla disperazione, bambina mia”, ella le disse, “tu hai la virtù di poterlo guarire: la sola cosa che mi tenga in pensiero, sono le minacce fatte dalla fata della fontana al momento della tua nascita.

Voglio sperare, o signora”, ella riprese, “che ci debba essere qualche ripiego, per ingannare questa fata malandrina. Non potrei, por una cosa, partire in una carrozza tutta chiusa, dove non potessi vedere la luce del giorno? questa carrozza l’aprirebbero soltanto la notte, per darci da mangiare, e così arriverei felicemente a casa del Principe Guerriero.

Il ripiego piacque molto alla Regina: ne parlò al Re, il quale lo approvò: e così mandarono a chiamare Beccafico, perché andasse subito a Corte, donde le dieron a ciencia cierta lo que la princesa se iría pronto; y le dijeron que durante el viaje para llevar la buena noticia a su maestro, agregando que por el amor a apresúrate, se olvidaron de hacer su kit y la ropa muy ricos, que se adaptan a la medida de la princesa. L’ambasciatore, que no entendía en la piel con deleite, Él volvió a caer a los pies de sus Majestades agradecerles, y se fue inmediatamente sin haber visto a la princesa.

Sin duda se habría sentido un gran dolor en el descanso lejos de su padre y de la madre, si no estuviera vivo en su prevención a favor del Príncipe: pero dan en la vida ciertos sentimientos tan prepotentes, que el silenciamiento todos los demás. Le prepararono una carrozza foderata al di fuori di velluto, ornato di grandi borchie d’oro; e al di dentro di broccato ricamato d’argento e color di rosa. Non vi erano cristalli; la carrozza era molto grande, tutta chiusa come una scatola; e uno dei primi signori del Regno teneva in custodia le chiavi, che aprivano la serratura degli sportelli. E perché un seguito troppo numeroso poteva essere d’impiccio, furono scelti pochi ufficiali per accompagnarla: e dopo averle date le più belle gemme del mondo e alcuni ricchissimi vestiti, e dopo gli addii, che fecero quasi soffocare dai pianti e dai singhiozzi il Re, la Regina e tutta la Corte, la chiusero nella carrozza, insieme alle sue dame d’onore Viola-a-ciocche e Spinalunga.

Bisogna ricordarsi che Spinalunga non voleva punto bene a Desiderata; ma invece ne voleva moltissimo al Principe Guerriero, del quale aveva veduto il ritratto parlante. Il dardo che l’aveva ferita era così acuto, que, nel partire, disse a sua madre che morirebbe di dolore, se accadesse il matrimonio della Principessa, e che se voleva salvarla dalla sua tristissima sorte, bisognava trovasse il verso di mandare all’aria ogni cosa. Sua madre, che era dama d’onore, le disse di darsi pace, che avrebbe cercato il modo di consolarla e di farla felice.

Quando la Regina fu sul punto di staccarsi dalla sua figlia, che partiva, la raccomandò, non si può dir quanto, a questa femmina trista.

Questo prezioso deposito”, diss'ella, “lo confido alle vostre mani. Mi è più caro della vita! abbiate cura della salute di mia figlia, e soprattutto guardate bene che non vegga mai la luce del giorno. Sarebbe finita per lei! Voi sapete da quali sciagure è minacciata, e però ho fissato coll’ambasciatore del Principe Guerriero che, fino a tanto che non abbia quindici anni compiti, la terranno in un castello, dove non possa vedere altra luce che quella dei lampadari.

La Regina affogò di regali questa dama, per impegnarla a stare attaccata fedelmente alle sue istruzioni, ed ella dal canto suo promise di vegliare alla conservazione della Principessa, e di renderle minutissimo conto di tutto, appena fossero arrivate.

A questo modo il Re e la Regina, fidandosi di averla raccomandata bene, non ebbero alcun pensiero per la loro cara figlia, e così sentirono meno il dolore del distacco; pero Spinalonga, que los funcionarios encargados de la apertura de cada noche el entrenador para servir la cena a la princesa, él había oído que se acercaban a las ciudades en las que estaban esperando, Empezó a poner en su madre, que era llevar a su diseño travieso, ante el Rey y el Príncipe fueron a su encuentro y le faltaba el tiempo para hacer que el pez gordo.

tan, cuando estaba cerca de la hora del mediodía, cuando los rayos del sol se movían con mayor fuerza, Se cortó la red con un cuchillo de grandes dimensiones hecho especialmente, que había traído con él, la imperial del entrenador de donde estaban rinserrate. Esa fue la primera vez que la princesa Desiderata vio la luz del día. Tan pronto como se ve, Se envió un suspiro y se apresuró a salir del carro, transmutado en un Cervia blanco: y de esa manera se hizo correr al bosque cercano, la que se ocultó en una espesa lugar, oscuro, ser capaz de llorar, sin ser visto por cualquier persona, las gracias, los bellos rasgos y elegante figura, que había perdido.

El hada de la fuente, quien dirigió esta extraña aventura, viendo que todos los que acompañó a la princesa le dio una gran moto, uno a seguir, otros a correr a la ciudad y hacer advirtieron al príncipe guerrero de la desgracia que ocurrió, colocado al revés cielo y la tierra: de modo que el rayo y el trueno pánico, incluso el más valiente: y en favor de su conocimiento prodigioso, Él fue capaz de llevar a las personas lejos de allí, la eliminación de ellos de esta manera de un lugar, donde su presencia no era el placer punto.

Le sole che restassero, furono la dama d’onore, Spinalunga e Viola-a-ciocche.

Quest’ultima corse dietro alla sua padrona, facendo risuonare il bosco del nome di lei e desuoi acuti lamenti.

Le altre due, contentissime di vedersi libere, non persero un minuto per fare quanto avevano già fissato.

Spinalunga s’infilò i vestiti di Desiderata. Il manto reale, che doveva servire per le nozze, era d’una ricchezza da non potersi dire, e la corona aveva dei diamanti grossi due o tre volte il pugno della mano. Il suo scettro era d’un rubino d’un sol pezzo: e il globo che teneva nell’altra mano, una perla grossa quanto il capo d’un bambino. Tutte cose bellissime a vedersi e pesantissime a portarsi addosso: ma bisognava non lasciare indietro nessuno degli ornamenti reali, una volta che Spinalunga voleva farsi credere la Principessa.

In quest’abbigliamento, Spinalunga, seguita dalla madre che le reggeva lo strascico, si avviò verso la città. La falsa Principessa camminava con passo maestoso. Ella era sicura che sarebbe venuta gente a incontrarla; como una cuestión de hecho, non avevano ancora fatta molta strada, che scorsero un drappello di cavalleria, e in mezzo due portantine luccicanti di oro e di gemme, portate da piccoli muli, ornati di lunghi pennacchi verdi (perché il verde era il colore favorito della Principessa).

Il Re che stava in una portantina, e il Principe malato nell’altra, non sapevano che cosa pensare di queste dame, che venivano incontro a loro. I più curiosi galopparono innanzi, e dalla ricchezza dei vestiti giudicarono che dovessero essere due signore di gran riguardo. Scesero da cavallo e le salutarono con molto rispetto. “Fatemi la graziadisse loro Spinalungadi sapermi dire chi c’è dentro quelle portantine.

“Señora”, essi risposero, “c’è il Re e il Principe suo figlio, che vanno incontro alla Principessa Desiderata.

Allora vi prego”, continuò ella, “di andare a dir loro che la Principessa è qui. Una piel, che è nemica della mia felicità, ha sparpagliato e disperso tutti coloro che mi accompagnavano a furia di tuoni, di lampi e di prodigi paurosi: ma ecco qui la mia dama d’onore, la quale è incaricata di presentare le lettere del Re mio padre e di tenere in custodia le mie gioie.

I cavalieri, a queste parole, inmediatamente se besaron el borde de su túnica y se fue corriendo a decirle al rey que la princesa se acercó.

“Ven!”, exclamó, “ella es a pie y día completo?” Ellos le contaron lo que les había dicho. El Príncipe, quien fue la impaciencia ansiosa, los llamó, diciéndoles con toda solicitud: “No es un milagro de belleza? un milagro? una princesa sin igual?”.

nadie respondió: por lo que el príncipe se sorprendió.

“De verdad”, retomó, “que tener una cosa demasiado bien, en lugar preferido no decir nada.”

“señor, usted lo verá de usted”, dijo el más audaz de ellos, “sarà che lo strapazzo del viaggio l’abbia un potrasfigurita.

El príncipe se sorprendió: que había estado en vigor, si sarebbe buttato giù dalla portantina per correre ad appagare la sua impazienza e la sua curiosità. Il Re scese a piedi, e avanzandosi con tutto il corteggio raggiunse la falsa Principessa. Vederla, gettare un grido e tirarsi indietro di qualche passo, fu un punto solo. “Chi vedo mai?”, dijo, “ma questa è una vera perfidia.

“Sire”, disse la dama d’onore avanzandosi a faccia fresca, “ecco qui la Principessa Desiderata con le lettere del Re e della Regina. Io rimetto pure nelle vostre mani la cassetta delle gioie, che mi fu consegnata sul punto di partire.

Il Re serbò un silenzio sinistro e cupo; y el Príncipe, appoggiandosi al braccio di Beccafico, si avvicinò a Spinalunga. Dio degli Dei! come dové egli restare, vedendo una fanciulla di una statura così sperticata da far paura? Era tan larga, que la ropa de la princesa apenas tocando la rodilla; seco como una puerta; la nariz que parecía al pico curvado de un loro, y rojo y brillante en la parte superior como la pimienta. los negros más dientes y más desunidos que, Realmente no ha visto nunca: en una palabra, Es un centro comercial tan malo, lo que era bueno para usted.

El Príncipe, que tenía la imagen de su querida princesa siempre delante de sus ojos, para ver este bruja fea se mantuvo imbietolito: No tenía aliento o de moverse o decir media palabra. solamente, después de haber visto un poco con los ojos de la cabeza, se volvió hacia el rey y dijo::

“Estoy traicionado! El maravilloso retrato en la que até mi libertad no tiene que ver nada con la persona que nos fue enviado. Hanno preteso ingannarmi? ci sono riusciti: ma a me mi costerà la vita”.

Che cosa intendete dire, o signore?”, disse Spinalunga. “Chi è che ha cercato di ingannarvi? sappiate, o signore, che sposando me, non vi hanno ingannato davvero.

Tanta sfacciataggine e tanta arroganza non aveva esempio. Per parte sua, anche la dama d’onore rincarava la dose:

“¡Ay! mia bella Principessa”, esclamava, “dove siamo mai capitate? È forse in questo modo, che si accoglie una Principessa par vostro? Quale incostanza! e che razza di procedere!…Il Re vostro padre saprà farsene render ragione”.

Tocca a noi farsi rendere ragione”, ribatté il Re, “egli ci aveva promesso una bella Principessa e ci manda invece un sacco d’ossi, una mummia da fare scappare dallo spavento: ora non mi fa più specie che egli abbia tenuto nascosto questo bel tesoro per quindici anni di seguito: aspettava che capitasse il merlotto: e la disgrazia è capitata su noi: ma staremo a vedere come finirà.

Ma quale insolenza!”, esclamò la falsa Principessa. “Quanto sono sventurata di esser venuta qui, sulla parola di questa razza di gente! Guardate un poil gran delitto di essersi fatta ritrattare un popiù bella del vero! Non sono forse cose che accadono tutti i giorni? Se per queste piccole marachelle i Principi rimandassero indietro le loro fidanzate, poche ma poche bene se ne mariterebbero.

Il Re e il Principe, colla bizza fino alla punta dei capelli, non si degnarono risponderle: salirono ciascuno nella loro portantina, mentre una guardia del corpo, senza tanti complimenti, messe in groppa al cavallo, dietro di sé, la Principessa: la dama d’onore ebbe lo stesso trattamento: e così furono menate in città, dove per ordine del Re furono chiuse nel Castello delle Tre Punte.

Il Principe Guerriero restò così sbalordito da questo colpo, che tutta la pena gli si rinserrò in fondo al cuore. Quand’ebbe fiato per parlare, che cosa mai non disse del suo tristo destino? Egli era sempre innamorato come prima, ma non gli restava per oggetto della sua passione che un bugiardo ritratto. Tutte le sue speranze andate in fumo: tutte le sue illusioni intorno alla Principessa Desiderata, svanite! Non c’era disperazione da potersi agguagliare alla sua. La Corte gli era divenuta un soggiorno insoffribile, e pensò, appena ristabilitosi un poin salute, a huir en secreto a un lugar solitario y pasar el resto de su miserable vida.

Él confió su idea solamente a confiar Beccafico, con la certeza de que iban a seguirlo en todas partes: y ella eligió a propósito para tener una persona con la que pueden ventilar con mayor libertad que con cualquier otra persona, el truco que había tenido que sufrir. Appena si sentì un pomeglio, Él se apartó de Corte, dejando sobre la mesa de su gabinete una larga carta para el rey, colla quale lo avvertiva che sarebbe tornato appena avesse ritrovato un podi quiete di spirito: pero mientras tanto, ella le pidió que pensar en la venganza de ambos, y siempre mantener en prisión el fantasma de la princesa.

Es fácil imaginar el Rey de dolor en la recepción de esta carta. Se cree que morir de dolor por la ausencia de un hijo, por lo adorada. Mientras todo el mundo se esforzó a la consola, el Príncipe y se dirigieron Beccafico: hasta después de tres días se encontraron en un gran bosque, tan oscuro para las plantas spessezza y tan seductora y la hierba para la frescura y los riachuelos y los hilos de agua, que corrían en todas las direcciones, que el príncipe, muy lejos de acabado, aún no se había puesto en las fuerzas respetables desmontó de su caballo y se acostó en el suelo tristemente, Él está sosteniendo su cabeza en la mano, y la debilidad de tener sin aliento para hablar. “señor”, dijo que el Beccafico, “mientras descansas un poco, Voy a ir en busca de un poco de fruta para que usted pueda refrescarse: e intanto darò un’occhiata per farmi un’idea del luogo dove ci troviamo.Il Principe non rispose, ma gli fece segno col capo, come per dirgli: “Él está bien”.

Egli è ormai un bel pezzo che abbiamo lasciata la Cervia nel bosco, voglio dire l’incomparabile Principessa. Ella pianse, come può piangere una cervia all’ultima disperazione, quando si accorse delle sue nuove forme, specchiandosi nell’acqua di una fontana.

“Ven! e son io, proprio io?”, essa diceva, “ed è per l’appunto oggi, che mi trovo ridotta a subire la più trista avventura che possa mai toccare a un’innocente Principessa come me, per capriccio e colpa delle fate? E quanto dovrà durare questa metamorfosi? E dove nascondermi, perché i leoni, gli orsi e i lupi non mi divorino? ¿Cómo puedo cibarmi hierba?” Y así sucesivamente, era ella misma un millar de preguntas, y sintió el dolor más amargo que nunca puede.

Si algo pudiera consolarla, Fue al ver que era una hermosa Cervia, de la misma manera que había sido una bella princesa.

Impulsado por el hambre, Deseada está hecho de comer la hierba con mucho apetito: y no podía entender cómo esto podría quedarse. Luego se puso en cuclillas sobre el musgo: Mientras tanto cayó la noche, sin addarsene: y ella se lo pasó en medio de esas terribles sobresaltos, no incluido poterseli.

Se sentía la naturaleza bestias unos pasos; y olvidando que sea Cervia, Intentó trepar a los árboles.

La primera luz del día, la tranquilizó un poco: Admiré la salida del sol: e il sole gli pareva così maraviglioso, che non finiva mai di guardarlo. Tutte le grandi cose, che ne aveva sentite dire, le sembravano molto inferiori a quel che vedeva. Era questo l’unico svago che avesse in quel luogo deserto. Per parecchi giorni vi restò sola sola.

La fata Tulipano, che aveva sempre voluto bene a questa Principessa, si appassionava di cuore per la sua disgrazia; ma d’altra parte, essa era molto indispettita che tanto la Regina come la figlia avessero fatto così poco conto desuoi consigli: perché, se vi ricordate, la buona fata aveva ripetuto loro più volte che se la Principessa fosse partita prima dequindici anni compiti, sarebbe andata incontro a qualche malanno. A ogni modo non volle lasciarla in balìa alle ire della fata della fontana, e fu essa stessa che guidò i passi di Viola-a-ciocche verso la foresta, perché questa fida confidente potesse consolarla nella sua terribile sventura.

La bella Cervia se ne andava, un paso detrás del otro, lungo un fiumiciattolo, quando Viola-a-ciocche, non avendo più gambe per camminare, si coricò per pigliare un podi riposo. Tutta afflitta, stava almanaccando colla testa da qual parte volgersi per potersi imbattere nella sua cara Principessa. Appena la Cervia l’ebbe vista, fece tutto un salto, e passata dall’altra parte del fiume, che era abbastanza largo e profondo, venne a gettarsi addosso a Viola-a-ciocche e le fece un’infinità di carezze. Ella rimase stupita, non sapendo se le bestie di quel luogo avessero una simpatia particolare per gli uomini tanto da diventare umane, o si la Cervia la conocía; porque para decirlo como tal, Esto no sucede todos los días se ve un Cervia que haga con tanta gracia y tanta cortesía honor de los bosques.

Después de mirar cuidadosamente, si accorse con molta maraviglia che dasuoi occhi sgorgavano alcuni grossi lacrimoni; ¿por qué no la sombra de una duda de que esta era su amada princesa. Tomó sus piernas y las besó el cuello a él mismo respeto y con la misma ternura, como lo habría besado las manos.

Intentó hablar y percibe que la Cervia entiende muy bien: pero que no podía responder; y luego las lágrimas y suspiros de la redoblaron ambos lados. Púrpura-a-locks prometieron su amante que nunca sería abandonada: la Cervia le fece mille piccoli segni col capo e cogli occhi, per farle intendere che ne sarebbe contentissima, e che questa cosa la consolerebbe in parte delle sue pene.

Erano state insieme tutta la giornata, quando la Cervietta ebbe paura che la sua fida Viola-a-ciocche potesse aver bisogno di mangiare, e la menò in un certo punto della foresta, dove aveva veduto alcune frutta selvatiche ma saporite. Viola-a-ciocche ne mangiò moltissime, perché si sentiva morire dalla fame; ma quand’ebbe finita la sua cena, fu presa da una grande inquietudine, perché non sapeva dove si sarebbero ricoverate per dormire. Restare in mezzo alla foresta, esposte a tutti i pericoli, non era nemmeno da pensarci.

Non avete paura, graziosa Cervia”, dijo, “a passare la nottata qui?”

La Cervia alzò gli occhi al cielo e sospirò.

“pero bien”, continuò Viola-a-ciocche, “voi avete già percorso una parte di questa vasta solitudine: non vi son, per caso, punte capanne, un carbonaio, un taglialegna, un eremitaggio?”

La Cervia fece col capo di no.

Oh Dei!”, esclamò Viola-a-ciocche, “domani non sarò più viva: quand’anche avessi la sorte di scansare le tigri e gli orsi, son sicura che basterebbe la paura per uccidermi. E non crediate, mia cara Principessa, che mi dispiaccia per me di perdere la vita: me ne dispiace per voi. Povera me! Lasciarvi in questi luoghi, senza un’anima che vi consoli! Si può immaginare più trista cosa?”

La Cervietta si mise a piangere: ella singhiozzava come potrebbe fare una persona. Le sue lacrime toccarono il cuore alla fata Tulipano, che in fondo l’amava teneramente e che, nonostante la sua disobbedienza, aveva sempre vegliato alla conservazione di lei: por lo cual, apparendole tutt’a un tratto, le estas: “Non ho nessuna voglia di farvi dei rimproveri: lo stato in cui vi trovate mi fa troppa pena”.

Cervietta e Viola-a-ciocche la interruppero, gettandosi ai suoi ginocchi: la prima le baciava le mani e le faceva le carezze più graziose di questo mondo: mentre l’altra la scongiurava a muoversi a pietà della Principessa, rendendole le sue sembianze naturali.

Ciò non dipende da me”, disse Tulipano; “colei che le fece tanto male ha molto potere; ma io abbrevierò il tempo della sua penitenza: e per addolcirla un poco, appena si farà notte ella lascerà le spoglie di Cervia; ma ai primi chiarori dell’alba, que debe reanudar desde cero y correr a través de la llanura y el bosque, al igual que otros Cervie.”

Dejar de ser Cervia noche a la mañana, Era algo, de hecho muy: y la princesa llamada a compartir su alegría a fuerza de saltos y piruetas, que messero buen humor el hada. “tomar”, diss'ella, “por esta pequeña carretera, y encontrará una cabaña bastante decente para estos lugares rurales.”

porque dicha, desaparecido. Púrpura-a-locks obedecían, y junto con Cervia entró en la pequeña carretera, que estaba de pie a unos pasos, y se encontraron con una anciana sentada en el umbral, que estaba terminando una cesta de juncos.

Púrpura-a-locks Agitó: “¿Queréis, Mi buena abuela”, le estas, “darmi un pod’ospitalità insieme a questa Cervia?”.

“pero sí, mi hija, que le encanta ser el anfitrión: encenderá en su cola de Cervia.”

E detto fatto, le menò subito in una graziosa camerina, che aveva le pareti e l’impiantito di tavole di ciliegio: ci erano due letti di tela bianca: biancheria finissima, e ogni altra cosa così semplice e linda, che la Principessa ha raccontato dopo di non aver mai trovato nulla che fosse più di suo gusto.

Quando fu notte buia Desiderata cessò di essere cervia: abbracciò più di cento volte la sua cara Viola-a-ciocche; la ringraziò per l’affezione che l’aveva impegnata a seguire la sua fortuna, e le promise di farla felice, appena la sua penitenza fosse finita.

La vecchia venne a bussare con molto garbino alla porta e, senza entrare, dette a Viola-a-ciocche dei frutti squisiti, dequali ne mangiò anche Desiderata, e con un grande appetito: después se fueron a la cama, pero tan pronto como día, Deseada de ser devuelto Cervia, Él empezó a rascarse los pies de la puerta, porque Púrpura-the-mechones abrieron. Cuando para separar, ambos intercambiaron los signos de un dolor que viven, Aunque la separación fue de unas pocas horas: y Cervia, lanciatasi en medio de la selva, Empezó a correr, según su costumbre.

Me parece que han dicho que el príncipe guerrero se había detenido en el bosque, e che Beccafico girava en qua correo en LA, buscar fruto. Ya era muy tarde, quand'esso pasó a la pequeña casa de la buena mujer, de los cuales ya se ha discutido. Se presentó con forma muy cortés y le pidió que esas cosas que abbisognavano para su amo.

La anciana hizo en un flash para empirgli una cesta de fruta, y se lo dio diciendo::

Ho paura che se passate la notte qui, a cielo scoperto, vi capiterà qualche disgrazia: io non posso offrirvi che una povera stanzuccia: se non altro, sarete al sicuro dai leoni”.

Beccafico la ringraziò, e le disse che era in compagnia di un amico, e che andava a proporgli di andare a casa di lei: difatti seppe pigliare il Principe così per il suo verso, che questi si lasciò menare alla casa della buona donna. La trovarono, che era ancora sulla porta: ed essa, in punta di piedi, li menò in una camera, compagna a quella della Principessa, e tutte e due così accosto l’una all’altra, che erano separate da un semplice tramezzo.

Il Principe passò la notte inquietissimo, secondo il solito: ma appena il sole gli batté nell’imposte della finestra, si alzò, y dall'uggia isvagarsi continuó en el bosque, diciendo Beccafico no seguir. Caminó medio día, sin siquiera saber a dónde iba; hasta que entró en un pequeño campo, lo suficientemente grande, todo cubierto de árboles y la hierba cubierta de musgo. En ese momento se desprendió un Cervia, y él no pudo resistir el deseo de perseguir, porque la caza era su pasión favorita: aunque ahora no es como lo que solía, ya que él tenía el corazón esta otra clavija. Sin embargo, le permiten colocar detrás de la Cervia, y de vez en cuando con el arco sacó dardos, que se congeló de miedo, a pesar de que no tenían el mal menor: porque hay que saber que su amiga Tulip observaba en su defensa: y no pasó mucho menor que la mano de un hada para salvarla de la muerte, bajo una lluvia de golpes tan certeros.

No se puede estar cansado, al igual que la princesa de Cervie, tan poco acostumbrado a este nuevo ejercicio. Al final, él tuvo la suerte de convertir seco por un pequeño camino, donde el cazador peligroso, tener que perdió la vista y sensación muy cansado, Él no persistió en su trasero.

Pasado de este modo el día, pobres Cervia vio con alegría que se acerca el momento de volver a casa: de hecho, caminaba hacia la cabaña donde Viola-a-locks esperando impacientemente. Entrado en la habitación, se arrojó sobre la cama, terminado y el goteo de sudor. Púrpura-a-locks la convirtieron en una montaña de caricias y anhelaban saber lo que le había sucedido. Desde que llegó el momento de perder su cáscara Cervia, la hermosa princesa volvió a su semejanza verdadera y lanzando los brazos de su mejor amigo en el cuello:

Povera me!”, dijo, “Yo creía que tenía que temer solamente el hada de la fuente y las bestias salvajes del bosque: pero hoy estaba insegnita por un joven cazador: Acabo de ver, así que me escapé a las piernas: mil dardos me amenazaban una muerte inevitable, y yo soy salvo, Yo misma no sé cómo”.

“No debemos salir, mia bella Principessa”; dicho Violet-a-locks, “escúchame: dedicado en esta habitación el momento fatal de su penitencia, Voy a ir ahora hasta la población más cercana a compraré los libros que usted pueda tener una distracción: vamos a leer las nuevas historias que escribieron sobre las hadas, y haremos los versos y canciones.”

“callar, Mi querida hija”, el rodaje de la princesa, “Me encantó la imagen del Príncipe Guerrero, para mí para pasar días enteros; pero ese mismo poder que me condena durante el día, a la triste condición de Cervia, me fortaleza, a pesar de mi, para hacer lo que hacen cervie: corro, saltar y mangio l'erba com'esse, y en ese momento no, una habitación para mí sería una insoportable prisión.”

Era tan cansado de la persecución que pidió comida: y después de, sus bellos ojos estaban cerrados hasta el amanecer. Tan pronto como se dio cuenta de que estaba haciendo día, accadde la solita metamorfosi ed ella riprese la via della foresta.

Il Principe dal canto suo era tornato sulla sera a raggiungere il suo grande amico.

Ho passato la giornata”, Dijo, “a dar dietro alla più bella Cervia che abbia mai veduto: più di cento volte essa mi ha fatto cilecca con una sveltezza straordinaria: e sì che ho tirato giusto, né so capire com’abbia fatto a scansare i miei colpi. Domani a giorno votornare a cercarla, e questa volta non mi scappa.

Infatti il giovane Principe che faceva di tutto per divagarsi da un’idea che oramai credeva un sogno, vedendo che la caccia per lui era una gran distrazione, andò di buonissim’ora nello stesso punto dove aveva trovato la Cervia; ma essa aveva pensato bene di non andarvi, per paura si rinnovasse il brutto caso del giorno innanzi. Il Principe guardava di qua e di là, e seguitava a camminare; finché, essendo un poaccaldato, non gli parve vero di trovare delle mele, che al colore erano bellissime; ne colse, ne mangiò e di lì a poco si addormentò come un ghiro, sdraiato sull’erbetta fresca e all’ombra di alcuni alberi, sui quali molti uccelletti pareva che si fossero dati il punto di ritrovo.

Mentre dormiva, la nostra timida Cervia, sempre in cerca di luoghi solitari, passò da quella parte. Se l’avesse veduto subito, forse sarebbe scappata: ma trovandosi, sin addarsene, a passare rasente a lui, non poté stare dal guardarlo: e il suo sonno gli parve così profondo, che si sentì tanto sicura da fermarsi con tutto il comodo a contemplarne i bei lineamenti.

Oh Dei! Come restò quando l’ebbe riconosciuto!

Quella diletta immagine era scolpita troppo nel suo cuore, perché potesse averla dimenticata in sì poco tempo.

Amore, amore, che pretendi da lei? Vuoi tu che Cervietta si esponga a perdere la vita per mano del Principe? Non dubitare, lo farà; essa non ha più testa per pensare alla propria sicurezza. Si accovacciò a pochi passi distante da lui, e i suoi occhi, innamorati a guardarlo, non sapevano staccarsi un minuto solo: sospirava e mandava dei piccoli gemiti; finché, fattasi un podi coraggio, si avvicinò tanto, che quasi lo toccava: quand’egli si svegliò a un tratto.

La sua meraviglia fu grande. Riconobbe la Cervia che gli aveva dato tanto da fare, e che aveva cercato per tutta la foresta: e trovarsela ora così vicina, gli parve quasi un miracolo. Essa non aspettò che egli tentasse di prenderla, ma fuggì con quanto ne avea nelle gambe; y él, dietro alla gran carriera. Di tanto in tanto si fermavano per ripigliar fiato, perché la bella Cervia era stanca del giorno innanzi, e lo stesso era del Principe. Ma ciò che faceva rallentare di più la corsa della Cervia, eraohimè, debbo dirlo? era il gran dispiacere di allontanarsi da colui, che l’aveva ferita più coi suoi pregi che colle sue frecce. Egli la vedeva ogni pochino voltarsi col capo verso di lui, come per chiedergli se voleva che ella perisse per i suoi colpi: y cuando estaba en contacto y no toca para llegar, ella respondió nueva fuerza para escapar.

“¡Ay! si usted me podría entender, mi Cervietta”, -gritó El Príncipe, “No es de esta manera fuggiresti! Te amo; Quiero que alimenta. Estás linda, y quiero cuidar de sí mismo.” Pero el viento lleva las palabras, por lo que no llegó hasta los oídos de Cervia.

finalmente, después de hacer las rondas de la selva, ella, no tener aliento dejó correr, disminuyó la velocidad: Prince lugar su redoblan y se unió a ella con una alegría, que no se cree más capaz. Vio a la vez que había terminado su fuerza: Fue todo tirado en el suelo, como un pobre animal, medio muerto, no esperar nada, pero terminan su vida por las manos de su vencedor. pero, en lugar de ser cruel, cominciò a carezzarla.

Bella Cervia”, le estas, “non aver paura: vocondurti meco, e devi star sempre con me.

Tagliò apposta alcuni rami d’albero: li piegò con garbo, li ricuoprì di muschi e vi sparse su delle rose, colte da una macchia che era tutta fiorita. Prese quindi la Cervia fra le sue braccia, le fece appoggiare il capo sul collo e andò a posarla amorosamente sul lettino erboso, fatto da lui. Poi si sedette accanto cercando qua e là dei fili d’erba, che le presentava alla bocca, e che ella mangiava nella sua mano. Sebbene non sperasse punto di essere inteso, il Principe continuava a parlare: ed ella, per quanto grande fosse il piacere che provava nel vederlo, s’inquietava per l’avvicinarsi della notte.

Che sarà mai”, Se dijo a sí mismo, “Si vi de repente a cambiar su apariencia? O huir asustado, o, si no escapas, que va a pasar a mí, encontrándome solo en el medio de este bosque?”

Ella lambiccava sesos para encontrar la manera de escapar, lo mismo cuando facilitó el camino: perché, temiendo que mueren de sed Cervia, Se fue a buscar algún arroyo, por menarvela; pero en ese momento que estaba buscando, si ella lo dio a sus piernas y llegó a la cabaña, donde Viola de honor de las hebras. Se dejó caer en la cama de nuevo; llegó la noche, su metamorfosis se detuvo y comenzó a contar su aventura.

“usted lo cree, cara mia?”, Ella le dijo a su amiga, “mi príncipe guerrero está aquí, aquí en este bosque; él es el que me da la caza de dos días, y que, después de haber tomado, ha hecho un mil me acaricia. ¡Ay! es igual que el retrato que hice ! Él es cien veces más bella; el mismo trastorno, acostumbrados a recibir los cazadores en la ropa y en persona, Él no va en detrimento de su semblante afable: más bien, Él le da un toque especial, Usted no puede quejarse en las palabras. ¿No soy yo tal vez una gran suerte de tener que huir de este príncipe? egli che mi fu destinato damiei genitori? El que me ama y es amada a cambio. No faltó nada más que un hada, pigliasse que aburrido desde mi nacimiento, envenenarme todos los días de mi vida!…”

Llamó a llorar. Púrpura-a-locks la consoló y le dio la esperanza de que tan pronto como sus dolores cambiarían en muchas alegrías.

El Príncipe, Tan pronto como se encontró con una fuente, pronto regresó de su querida Cervia: pero la Cervia ya no estaba donde lo había dejado. El se veía en todas partes, pero fue en vano, y él la llevó con ella, como si se hubiera creído capaz de razonar.

“¿Cómo es posible”, exclamó, “que alguna vez tiene razón para quejarse de este sexo inconstante y engañador?”

Y él volvió de la buena vieja con el corazón amargado: Le dijo a su fiel amigo de la aventura, Él no dice nada y la ingratitud de Cervia. Curruca no pudo evitar reírse de la rabieta Príncipe, y él le aconsejó que castigar a Cervia, la primera vez que ocurrió bajo. “Me quedo aquí a propósito,” Él respondió el Príncipe “después de que dejemos de otros países más lejanos.”

Se convirtió en nuevo día, y con el día en que la princesa disparar la figura de blanco Cervia. Ella non sapeva a qual partito appigliarsi: o andare negli stessi luoghi, dove il Principe era solito cacciare; o tenere una strada diversa, per non incontrarlo. Scelse quest’ultimo partito, e si allontanò dimolto, ma dimolto assai: ma il giovane Principe, furbo quanto lei, indovinò che essa avrebbe usata questa piccola astuzia; ed ecco che te la coglie calda calda nel più fitto della foresta, dove essa credeva di essere sicura da ogni pericolo. Appena essa lo vede, schizza in piedi, scavalca le macchie, e impaurita anche di più per il caso del giorno avanti, fugge via come il vento, ma in quella che sta per traversare una viottola, il Principe la mira così giusto, che le pianta una freccia nella gamba. Ella sentì un gran male, e non avendo più forza per correre, si lasciò cadere per terra.

Questa trista catastrofe non poteva scansarsi, perché la fata della fontana l’aveva decretata avanti, come lo scioglimento della strana avventura. Il Principe si avvicinò e fu preso da un vivo dolore nel vedere la Cervia che grondava sangue; strappò alcune erbe, le accomodò sulla ferita, per diminuirne lo spasimo, e preparò un nuovo letto di rami e di foglie. Egli teneva la testa di Cervietta sulle ginocchia:

E non sei tu, cervellino volubile”, le estas, “la cagione della disgrazia che ti è toccata? Che ti aveva io fatto di male, ieri, da abbandonarmi a quel modo? Ma oggi non mi scappi, perché ti porterò con me”.

La Cervia non rispose nulla: e che cosa poteva dire? Aveva torto e non poteva parlare; sebbene non sia sempre vero che quelli che hanno torto, stiano zitti. Il Principe la finiva dalle carezze.

Come mi dispiace di averti ferita”, le diceva, “tu mi odierai e io voglio invece che tu mi ami.

A sentirlo, pareva che una voce segreta gl’ispirasse quelle cose che egli diceva a Cervietta. Intanto si fece l’ora di tornare dalla buona vecchia. Egli prese la sua preda,